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Título: Sin título, Tetsuya Ishida, 1998.
Título: Sin título, Tetsuya Ishida, 1998. Imagen obtenida de: http://aktuel.mynet.com/galeri/yasam/modern-dunyanin-karanlik-yuzu-tetsuya-Ishidanin-tablolari/13144/2226198/
Lo que está entre los sujetos
Por Yago Franco
yagofranco@elpsicoanalitico.com.ar
 
De cómo el ser humano no es un ser social

El ser humano –en su origen- no es un ser social. Guarda en su núcleo psíquico una profunda y radical asociabilidad. Ese núcleo autístico odia todo lo que lo contradiga, todo lo que instaure una diferencia. Nada quiere saber del otro, y todo lo que provenga de este es incorporado por la psique como creación propia. Las tendencias más profundas del psiquismo humano ignoran y rechazan toda alteridad. Es la sociedad, a través del semejante materno, quien abre brechas en esa tendencia. Y ese semejante que es también otro surgirá precisamente en el lugar del odio. La unidad quebrada del mundo autista originario, implica la creación de una zona obscura del mismo, que será alojada en el otro para preservar imaginariamente dicha unidad: la cosa incognoscible. El lazo con el semejante quedará para siempre afectado por la ambivalencia. Esa ambivalencia lo es también porque para la supervivencia el infans necesita de ese otro, y al mismo tiempo, porque si bien lo aleja de su beatitud -lo arroja fuera de ella- le da a cambio amor, abrigo, alimento, y, sobre todo: sentido. Y es por amor a ese otro y para recibir amor y sentido de éste (y luego de su superyó) que depondrá –relativamente- sus tendencias asociales – y alrededor de ese otro y del llamado complejo edípico creará instancias que son las interfaces con la sociedad: el superyó y los ideales del yo. Entonces, este ser que no es social, se hace humano en sociedad.

Así, el otro es integrado a la vida psíquica por imposición social. Lo cual lo instala al infans en lo que conocemos como malestar en la cultura, siendo justamente ese otro la mayor fuente del mismo.
Entonces, no es natural la sociabilidad humana, no está dado desde el origen el lazo con el semejante. Sin la intervención del otro –representante de la sociedad ante el infans- este no lograría superar el estado de exterioridad respecto de los otros: la exterioridad recíproca (Castoriadis) que caracteriza al mundo animal. Esa exterioridad impide toda comunicación, intercambio, empatía: es producto del reinado absoluto del narcisismo. La especie no sobreviviría si no fuera superada. Y, como decíamos, lo hace a costa del malestar que produce la presencia del semejante, pero gracias al placer que también provoca esa presencia.


La significación y la superación de la exterioridad recíproca

Así, la sociedad crea a los sujetos que la habitan, y estos a su vez crean a la sociedad. ¿Y cómo son creados? A través de las significaciones que están presentes en el discurso del otro, que viajan en sus palabras. El lenguaje (que es más que las palabras, e incluye el lenguaje corporal) transmite las significaciones que dan el sentido a una sociedad. Sentido que el sujeto necesita tanto para amar, odiar o transformar a esa sociedad que le aporta un “nosotros”. Ese “nosotros” es marca de la superación de la exterioridad recíproca entre los sujetos.

Pero esa superación de la exterioridad se quiebra con frecuencia, está alimentada por el odio radical de la psique, y la vemos en su plenitud en el racismo, la xenofobia, las guerras, el femicidio, la opresión de las minorías, la explotación… Hechos muchos de ellos que originados en cuestiones relativas a lo político, en su realización satisfacen ese núcleo monádico de la psique humana, exterminando a quien sea una muestra de la alteridad.

Es la significación lo que se encuentra entre los sujetos y lo que posibilita el lazo entre estos. Ahora bien, la forma de ese lazo está instituida por la sociedad. Esto quiere decir que –ya alejados de los lazos familiares, y tratándose de los lazos sociales- es la sociedad la que intenta formatear el tipo de lazo predominante. Así, no es lo mismo el lazo en una sociedad en la que impera el totalitarismo, que en otra que tiene a la religión como núcleo, en una dominada por el capitalismo, o en una de régimen democrático.

Dios, economía, justicia, libertad, fraternidad, igualdad, mercado, desarrollo, progreso, hombre, mujer, niñez… y un sinnúmero de etcéteras son las significaciones que aportan sentido a la vida de los sujetos y que mantienen unida a la sociedad. Si estas significaciones pueden ser interrogadas, o si son sagradas o fijadas de una vez por todas por el poder totalitario, generarán distintos tipos de lazo entre los sujetos, afectando además de modo variado su psiquismo.


Freud y los lazos entre los sujetos

En psicoanálisis ha predominado una visión sobre los lazos entre los sujetos que se origina en Freud, y que en general da una mirada muy parcial sobre ellos, sobre la conformación del colectivo social y su incidencia en el psiquismo de los sujetos. Freud ubica el origen del lazo entre semejantes en la alianza fraterna. La Revolución Francesa ubicaba entre sus ideales a la fraternidad: pero se trataba de una superación del lazo fraterno intra-familiar (que por otra parte no necesariamente significa algo bueno, ya lo sabemos: los celos y el odio están allí presentes), una superación que llevaba al campo social la solidaridad, la igualdad y la libertad que lo debían acompañar obligadamente para aportarle su profundo sentido. Pero en Freud hay permanentes deslizamientos entre lo familiar y lo social que es necesario interrogar: una importante familiarización del espacio social ha caracterizado a buena parte de los desarrollos psicoanalíticos.

Freud señalará que los lazos entre los sujetos tienen un origen sexual/libidinal, desviado de su fin y coartado en el mismo: sublimado. Para subrayar el origen de los lazos en la sexualidad, y oponerse a todo ocultamiento de dicho origen comenta: "Se empieza por ceder en la palabras y se acaba a veces por ceder en la cosas" [1]. Mucho se ha cedido en el psicoanálisis justamente en este punto.

El origen de los lazos fraternos se remonta a un “mito científico” (Freud): el de la Horda Primitiva. El mismo relata la existencia de un Jefe-Padre, despótico y tiránico, poseedor de todos los bienes y mujeres, dueño así del poder de modo absoluto. Un día -ese famoso día-, los hermanos se unieron y le dieron muerte. A partir de allí y luego de un tiempo, instauran una ley -en parte por la culpa, también para evitar la repetición – que sostiene que nadie debía ocupar nuevamente ese lugar. Se erige así la alianza fraterna y su ley, superadora de la ley del padre despótico. Una ley, la que reinaba en la horda -que era imposibilitadora del lazo entre los sujetos- es superada por otra que produce un ordenamiento de estos y la exogamia al instalar la prohibición del comercio sexual con las hermanas (prohibición del incesto), así como el asesinato intra-clánico. El origen social de la prohibición del incesto y del asesinato intra-clánico es –al mismo tiempo- el origen de la sociedad, en este caso de la sociedad de iguales. Lazos fraternos, o sea, que se producen en una fratría –o comunidad de hermanos- son el modelo de los lazos libidinales de los cuales hablará Freud al referirse al lazo de los sujetos en la sociedad.

Recordemos, se trata –como decíamos y es bueno no olvidarlo - de un "mito científico", así denominado por Freud, recogido de la antropología de su época (Darwin, Atkinson, McDougall), y que le sirve para decir algo no del todo tomado en consideración en la teorización psicoanalítica: que en dicho acto puede apreciarse la creación/institución social de instancias de la psique humana: el superyó, ni más ni menos, y los ideales. Mirado desde este punto, el mito se transforma simplemente en una excusa/medio para transmitir tanto cuestiones metapsicológicas -el origen edípico tanto de instancias psíquicas como de modos de funcionamiento de la psique humana: la sublimación, la identificación- como el lugar del otro en la vida psíquica y la impronta del Otro vía su ley y significaciones para el ordenamiento social. Así, es en el encuentro con la sociedad que surgen instancias de la psique que a su vez son la condición de la vida social, tanto como lo es la sublimación, así como la sociedad al ofrecer un sentido es la condición para la psique de abandonar su estado autístico al proveerle un bienestar mínimo.


Una lectura parcial y tendenciosa de Psicología de las masas

El tema será trabajado en diversos textos por Freud, y señala una instancia en lo colectivo que permite o impide el lazo entre los sujetos, lazo que además puede tener diversas variantes: desde la planteada en la Horda Primitiva -que es más bien disolvente y, como veíamos, imposibilidatora del lazo- pasando por modos de lazo más ordenados por identificación a un líder -pero a costa de la alienación de los sujetos al mismo- hasta arribar a un modo de lazo que procede de otra manera.

Así, Freud tratará de las llamadas masas artificiales, y asimila la Iglesia y el Ejército a masas en la cuales es el amor del jefe el que mantiene unida a la masa y permite los lazos entre sus integrantes, por identificación en el amor al líder: asimilará así a Cristo y al General. Acabada su presencia en el ejército surge el pánico.

Ahora bien, Freud aclara –en Psicología de las masas  análisis del Yo- que "sólo se estudian en él (texto) algunos puntos de tan vasta materia". Pero ocurre –como tantas veces ha ocurrido con Freud- que se ha tomado esta opinión como taxativa, así como buena parte del texto. De este modo se ha generalizado la necesidad de las masas en lo relativo a poseer un jefe. Sin embargo, ya en su mito científico se puede observar claramente que los hermanos no lo necesitaron: es más, lo erradicaron y no lo sustituyeron.


Acerca de los efectos y defectos de masa

Freud insiste en que es el caudillo (ubicado en lugar ideal del yo) el que permite la identificación mutua de los sujetos. El objeto devora al yo por la idealización del mismo (lugar del ideal). La identificación enriquece, la idealización empobrece y a su vez, falsea el juicio. Presente en el enamoramiento, no es muy diferente de la hipnosis. El jefe pasa a ser una suerte de hipnotizador de la masa. Para Freud el hombre es un animal de horda: la masa produce así un efecto retrógrado en los sujetos, es regresiva. En este punto podemos decir que ciertamente, la presencia de ese núcleo monádico de la psique impulsa al sujeto a encontrar en la escena de la realidad –en su pensamiento, en sus lazos, en la sociedad- una unidad, un sentimiento oceánico que satisfaga ese núcleo: el dogma, la religión, la pasión amorosa, ciertas manifestaciones del arte, los estados místicos, etc. son muestra de ello. Salvo en el caso de las artificiales,  "la masa quiere ser dominada por un poder ilimitado".

De este modo Freud diferencia masa primaria de masas artificiales: "tal regresión caracteriza especialmente a las masas ordinarias, mientras que en las multitudes más organizadas y artificiales pueden quedar, como ya sabemos, considerablemente atenuados tales caracteres regresivos".

La masa puede ser tomada y orientada por una ilusión (ahí tenemos los trabajos de Anzieu y de Bion orientados en ese sentido). El propio Freud lo deja establecido, pero también dice (y tampoco esto ha sido recogido en su notable importancia y consecuencias) que dicha ilusión se mitiga ante una organización "superior" (tomándolo a Mc Dougall): "así desaparecen los defectos psíquicos de la formación colectiva".  Muchos autores (sobre todo a partir de Lacan) en defectos han leído efectos, asimilándolos. O sea, han leído que todo efecto es un defecto, y por lo tanto habría que encontrar una manera de evitar los efectos. Así han propagado una especie de fobia a lo colectivo. Porque si todo efecto es un defecto… De este modo se ha hablado de tener que evitar los efectos de la masa. Evidentemente, si hay que evitarlos es porque son negativos. Sin embargo, estamos viendo que no hay sujeto sin otros, que estos siempre están integrados al psiquismo, y que sus efectos pueden ser tanto positivos como lo contrario. Nada dicen los que sostienen esa postura de los efectos positivos de la masa, para el sujeto y para el colectivo.  Freud sostendrá que “La masa restringe el narcisismo mediante el enlace libidinoso”. Y abre la posibilidad de “El amor como el principal factor de civilización”. Ya que "el amor que nace en el trabajo común" .


No hay sociedad sin Otro: también lo hay en esta época

Quiero decir con esto que la formación colectiva puede orientarse tanto hacia lazos entre iguales que al mismo tiempo son distintos al estar instalada la alteridad, o tender a una homogenización por la vía del totalitarismo, y con variantes múltiples entre esos polos. En este punto es necesario remarcar lo siguiente: los lazos sociales pueden ser a predominio narcisista u objetal (Freud), puede o no estar instalada la alteridad (como superación de la exterioridad recíproca). Pero siempre es necesario el ordenamiento, la ley que viene de Otro que es el lugar e instancia colectiva del discurso del conjunto, que transmite las significaciones imaginarias sociales producto del imaginario social instituyente, creación del colectivo anónimo. Discurso que lejos de ser homogéneo muestra heterogeneidades, conflictos, incoherencias. Pero sin el cual los lazos serían imposibles. Ese Otro que habló desde la Iglesia, desde el Führer (que instaló un lazo de iguales en su utopía de la raza aria y el exterminio de quienes no lo fueran: se abre aquí la cuestión de que lo fraterno no es per se sinónimo de lo bueno, ver en este número de El Psicoanalítico mi texto So gehen die Deutschen) o Mussolini, desde las corporaciones mediáticas del capitalismo actual, que habita en regímenes populistas, de democracia liberal o socialista; en una tribu perdida en el Amazonas o en la ciudad de Buenos Aires, en la tribu de los watusi o en Japón. No hay sociedad sin Otro, así como no hay psiquismo sin sociedad. Quienes sostienen que esta es una época en la cual el Otro no existe, no podrían fundamentar sus dichos desde la tópica freudiana (psíquica pero también social), y dan muestras de querer alentar una vuelta a un “capitalismo humano”, con su supuesta añoranza y nostalgia por tiempos mejores [2]. El Otro es una creación del colectivo social, al cual al mismo tiempo, lo crea como tal. No es un delegado de ningún dios, de alguna civilización extraterrestre, o de la historia: pero el colectivo puede crear un dios y la creencia de que dicho Otro es su creación. Nunca será suficiente la insistencia en cómo se ha tendido a la exclusión de la sociedad, la historia y la creación en el psicoanálisis, y que el futuro del mismo depende de volver a instalarlas en su núcleo.


El Otro, la Ley y los lazos, hoy

Dicho esto, los lazos sociales –tal como imperan en una época, tal como quieren ser impuestos por el Otro- están sometidos a cambios socio-culturales, pero si el Otro dejara de existir, ellos también. En todo caso, esta es una época que sorprende por el modo de lazo que tiende a predominar, y por lo que el discurso del Otro transmite, sus ideales y prohibiciones. No es lo mismo la prohibición del goce sexual que la prohibición de no gozar: esto habla de dos morales sexuales culturales diferentes y por lo tanto de dos nerviosidades también diferentes. Haciendo la salvedad de que por otra parte está sometido a variaciones notables dependiendo en mucho de las instituciones en las cuales los sujetos participen. Volveremos sobre esto más adelante.

Así, en general en psicoanálisis el efecto de la masa sobre el psiquismo ha quedado reducido a la alienación, nunca pensado como un lazo más allá de una identificación alienante y que permite así la lucidez colectiva, sea en una institución, sea a nivel generalizado.

Debe establecerse una gran diferencia entre aquellas colectividades, grupos o instituciones que logran tener una posición de interrogación en relación a la ley, de aquellas a las cuales simplemente les es dada. Posición infantil, de sometimiento, que empobrece los lazos y a los sujetos. Diferenciada no sólo de la interrogación de la ley como posición del colectivo, sino de ser la ley una significación creada por el mismo.


Del mito de la Horda al mito del Desarrollo

Para finalizar, si el mito científico de Tótem y Tabú orientó –y lo sigue haciendo- a buena parte de los desarrollos psicoanalíticos, hoy lo podemos situar como un mito perteneciente a un orden social claramente situado en el patriarcado, cuestión solo recientemente advertida por algunos autores, que han fatigado a lectores, analistas en formación y pacientes -y lo siguen haciendo- con conceptos como Ley del padre, metáfora paterna, función paterna, etc. No es que estuvieran equivocados: pero a esta altura atrasan incluso cuando hablan de declive de dicha función. Han sido conceptualizaciones que no han hecho honor a la idea de Freud de que el psicoanálisis no es una cosmovisión, transplantando al terreno de lo histórico-social aquello que ha crecido en otro suelo, como lo es el de la psique.

Ya no es suficiente la lectura hecha por Freud en su texto sobre el malestar en la cultura. Nuestra época ha quedado cada vez más subsumida en lo que está más allá de ese malestar, por haber quedado capturada por la significación correspondiente a otro mito: el del desarrollo. He desarrollado en diversos números de El Psicoanalítico y en Más allá del malestar en la cultura el estado del Otro en esta época, los estados de la psique que puede inducir, la patología creada a partir de ello, y el tipo de lazos que tiende a instituir. Solamente me detendré para señalar que el mito del desarrollo es la significación que ha capturado a occidente en los últimos 500 años, y que indica que siempre más es mejor, que las fuerzas productivas no tienen tope (cuestión que fue adoptada ingenuamente por Marx, pretendiendo que solamente de manos del proletariado están alcanzaría su cenit), y que ha empujado a la creación del consumo como significación central: lo cual es garantía de más capitalismo. Y como tantos han ya señalado, se ha pasado de ser un ciudadano a ser un consumidor, como inclusive está establecido en la Constitución Argentina de 1994. Eso ha alterado considerablemente el lazo entre los sujetos, cayendo en declive lo fraterno de los mismos, para ser llevados hacia una cada vez más salvaje competencia, carrera por la adquisición y exhibición de objetos, fetichizándose (tanto en el sentido marxista como freudiano) los lazos sociales. Este Otro garantiza que la falta puede ser abolida. Este Otro que sí existe –porque, insisto, si el mismo no hay sociedad, y sin ella no hay lazos ni sujetos- empuja a lo ilimitado. Si bien debemos ser prudentes y no hacer una generalización absoluta de estos efectos en los lazos y en la psique, dada la heterogeneidad del campo de lo histórico social, es una presencia innegable aun en su coexistencia con formas de épocas previas o de aquellas que son reacción y diferenciación frente a lo que intenta ser impuesto. Debemos señalar que buena parte de los males clínicos de época han quedado girando alrededor de ello: más allá del malestar en la cultura. Del síntoma neurótico se ha pasado a la proliferación de lo psicosomático, las depresiones, las adicciones, los pasajes al acto, las turbulencias a nivel del orden de sexuación, la crisis de los proyectos y procesos identificatorios, la angustia por no estar a la altura de la exigencia de goce, padecimientos que muchas veces conviven con formaciones clínicas sintomáticas…

Finalmente: la crisis de los lazos sociales en su función de contener lo indiscriminado de la psique (Bleger) en lo cual anida la pulsión de muerte, deja a esta el campo abierto para dominar sobre la vida en común, cada vez más solitaria. Que no es lo mismo que soledad. [3]


 
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Notas
 
[1] Freud, S., Psicología de las masas y análisis del Yo, O.C., Biblioteca Nueva, Madrid, 1973. Todas las citas son de este texto.
[2] Ver Política y Psicoanálisis. Comienzos de un proyecto, de Luciana Chairo y Germán Ciari.
[3] Ver "La mayor unión admite excepción", de María Cristina Oleaga.
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