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Luca Signorelli, The Hell. Detail. 1499-1502. Fresco, Chapel of San Brizio, Duomo di Orvieto. Imagen obtenida de: http://www.abcgallery.com/S/signorelli/signorelli19.html
“El cuidado de sí”.
Encuentros y desencuentros
entre la filosofía y el psicoanálisis
Por Laura Katz

Psicoanalista
Asociación Psicoanalítica Argentina

katzlaura@gmail.com
 
Consideraciones previas

El tema del cuidado de sí fue consagrado por Sócrates. La filosofía posterior lo retomó, colocando la problemática del cuidado en el centro de sus reflexiones. Este tema desborda los límites de la filosofía y alcanza progresivamente dimensiones de una verdadera cultura.
El objetivo de este trabajo es poder articular dos conceptos que Foucault desarrolla en relación al cuidado de sí, que son la noción de espiritualidad  y el lugar que representa el guía o el maestro cuando un sujeto se dispone a recorrer el camino del conocimiento consigo mismo con el concepto de transferencia , como punto central dentro del dispositivo psicoanalítico.


Noción de espiritualidad

Cuando Foucault se dispone a investigar la problemática del sujeto, describe tres ejes que corresponden a tres periodos diferentes de su obra. Uno es el periodo arqueológico, le sigue el genealógico y por último el periodo ético. En el primero el sujeto es tomado como objeto de diferentes saberes, de esta manera el sujeto se convierte en objeto de conocimiento de las diferentes ciencias humanas, como ser la psicología o la sociología. En el periodo genealógico, el sujeto aparece como término de una relación de poder, aquí se describen diferentes dispositivos que tienen relación con el poder, como ser: la cárcel, la escuela, el ejército y la sexualidad. Por último en el periodo ético se plantea la relación del sujeto consigo mismo. El conocimiento de sí implica una actividad, una exigencia práctica que es ocuparse de uno mismo.

Foucault  propone un desarrollo histórico del cuidado de sí, como una manera de hacer historia de la subjetividad. El recorrido histórico que recorre, lo presenta en el Curso dado en el College de France que lleva como nombre “Hermenéutica del sujeto [1]”.  Dicha  historia va desde de las primeras formas filosóficas del cuidado de sí (siglo V a. C.) hasta el ascetismo cristiano (siglo V d. C.). Una historia de mil años en las que distingue tres momentos fundamentales:

1. el socrático (Siglo  V a. C.)
2. la edad de oro de la cultura de sí (siglos I y II)
3. y el paso del ascetismo pagano al ascetismo cristiano (siglos IV y V) [2]

A Foucault le interesa mostrar sobre todo cuáles son los nexos que Platón establece entre el conocimiento de sí y el cuidado de sí. Parte de la siguiente pregunta ¿qué significa ocuparse?
Dichos nexos para Foucault están descriptos en la obra de Platón el  Alcibíades I. La obra gira alrededor del dialogo entre Sócrates y Alcibíades. Foucault rescata el siguiente momento: Alcibíades está por salir de su situación pedagógica y está por ingresar en política, Sócrates le dice: “Mira, tú, tú que quieres llegar a ser un hombre político, que quieres gobernar la ciudad, que quieres ocuparte de los otros, pero que no te ocupas de ti mismo”. 
En este fragmento se destaca  la temática del “cuidado de sí”, que a su vez se relaciona con tres cuestiones: la política, la pedagogía y el conocimiento de sí

Constituirse en sujeto que gobierna implica, según Foucault, que haya podido constituirse en un  sujeto que se ocupa de sí. Se trata de un diálogo en el cual se ve el pasaje de la política a la ética, y del cuidado de los otros a la necesidad de ocuparse de sí mismo.

Retomo la pregunta   ¿Qué significa ocuparse de sí mismo?
Ocuparse consiste en mejorar de acuerdo a  un arte, de acuerdo a alguna forma de conocimiento. Foucault desarrolla el concepto de epimeleia o cuidado de sí poniendo en relación al sujeto con la verdad. La epimeleia, es el principio filosófico que predomina en el modo del pensamiento griego, helenístico y romano. En dicho concepto se puede distinguir la actitud en relación con uno mismo, con los otros y con el mundo. Se trata de dirigir la atención y la mirada de los otros y del mundo hacia uno mismo que implica una cierta forma de vigilancia sobre lo que uno piensa y lo que acontece en el pensamiento. Designa  además un modo de actuar a través de lo cual uno se hace cargo de sí mismo, se modifica, se purifica y se transforma.

Entre los griegos, para conducirse bien, para practicar la libertad como era debido, era necesario ocuparse de sí, cuidar de sí. Foucault  dice en “Hermenéutica de sujeto”: “…uno no puede cuidar de sí sin conocer. El cuidado de sí es el conocimiento de sí, pero es también el conocimiento de un cierto número de reglas de conducta que son a la vez verdades y prescripciones” [3]. Estas verdades se ligan a la ética y al juego de la verdad.
El problema de las relaciones entre el sujeto y la verdad, Foucault  lo había trabajado a partir de prácticas coercitivas, como la psiquiatría y el sistema penitenciario especialmente en “Las palabras y las cosas”. Es a partir de los cursos que dicta en el College de France en donde desarrolla la temática del conocimiento de sí, ya que encuentra su práctica como un fenómeno relevante en la sociedad actual.

Foucault  se pregunta acerca de qué tipo de mediaciones posibilitarían al sujeto tener acceso a la verdad. La respuesta la encuentra en la espiritualidad.
La espiritualidad es la manera en que el sujeto realiza sobre sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad. La espiritualidad le plantea al sujeto una transformación de sí diferente a una conversión. En Hermenéutica del sujeto dice: “… hay en la verdad y en el acceso a la verdad, algo que lleva a cabo el sujeto mismo, que lleva a cabo el ser mismo del sujeto” [4]. La tranquilidad de espíritu adviene cuando la verdad ilumina al sujeto.

La temática del cuidado de sí, que desarrolla Foucault, pareciera  acercarse a ciertos conceptos psicoanalíticos, especialmente en lo que se refiere a la noción de  lo que se da en llamar la transformación subjetiva que está bien alejada de la  gnosis, o sea conocimiento y se acercaría a algo más espiritual.
Jean Allouch, psicoanalista francés, asiduo visitante a nuestro país, en una conferencia que tuvo lugar en la ciudad de Córdoba en noviembre del 2006 que tituló “Spychanalyse”, propuso la siguiente pregunta: “¿Emprender un análisis qué es sino cuidarse a sí mismo? ¿Qué es sino cuidar del propio ser?”. Y más adelante dice: “un psicoanalista no puede más que sentirse aludido por la extrema proximidad de estas prácticas antiguas de la preocupación por sí mismo con el ejercicio psicoanalítico” [5].

A partir de estas afirmaciones, Allouch, al final de su conferencia propone dar otro nombre al psicoanálisis. Para él tendría que hablarse de (en francés) “spychanalyse” nombre que retira el “ psy “ y lo substituye por el “spi” de “spiritualité”.
 
Y para el psicoanálisis ¿qué relación establece el sujeto con la verdad?
El sujeto paga un precio por decir la verdad y ese precio es el efecto sobre sí de lo que ha dicho en relación a la verdad sobre él mismo. Esa manera de acercarse a la verdad posibilita al sujeto ubicarse subjetivamente en un lugar diferente.
Es propio del psicoanálisis reencontrar la pregunta por el ser del sujeto y especialmente por el precio que éste paga por ello, especialmente en lo que a la transformación que se debe operar en él, para acceder a la verdad.
El precio y la transformación para el psicoanálisis se refieren a la caída de las identificaciones y al levantamiento de la represión, aspectos absolutamente inescindibles que se juegan en el campo de la cura.
Estas nociones, en tanto dan cuenta de modificaciones del sujeto, son las que permiten que nuestra práctica se inscriba en la tradición de la espiritualidad y de la epimeleia heautou como condición de acceso a la verdad.


II. El lugar del maestro o guía

Al final del dialogo Sócrates le dice a Alcibíades
“Si a nuestro ojo, como si a un hombre, se le dijera aconsejándolo: ‘mírate a ti mismo’, ¿cómo podríamos conjeturar lo que se recomienda? ¿No es acaso, que mirar hacia eso que, al mirarlo, el ojo está en condición de verse a sí mismo?“ (132d).
Este fragmento posibilita abrir varias preguntas:
¿Qué significa conocerse a sí mismo?
¿Cómo alguien puede conocerse a sí mismo?

El  “mírate a ti mismo”, es una respuesta que le dice Sócrates a Alcibíades en donde lo que está implícito es que un hombre que se dispone a conocerse a sí mismo es similar a decirle a un ojo que se mire a sí mismo.
Pero la pregunta clave sería:
 ¿dónde se vería mejor un ojo? 
¿en un espejo o reflejado en otro ojo?
Voy a destacar dos puntos a partir de las preguntas:

  1. Nadie se puede conocer a sí mismo sin otro donde como un ojo se viese reflejado. No hay un sí  mismo sin otro
  2. La constitución de la subjetividad requiere necesariamente de la alteridad. Se trata de la presencia de la alteridad en el sí mismo.

Es sustancial subrayar las dos condiciones que suponen el conocimiento de sí, la alteridad y la semejanza, que a su vez  están co-implicadas. Si solamente se mantuviera la semejanza, el conocimiento remitiría a una forma de mímesis, donde la imagen del otro es reproducida idénticamente. En este caso, el  otro se transformaría  en un espejo narcisístico, en un igual a mí mismo. Por esto es que el conocimiento de sí necesita tanto de un  otro diferente como de un otro semejante en forma simultánea.

Rescatar este fragmento del texto de Platón me resulta sumamente esclarecedor para poder hacer referencia a un concepto que ocupa un lugar central en la teoría psicoanalítica: el de transferencia.
La transferencia es, dentro del dispositivo analítico, el punto nodal para poner en acto el inconsciente y acceder a él en la práctica analítica; por ello el deseo del analista en tanto acto transferencial no estará dirigido a convertirse en soporte de identificación, sino a hacer de semblante en tanto supuesto saber. El saber  inconsciente  que porta el discurso del paciente es transferido al Otro que encarna el analista.

El Sujeto Supuesto Saber es un efecto que se produce cuando el analista ocupa el lugar de objeto, ya que así presta su persona para que el analizante instituya al Otro al cual van a dirigirse los síntomas. Este lugar es un producto del encuentro entre la palabra del analizante y la escucha del analista, donde uno de ellos habla de su padecer y el otro es convocado a escuchar. Decir implica a otro, es un llamado a otro para poder desarticular ese saber que ha quedado atrapado en las identificaciones y en los fantasmas.
El analista frente al analizante, se instala como lector de un texto en donde se entremezclan una serie de interlocutores que no fueron escuchados. Este proceso no puede hacerse en soledad, aunque las palabras provengan de una interioridad. Resulta indispensable la presencia de otro, para que esos lugares subjetivamente intransitables, plagados de síntomas, inhibiciones o angustias, se liberen, permitiendo de esta manera una nueva relación consigo mismo.

En 1912 Freud escribe dos artículos que se denominan los escritos técnicos, “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” y “Dinámica de la transferencia” donde desarrolla diferentes aspectos técnicos que hacen al desarrollo de un análisis. En el primero hace especial referencia a las condiciones que un analista debe tener cuando se dispone a ocupar el lugar de analista. Se refiere a la importancia del análisis personal como parte de la formación del analista, y se refiere al  mismo como una exigencia. Dice que en dichos análisis se trata de “…exigirle al analista, que se haya sometido a una purificación psicoanalítica, y tomado noticia de sus propios complejos que pudieran perturbarlo para aprehender lo que el analizado le ofrece…[6]”. El análisis del analista debe producir una transformación del sujeto analista para acceder a la verdad del paciente, que a su vez  implica la mediación de su propia verdad. Esta transformación se funda en el análisis del analista, dando cuenta de que el analista ha pasado por la experiencia del inconsciente. Dicho pasaje supone una relación con la verdad, como consecuencia de asumir una posición ética que implica dicha transformación. Implica a su vez el renunciamiento a un  poder abusivo y a un control sobre sí mismo, que se expresa en lo que se conoce como neutralidad.


Conclusiones

Desde la perspectiva elegida en el presente trabajo, podría afirmar que los conceptos que Foucault pone en juego cuando desarrolla la temática del  cuidado de sí, parecen por momentos, explicarnos el psicoanálisis.
La tesis  que presenta Foucault es que en el interior de dicha disciplina se puede encontrar la pregunta por el ser del sujeto, y en particular por el precio que éste paga en términos de la transmutación que se opera en él para acceder a la verdad. Para el psicoanálisis, dicha verdad se refiere a la caída de las identificaciones y al levantamiento de represiones, pasos ineludibles en el progreso de la cura. Dichas nociones, desde una lectura foucaultiana, inscribirían al psicoanálisis en la tradición de la espiritualidad, en lo que se refiere el acceso a la verdad. Destacar esta unión entre psicoanálisis y espiritualidad permite rescatar la referencia freudiana al psicoanálisis como “ciencia del espíritu”, en donde se recupera así, la tensión entre la aspiración de hacer ciencia con un objeto tan poco preciso e históricamente rechazado por el discurso científico como es el espíritu.

En relación al lugar del maestro, que fue el segundo punto elegido, la posición de Freud y la de Foucault se dividen.
¿Cuál es su relación con la verdad? ¿Cómo debe transformarse el sujeto para acceder a la verdad? ¿Qué de la verdad convierte al sujeto en algo distinto? ¿Cómo interviene el «otro» en la transformación del sujeto?
Para Foucault la transformación del sujeto se realiza a través del trabajo que se produce sobre sí con la ayuda del maestro. Son prácticas de procedimientos de verdad en el cual el saber está en manos del maestro o guía.

En Freud, el saber al estar ubicado en el inconsciente, está escindido de la consciencia.  El deseo inconsciente se actualiza sobre ciertos objetos, dentro de un determinado tipo de relación establecida con ellos y, de un modo especial, dentro de la relación analítica. El analista es quien porta el “supuesto” saber, que le permite posicionarse en un determinado lugar de escucha para poder alojar el padecimiento del sujeto. Es en la persona del analista que dicho saber supuesto ocupa el lugar de verdad. La verdad de la cual puede dar cuenta la experiencia analítica, no es una verdad empírica sino discursiva y ficcional, son palabras cuyo referente se ha desprendido de los  sucesos, y el valor se encuentra en las palabras mismas. Por lo tanto no hay racionalidad moral ni búsqueda del bien en tanto fin propuesto por el analista, sino una verdad a revelar, siempre a medias, sobre lo que es el bien para el sujeto.



 
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Notas
 
[1] Foucault, M. (1994) Hermenéutica del sujeto. Madrid. Ediciones de La Piqueta.
[2] Castro, E. (2011). Diccionario Foucault. Temas, conceptos  y autores. Buenos aires. Siglo Veintiuno Editores
[3] Foucault, M. (1994) Hermenéutica del sujeto. Curso dictado en el College de France los años 1981-1982.  Madrid. Ediciones de La Piqueta
[4] Foucault, M. idem nota 3
[5] Allouch, J. “Spychanalyse”. Conferencia realizada en la Ciudad de  Córdoba en el mes de noviembre del 2006
[6]Freud, S. (1912) Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. En: Obras Completas Tomo IV. Buenos Aires.Biblioteca Nueva.1975
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