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Landscape with Figures, 1965-66, George Tooker.
Landscape with Figures, 1965-66, George Tooker.
Imagen obtenida de: https://www.adbusters.org/blogs/blackspot-blog/return-hacktivism.html
Más allá del narcisismo (*)
Por Yago Franco
yagofranco@elpsicoanalitico.com.ar
 
Habitualmente se ha dividido a los actos anímicos en sociales y narcisistas. En estos últimos la satisfacción pulsional o elude la influencia del semejante -al estilo de la elección narcisista de objeto-, o prescinde plenamente de él. Esto último -esta prescindencia- me ha llevado a pensar si no se trata de otra cuestión que la del narcisismo. O sea, la prescindencia del otro para la satisfacción del mundo pulsional podría pertenecer a algo diferenciado del narcisismo. Si el otro puede dejar de contar como tal, nos encontramos con algo que contradice el punto de vista freudiano, que sostiene que el otro está siempre integrado a la vida psíquica. Habría entonces actos anímicos en los cuales de lo que se trata es de la no integración del otro a la vida psíquica. En ellos, sostengo que en lugar de estar el otro, el sujeto se encuentra con lo otro regresionando a un estado de indiferenciación con aquél, o directamente regresionando a un estadio previo a la salida del narcisismo originario –tema que retomaré más adelante, y que fue expuesto en textos anteriores [1]. Esto –en sus dos vertientes- pertenecería a un acto anímico autoerótico, en el cual el otro -desconocido como tal- pasa a formar parte de la economía autoerótica.

De esta manera habría actos anímicos sociales, narcisistas y autoeróticos. Es esto último lo que más preocupante resulta tanto para la vida social como individual, seguido de los actos anímicos narcisistas. Voy a sostener y a desarrollar que lo que caracteriza a esta época es la presencia – no exclusiva, obviamente- de lo autoerótico como modo de satisfacción pulsional, que ignora la presencia del otro como tal. A nivel metapsicológico se lo trataría como algo indiferenciado de sí, o –también- como aquello que es para el sujeto algo desechable y, en el límite, objeto de la pulsión de destrucción. Fenómenos como la xenofobia, el femicidio, la esclavización laboral, la trata, el abuso sexual infantil y un largo y lamentable etcétera, se alimentan, están en relación a este modo de ser del psiquismo humano. No los explican ni los causan, pero los alimentan, en alianza y conjunción con determinaciones sociales. Hay también otros actos autoeróticos que no tienen efectos directos en los otros, sino que implican una autosatisfacción que aparta al sujeto del mundo social. Luego retomaré este punto.

El autoerotismo estaría en la base de modos de satisfacción pulsional que están más allá del narcisismo. Debiendo aclararse que un mismo hecho puede tener ambos componentes en distinto grado, o ser en un caso narcisista y en otro autoerótico.

Lo autoerótico es una disposición de la psique, así como lo son el narcisismo y los actos anímicos sociales. Estos no son sencillamente una sucesión de estados de la psique, son disposiciones habitualmente presentes y disponibles para el sujeto.

Antes de proseguir con este desarrollo quiero referirme a qué entender por autoerotismo.  Este transcurre en los orígenes de la vida anímica, en ese estado de tranquilidad psíquica descrito por Freud. En el mismo la propia psique es fuente de placer, en realidad el propio psiquesoma ya que no hay diferenciación entre el psiquismo y el cuerpo. Tampoco hay diferenciación con el  otro, que sin embargo juega un papel fundamental en la satisfacción de un mundo pulsional que se crea en ese plus que acompaña a las satisfacciones biológicas. Ese mundo es recreado autísticamente en la experiencia de satisfacción. Freud pronuncia una de sus frases enigmáticas casi al final de su vida: Soy el pecho. Se trata de algo anterior a la relación de objeto, y también a la identificación: es un estado fusional, de indiferenciación, de –como sostiene Castoriadis- totalitarismo monádico. La psique es apreciada como una mónada que ignora los efectos de la presencia del otro, incorporado a la psique como parte de sí. El objeto sufrirá los efectos tanto eróticos como tanáticos de la psique, que lo trata como algo propio. Núcleo de la omnipotencia psíquica que permanecerá agazapado aun luego de ser depuesto este estado, a la espera de poder reinar sobre el mundo ni bien se le presente la ocasión. Se trata por lo tanto de un núcleo a-social, tiránico, que busca la satisfacción de modo ilimitado, lo que lo transforma en el reinado de la pulsión de muerte por la búsqueda del nivel cero de tensión, de la satisfacción total y absoluta, de abolición de tensión.

Es la experiencia de dolor la que romperá este estado beatífico y de omnipotencia, omnipotencia que le hace creer a la psique que –ante el cuestionamiento del mismo- ella misma es fuente de dolor. Momento en el cual es arrojado al exterior eso vivido como extraño e insoportable. Lo otro es lo otro de la psique. Y la experiencia de la pérdida de la unidad homogénea, se traducirá en angustia de fragmentación y en la presencia de objetos persecutorios: es la aparición de lo otro –en el exterior-, un lugar en el cual más adelante surgirá el otro, cargado de ambivalencia. Sabemos cómo sigue la historia: luego de convivir con la parte buena del objeto éste podrá vivirse como conteniendo ambos aspectos: arribo al objeto total y a la unidad apreciable en el estadío del espejo. El autoerotismo contiene tanto ese primer estado fusional, de indistinción, como el momento de la ruptura del mismo, una suerte de estado de transición hacia el advenimiento de ese nuevo acto psíquico que es el narcisismo, emergencia del Yo.

No se trata –insisto- el autoerotismo de algo ligado exclusivamente a una etapa originaria de la sexualidad, sino que es un modo de ser del psiquismo que perdurará hallando diversos destinos.


Autoerotismo y cultura

Ahora bien ¿Cuáles son esos destinos? ¿Qué disposición implica este estrato de la psique? ¿De qué manera una cultura –la nuestra- puede incentivar la actividad autoerótica –referida, insisto- tanto a un estado de satisfacción de la psique sobre la psique misma y sus zonas erógenas en la búsqueda de la extinción de toda tensión de deseo, como a otro estado de indistinción con el objeto –alojando en el mismo una parte repudiada de sí- en el cual emerge lo otro y será objeto de expresión de la pulsión destructiva por ser vivido como una amenaza?

Entiendo que hay varios elementos en la cultura que pueden inducir una activación del registro autoerótico. Uno de ellos es la aceleración de la temporalidad. Anulada la capacidad de reflexión por imposibilidad de procesamiento de los estímulos, el sujeto reacciona de modo reflejo (Virilio), al mismo tiempo que no logra establecer una distancia posible con el objeto, fragilizándose las fronteras con el mismo, pero también las barreras al interior de la psique, aumentando su porosidad, facilitando entre otras cosas el pasaje al acto. Aceleración solidaria de un elemento como lo es el imperio de lo tecnocomunicacional, cuyas pantallas, velocidad y permanente conectividad generan un estado hipnótico favoreciendo el repliegue de la psique sobre sí misma. Pero estos factores –entre algunos otros- no son independientes de la significación central de la época: el siempre más, son solidarios con ésta, a la cual realimentan. Me refiero con esto a una significación que empuja, entre otras cuestiones, al placer sin límites, ligado a la promesa de lo ilimitado. De ella se derivan además significaciones como el consumo también sin límites –salvo el del bolsillo- , la exigencia de un estado constante de salud y juventud, la promesa de felicidad asociada a más tecnología y velocidad, etc. Exigencias que lo son sobre todo para pertenecer: pertenecer en una época en la cual el fantasma de la exclusión circula como amenaza, en un mundo simbólico fragilizado, también por estar a merced de un proceso incesante y vertiginoso de institución y destitución de significaciones.

Esta significación central, de la cual se derivan modos del afecto, del representar y del actuar, no hace más que satisfacer el más profundo deseo que habita la psique humana: que no existan los límites [2], ya que en ella, en su núcleo, lo que está presente es la omnipotencia: volvemos entonces al autoerotismo. La promesa de lo ilimitado implica que la castración podría evitarse. Esto abre las puertas del narcisismo, de lo autoerótico, y de su expresión en formaciones individuales, intersubjetivas y sociales.


Autoerotismo y clínica

Se producen manifestaciones de lo autoerótico en la clínica, y no solamente en las psicosis, las adicciones, las anorexias y bulimias, etc. Una mujer que está en análisis, Silvia, comenta con detalles los modos en los cuales ella y su pareja Manuel intentan seducir, para incorporar a su intensa vida sexual, a distintas mujeres jóvenes que conocen en el ámbito de locales bailables. Dos chicas de unos 15 años les llamaron la atención y cuenta que se acercaron a ellas luego de verlas un par de veces. Estas se manifiestan dispuestas a aceptar la propuesta que ellos les hacen. Así Silvia y su pareja han decidido que el próximo encuentro será el de pasar a la acción. En el transcurso de las sesiones en las cuales se va desarrollando esta cuestión, las preguntas insistentes que se me hacen presentes son, por un lado, quiénes o qué son esas chicas para ella –que además es la que toma la iniciativa en la seducción- y también cómo intervenir, ya que pienso que estoy ante un posible acto de abuso. Ella primeramente –y en una actitud de desafío hacia mí, ya que supone/adivina en mí una condena de lo que está por realizar- sostiene que tienen 15 años pero que son muy experimentadas, que quién sabe si es la primera vez que van a hacer algo así, que serán menores de edad pero les llevan varias cabezas a la mayoría de los que están en ese ámbito, etc., etc. Mantengo la neutralidad, seguro de que cualquier intervención que suene superyoica la empujará más hacia el acto. Esas chicas no están registradas como semejantes, sencillamente son tomadas como objetos para la satisfacción pulsional. Allí no hay otro, se trata de puros objetos a ser utilizados; no entran en la serie narcisista por lo tanto: se trata de incorporarlas a algo del orden de lo indiferenciado, algo de sí que la psique desconoce como propio. Han sido degradadas de su condición de semejantes. Así como un torturador satisface sus pulsiones parciales en el cuerpo del torturado, que no es otro humano, sino que es lo otro, a ser exterminado, esa antigua parte de sí que debe ser aniquilada para volver al equilibrio, en este caso, la acción se dirige no a un objeto parcial persecutorio, sino a un objeto fuente de placer, objeto parcial que intenta ser integrado a la economía autoerótica. Pero algo ocurre, poco a poco en Silvia se abre paso una pregunta: ¿lo que quiere hacer podría dañarlas?  La pregunta aparece con insistencia y finalmente me la hace de modo frontal. Mi respuesta referida al riesgo que corren las adolescentes por estar todavía en un período de estructuración, y a la asimetría en juego, es rechazada. Pero a la sesión siguiente me comenta que estando en aprontes en un rincón de uno de los locales bailables que frecuentan, estas chicas le convidan un trago que ella, torpemente, vuelca en el piso. Esto da lugar a una fuerte discusión y al alejamiento de las jóvenes. Silvia dice que es probable que eso haya ocurrido porque había un punto en el cual ella no quería avanzar, había visto repentinamente que eran muy chicas, que había un daño probable que les podía causar. O sea, cobraron repentinamente las características de semejante, se hizo presente la alteridad, el goce autoerótico fue depuesto.

Por fuera de la clínica y a nivel de lo intersubjetivo en muchos casos –no en todos-, el femicidio acontece a partir del borramiento de la mujer como semejante –ni siquiera se sostiene el lazo narcisista con ésta- para devenir en un objeto parcial al servicio de la descarga pulsional destructiva al haber devenido en lo otro amenazante, que debe ser exterminado para volver a la reintegración de la unidad del sujeto, superando así la amenaza de fragmentación. Apoyada en la significación patriarcal esta acción se hace posible.

A nivel colectivo, los episodios de xenofobia – hemos visto las imágenes de los refugiados sirios muchas veces tomados como objetos a ser exterminados, -como lo fueron antes los judíos, los gitanos, los armenios, los palestinos, los pueblos originarios de América, los namibios, etc., dan testimonio de una lógica de exclusión: es decir, de una lógica de un solo término.  Trascendiendo el narcisismo de las pequeñas diferencias, el otro es vivido como destino posible de la descarga pulsional mortífera.

La lógica narcisista es una lógica que admite dos términos, aunque no claramente separados, en la cual uno de los ellos predomina sobre el otro: el objeto fue una parte del sujeto, algo que  éste perdió, lo que querría ser, lo que ha sido, lo que el sujeto es. En tanto que la lógica que habita lo autoerótico es una lógica de un solo término. Es el impero de lo Uno. Y donde hay Uno no hay lugar para el otro. Los lazos sociales, en cambio, implican una lógica de tres términos: el sujeto, el otro reconocido en su alteridad y un tercero de apelación (Ulloa) portador de la ley.

Lo autoerótico puede estar presente en la neurosis, en la psicosis, en la perversión, y en las diferentes formas que adquiere la sexualidad. Coexiste con el narcisismo y con lo objetal. Es bueno resaltar que también cumple una función positiva (es uno de los destinos del placer cuando se trata de los lazos de meta fusionada -Aulagnier-). Tanto como el narcisismo. Está en el núcleo del placer, pero vimos cómo el placer puede devenir en algo sin límites –goce por lo tanto- y transformarse en algo mortífero.


El autoerotismo y la época

Antes de terminar, unas palabras más sobre la época. Esta se diferencia de la de Freud en un punto central: la exigencia es de placer ilimitado -sexual, pero no solamente sexual- mientras que en la época de Freud el placer sexual estaba ligado a la prohibición, dando lugar a una doble moral y a una nerviosidad que no es la que hoy se hace presente. Si para Freud el exceso de exigencia de renuncia pulsional enfermaba, y le hacía sostener que si la cultura fuera menos exigente la neurosis no estaría tan presente, hoy podemos apreciar que lo opuesto causa no solamente neurosis (ya que genera ideales de satisfacción inalcanzables) sino otro tipo de padecimientos, asociados o no a las neurosis. Lo que marca una diferencia que he señalado en repetidas oportunidades: implica que el malestar en la cultura coexiste con algo que está más allá de éste. Es a este más allá del malestar en la cultura que la lógica autoerótica se suma a la narcisista. La clave está en la exigencia/promesa de lo ilimitado. Entre las consecuencias a nivel colectivo esto produce una relativa des-socialización, y a nivel individual satisface las tendencias asociales de la psique humana que habitan en lo autoerótico. Describí que esto tanto puede producir una degradación del semejante en su alteridad, para ser objeto de goce, tanto sea sexual - como cité en el caso clínico -  como destructivo, como también una retracción autoerótica (ya no narcisista), cuyo ejemplo extremo es la figura de los Hikikomoris  en Japón.

Por supuesto que lo que he descrito como lo que acontece en la cultura no es lo único presente, he mencionado los aspectos negativos y me  he centrado en aquello me que he atrevido a compartir con Uds., la presencia del autoerotismo, más allá del narcisismo. Pero esa es nuestra obligación como psicoanalistas: advertir, señalar lo que daña, subrayar en nuestra práctica clínica –así lo hizo Freud- aquello que vemos como un malestar agregado, evitable, que en este caso produce efectos mortíferos a nivel individual, intersubjetivo y social.


[*] Texto ampliado del presentado en el simposio de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados el 31-10-2015, en el panel Narcisismo siglo XXI. Psicoanálisis, actualidad y cultura.


 
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Notas
 
1] Franco, Yago, El otro, el enemigo, lo otro, El psicoanalítico N° 22 y El odio en la cultura, El Psicoanalítico N° 23.
[2] ver Franco, Yago, Sobre los límites, El Psicoanalítico N° 16.
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