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Edward Hopper, Room in New York, 1932. Imagen obtenida de: http://www.taringa. net/posts/arte/13841443/Edward-Hopper-la-soledad-de-un-imperio.html
Verdad y simulación
Por Franco Berardi
franberardi@gmail.com
 

Poco después de las elecciones que han llevado a Trump a la presidencia de los Estados Unidos, en una entrevista con el Washington Post, Paul Homer, un fabricante profesional de noticias falsas, se atribuyó el mérito de la victoria de Trump.
 “Mis sitios web fueron visitados continuamente por los partidarios de Trump. Pienso que ganó las elecciones gracias a mí. Sus partidarios no controlan nada, postean cualquier cosa, creen en cualquier cosa.”
Horner es aquél que ha inventado títulos que se convirtieron en virales como “Los amish se empeñan en votar a Trump”, y “El presidente Obama firma una orden ejecutiva que prohibe el uso del himno nacional en todos los eventos deportivos del país”.
Ninguno de los dos era verdad.

Comentaristas, periodistas y políticos han denunciado la falta de fiabilidad de los flujos mediáticos y los efectos que la falsa información produce en la vida política. La izquierda está escandalizada por la difusión de noticias falsas y tiende a pensar que los enunciados tendrían, en cambio, que estar fundados sobre hechos. ¿Pero qué cosa es un hecho?
Algunos se la tomaron con Zuckerberg por el rol que desempeñó en los medios de comunicación social en la carrera electoral. Pero no es claro qué cosa debiera haber hecho Zuckerberg: ¿censurar aquellas noticias o aquellos comentarios que no se correspondían con la verdad? ¿Pero qué es la verdad? ¿Y quién puede decir la diferencia entre noticias verdaderas y falsas, o entre comentarios legítimos e ilegítimos?

En el New York Times del 5 de diciembre, Kenan Malik escribía:
“El pánico por las noticias falsas dio fuerza a la idea de que vivimos en una época post-verdad. El Oxford English Dictionary, incluso, ha hecho de “post-truth” la palabra del año: aquellos casos en los cuales los hechos objetivos son menos relevantes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a las emociones y las convicciones personales. Pero la verdad, admitiendo que se pueda usar esta palabra, es una cosa mucho más compleja de cuanto se pueda pensar”. (Gatekeepers and the rise of fake news)

La soberanía moderna se fundaba sobre el silencio de la multitud. La ley hablaba en el silencio de la población en escucha, y la razón no debía ser perturbada por el rumor del inconsciente. Según Carl Schmitt, la soberanía está fundada sobre la posibilidad de decidir sobre el estado de excepción, y el estado de excepción se produce cuando cada voz está en silencio, pero en las redes es difícil silenciar la tempestad de las voces. La utopía de la política moderna fue el silencio del cuerpo y del inconsciente, pero esta utopía ha perdido terreno, y la soberanía terminó. El poder no es más sinónimo de razón y de ley. El poder ya no es capaz de imponer el silencio. Al contrario, el poder es hoy el maestro del ruido. El ejercicio del poder se basa hoy en la simulación y la hiper-estimulación nerviosa.


Post-verdad

Pero para la población empobrecida de occidente, el problema no es más la verdad, sino la venganza contra el neoliberalismo y contra los políticos que han impuesto el dominio financiero. ¿Trump es repugnante? Claro que es repugnante, y esta es la razón por la cual los políticos bien educados de centro izquierda lo desprecian, pero también es la razón por la cual los trabajadores blancos han votado por él. Los funcionarios del dogma liberal están bajo ataque y lanzan una campaña contra el populismo. Pero populismo es una palabra que no significa nada: quienes están en desacuerdo con el dogma matemático de la austeridad financiera son llamados populistas, y su éxito se basa en las noticias falsas.
¿Qué se debe hacer? Las autoridades europeas están pensando en restablecer la verdad por ley. Alguien invoca la acción legal contra las falsas noticias.
Un funcionario de la Unión Europea declara:
 “Hemos llegado a una encrucijada: debemos elegir si dejar que internet sea el lejano oeste, o si se requieren leyes. Creo que se necesitan reglas, y esta es la tarea del sistema público”.
La revista digital ZeroHedge, en la cual escriben intelectuales y periodistas que apoyan a Trump, ridiculiza fácilmente esta campaña.
“Un grupo de burócratas no elegidos, en los cuales ninguno confía, tendrían que sentarse y decidir entre ellos cuáles noticias son falsas y, entonces, eliminarlas de la circulación... pronto será Bruselas en decidir cuáles contenidos son apropiados para el consumo europeo, porque si un burócrata no interviene, las falsas noticias traerán todavía más populismo en lugar de años de reformas y decisiones fallidas de la banca central”.

No pretendo negar que la cantidad de información falsa está creciendo, y no niego que esto sea dañino para la democracia y útil para los tipos maliciosos. Pero la falsedad no es una novedad en el discurso público. Aquello que es nuevo es la velocidad, la intensidad y, por lo tanto, la enorme cantidad de información, sea falsa o verdadera, a la que la mente social se expone. La aceleración de la infosfera y la extrema intensificación del ritmo de la estimulación nerviosa han saturado la atención y, en consecuencia, han desactivado la capacidad crítica.

La capacidad crítica no es un dato natural, más bien es el producto de una evolución de la mente que se realiza en la historia. La facultad cognitiva que llamamos “crítica” se desarrolla sólo en condiciones particulares.
La crítica es la capacidad individual de distinguir entre enunciaciones falsas y enunciaciones verdaderas, y también de distinguir entre actos moralmente buenos y malos.
Para poder decidir críticamente, la mente debe elaborar información para poder ponderar y decidir. La capacidad crítica implica una relación ritmica entre estímulo informativo y tiempo de elaboración.
Más allá de un cierto nivel de intensidad, el estímulo no es más recibido e interpretado como un complejo de enunciaciones sino, más bien, es percibido como un flujo indiferenciado de estimulación nerviosa: asalto emocional sobre el cerebro.

La facultad crítica, esencial para el desarrollo de la opinión pública en la época burguesa, fue el efecto de una especial relación entre mente individual e infosfera, particularmente la esfera de circulación de los textos impresos.
La mente alfabética estaba ocupada en elaborar un flujo lento de palabras dispuestas en secuencias en la página, así el discurso público era espacio de evaluaciones conscientes y discriminaciones críticas, y la elección política estaba basada en el juicio crítico y el discernimiento ideológico.
La aceleración del flujo informativo satura la atención y así la capacidad de distinguir entre verdadero y falso deviene imposible, la tempestad de neuro-estímulos confunde la visión y la gente tiende a encerrarse en redes de auto-confirmación: echo-chambers.

Hace veinticinco años, la imaginación de la red estaba basada en la idea de que el nuevo espacio estaba destinado a romper los límites y hacer posible una libre y amplia confrontación. En realidad, internet se convirtió en un espacio en el cual innumerables cámaras de eco repiten el mismo mensaje: competencia, identidad, agresividad.
El problema principal del mediascape contemporáneo no es, a mi parecer, la difusión de las falsas noticias, sino la descomposición de la mente crítica y, por lo tanto, la estupidez de las masas mediatizadas y la agresividad que se autoconfirma. La publicidad, que es el flujo mediático dominante, no basa su eficacia en la verdad o la recepción crítica, sino en la intensidad del estímulo nervioso.

La regresión cultural de nuestro tiempo no se debe al exceso de mentiras que circulan en la infosfera, más bien es un efecto de la incapacidad de la mente colectiva de elaborar distinciones críticas, y de evaluar la propia experiencia de manera autónoma.
Por esto es que la gente vota a manipuladores mediáticos que se aprovechan de la estupidez en expansión.


La cuestión filosófica de la simulación

En la discusión filosófica, la dimensión post-factual ha sido reconducida a la influencia que Nietzsche ejerció en el pensamiento post-moderno.
Maurizio Ferraris, que en las décadas pasadas escribió importantes libros sobre Nietzsche, ahora revisita su pasada posición nietzschiana y promueve un movimiento hacia un nuevo realismo que se basa en la afirmación de que los hechos son la fuente de la verdad. Según él, la decadencia política actual, particularmente el ascenso de charlatanes y magnates de los medios como Berlusconi en Italia y Trump en Estados Unidos, nos debiera conducir al pensamiento post-factual en cuyo núcleo está la convicción de que en la esfera del diálogo social hay sólo interpretaciones e interpretaciones de interpretaciones y no auténticos hechos. 
“Descartes trajo la sede de la consciencia a la mente humana. Pero si lo único que conocemos es nuestra mente, entonces, como dice Schopenhauer, el mundo es mi representación.  A finales del siglo XX, los posmodernos fueron más allá, hasta decir que nada hay fuera del texto, y que nuestras ideas del mundo son modelos que el poder ha impuesto sobre nosotros.”  (Peter Pomerantsev https://granta.com/why-were-post-fact/).
El nuevo realismo propuesto por Ferraris quiere restablecer los derechos de la verdad contra el régimen post-factual y contra la relativización postmoderna. Yo entiendo perfectamente la desesperación de intelectuales y periodistas que se lamentan por el flujo de falsedades y de odio y de violencia verbal. Pero no creo que dichos pensadores postmodernos se puedan considerar responsables de lo que está sucediendo. En todo caso, simplemente han descripto un proceso de transformación del discurso público, no lo han provocado.

Los pensadores post-estructuralistas dicen que la esfera histórica es emanación del lenguaje y el lenguaje es una cadena infinita de simulaciones e interpretaciones.
Y Baudrillard, en Simulacres et simulation (1981) escribió:
“El simulacro no es aquello que esconde la verdad, es la verdad que esconde que no hay ninguna verdad. El simulacro es verdadero.”
¿Acaso estos pensadores han preparado la victoria de Berlusconi y de Trump? No, simplemente han anticipado lo que está sucediendo: la proliferación de simulacros digitales pone en cuestión la misma noción de realidad.


Simulación como hecho

¿Qué entendemos cuando decimos realidad, o hechos?
El hecho es aquello que fue hecho en la esfera de las convenciones humanas. Hecho es el producto de la semiosis factual, y la realidad es el punto de intersección psicodinámica de innumerables proyecciones de flujos de simulación que proceden de organismos humanos y de máquinas semióticas.
“No hay nada más ficticio que la realidad” dice Umberto Eco en una entrevista con Alex Coles (Here I am, not a fiction, publicada en el libro Design fiction, Sternberg Press, Berlin, 2016).

La realidad no pre-existe al acto semiótico y de comunicación, y es el constructo que emana de la subjetividad múltiple.
La subjetividad que prevalece en la formación de las instituciones de la vida comunitaria y por encima de las categorías de interpretación (episteme) es la del detentor del poder. Pero al mismo tiempo, subjetividades disidentes emergen y reaccionan de manera sismo genética.

Los filósofos no han destruido el fundamento teológico de la vida ética, simplemente han anunciado que la vida ética no tiene fundamento teológico, y es una elección basada en la imaginación y en la interpretación.
Si dios está muerto, entonces todo es posible, dijo Dostoievski, y las pruebas de que dios está muerto están por todos lados a nuestro alrededor. La sucesión de las causas y de los efectos está trastornada y el fundamento de la verdad, cancelado. Así, la elección ética no puede basarse sobre alguna certeza teológica o sobre algún significado evidente. La elección ética se basa sobre el conflicto de las sensibilidades y sobre la consciencia irónica de la relatividad de la simulación (o proyecto de realidad). La empatía es inherente a la elección ética. Verdad, fe o esperanza no pueden motivar éticamente la elección ética.
Sólo la empatía y la solidaridad pueden hacerlo, y sólo el compartir el dolor y el placer pueden ser el fundamento de una ética escéptica que no se transforme en dogmatismo conformista o violencia.

En el tiempo moderno que está sobre nuestras espaldas, hemos creído que era posible distinguir y elegir entre el bien y el mal, porque la solidaridad social era la base de expectativas compartidas (valores comunes, si quieren llamarlos así).
La solidaridad social ha sido destruida por la extendida precarización y por el culto a la competencia, que todo lo abraza. Así, la acción política está impotente e ineficaz: estaba fundada sobre la posibilidad de elegir, decidir y gobernar, pero ahora la elección fue sustituida por la previsión estadística, la decisión fue sustituida por los automatismos tecnolingüísticos, y el gobierno fue sustituido por la gobernancia automatizada.


Dinámica de la humillación

Inflige humillación quien demuestra a su semejante que no está a la altura de la imagen que tiene de sí mismo. En el pasado, el pobre no era humillado por su condición, se sentía pobre, lo que es ciertamente doloroso, pero la imagen que tenía de sí mismo estaba modelada por la tradición, por el ambiente de la gente pobre que podía encontrar en las calles de la ciudad.
La aldea global ha cambiado el ambiente en el cual una persona puede formarse una imagen de sí misma y puede imaginar una biografía de elección.
Esto puede ser una cosa buena o una mala. Ciertamente es mala cuando la imagen que se difunde en el mediascape y se promueve por la ideología prevalente, se basa en la competencia y se concentra en la alternativa entre ganar y perder.

En la época neoliberal, el discurso público ha vedado la posibilidad de que nos identifiquemos como explotados, como trabajadores que tienen intereses comunes: nos podemos identificar sólo como ganadores o perdedores en el juego social.
Ser un perdedor es una vergüenza, un estigma. En la época de la globalización, la carrera por el suceso económico es el único juego que se puede jugar. Sin embargo en la última década después del colapso del 2008, el horizonte de la globalización ha comezado a retroceder, y ahora se da vuelta y se cierra. La austeridad expulsó una larga parte de la población fuera de la carrera. Son perdedores, para ellos no hay nada que hacer. La autoimagen que hemos construido se cae a pedazos, y el fracaso desencadena demonios de psicopatía (patología psíquica, nota del E.). Tentativas de frenar la depredación financiera con medios políticos se revelaron engañosas: el piloto automático de la gobernancia financiera ha bloqueado todas las vías de salida.

La mayoría fue educada en el culto de la competencia, y ahora la mayoría debe afrontar la realidad de la humillación. Su imagen está destruida y sustituida por el autodesprecio. El autodesprecio es la motivación profunda de la actual tendencia hacia la agresividad nacionalista y racista. En este punto, el autodesprecio se transforma en violenta autonegación, y genera una suerte de hiper-identificación: la identificación con el humillador.

No es la difusión mediática de innumerables mentiras lo que explica el éxito de Trump, mas bien la identificación con el humillador en jefe ha llevado a la mayoría de los norteamericanos blancos a votar por ese individuo. La información falsa favoreció su victoria, pero esto no es el secreto de su victoria. Mucho antes de la campaña electoral, desde el inicio de su escabrosa carrera, la gente conocía bien quién es Trump.
61.900.651 personas votaron por un personaje que habían conocido desde el 2004 en el programa televisivo The Apprentice, que permitió que millones de norteamericanos conocieran su cara.
¿Qué es The Apprentice? Es un show que muestra a un grupo de concurrentes con distintos perfiles profesionales que participan en una prueba de eliminación para convertirse en aprendiz del gran business man, que naturalmente es Trump.
Trump es el jefe, naturalmente, y su rasgo distintivo es la arrogancia. A través del programa se ha dado a conocer por la frase: “Estás despedido”.
Desde el punto de vista de un trabajador, el personaje encarnado por Trump en la ficción como en la vida real, es el más odioso: el patrón que te puede enriquecer o arruinarte la vida, y que en todo caso quiere humillarte como trabajador, como alguien que no es como él, un capitalista (aunque su capital lo haya heredado de su padre).
Millones de trabajadores blancos se han identificado con el despedidor, con el racista a quien le gusta humillar, sobre todo si puede hacerlo en público. Se han identificado con él porque quieren olvidar aquello que son, quieren identificarse con el vencedor, y también porque quieren identificar a un enemigo que sea más débil, así poderlo humillar, a su vez: el inmigrante, el mexicano, el negro, la mujer, el discapacitado; éstas son las figuras que el perdedor blanco puede humillar porque son más perdedoras que él.

La victoria del racismo trumpista en los Estados Unidos, como en todo el Occidente, no es efecto de las noticias falsas, sino el efecto del autodesprecio, profundamente radicado en la mente de los explotados blancos a los cuales el capitalismo global ha quitado toda esperanza. Es el efecto de la disociación psicótica y de la eliminación del sí mismo y, finalmente, de la identificación con el humillador, con la persona que te trata como un idiota, como un pedazo de mierda. La supremacía blanca, esa violenta ilusión ideológica racista, es, en efecto, el símbolo del doloroso autodesprecio que atormenta a millones de perdedores en los Estados Unidos, como en todo el Occidente en época de la agonía del capitalismo.


 
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