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The eyes of Herod, 1894. Aubrey Vincent Beardsley (1872-1898)
Imagen obtenida de: https://uk.pinterest.com/pin/234609461820396903/
Lo perverso (*)
Por Yago Franco
yagofranco@elpsicoanalitico.com.ar
 

Lo perverso: ya no exclusivamente la perversión como cuadro clínico (en la cual habita lo perverso), sino aquello que se desliza e instala en los intersticios psíquicos e intersubjetivos. ¿Intersticios psíquicos? El psiquismo no es algo homogéneo, sus estratos muestran lógicas diferentes (visibles claramente en los procesos primario y secundario), pero, al mismo tiempo, esas lógicas se solapan, sus fronteras no son tan inflexibles ni nítidas: sueños, actos fallidos, síntomas, creación artística, la asociación libre en análisis, son muestras de su porosidad. En sus fronteras, siempre hay actividad: algo pasa, o el pasaje le es negado, o debe traspasarlas modificando su estatus. Pero ¿qué o quién decide sobre esos movimientos y transformaciones o los niega? Las traducciones que se producen en el pasaje del inconsciente al preconsciente y de éste a la conciencia, obedecen a algo tanto intrínseco a la psique como proveniente de la cultura: el mundo simbólico también debe ser traducido, y esto se produce simultáneamente en los tres estratos psíquicos. Esas traducciones se producen de esa manera en un estado de encuentro entre la psique y el mundo simbólico.

En esos intersticios encontramos la actividad de la imaginación radical: en ese encuentro su actividad es la que transforma lo que viene del Otro, de acuerdo a la lógica imperante en cada estrato, y -a la vez- hace a la forma que adquirirá lo que pasa de un estrato a otro. El mundo exterior funciona -en ese sentido- como un estrato más. Puesta en forma y puesta en relación es lo que se produce en cada pasaje de las representaciones y afectos.
En esos lugares psíquicos de pasaje se instalan significaciones que alteran el tránsito, que trabajan sobre los elementos que pasan afectándolos, condicionando traducciones: pero también funcionando como compuertas que dejan pasar representaciones-cosa, afectos, con escasa traducción. Porque en la vida psíquica lo que provenga tanto del cuerpo como del Otro será significado de acuerdo al código socialmente instituido (el principio de realidad es el principio de la realidad socialmente instituido) en el encuentro con la actividad de la imaginación radical. Sea el encuentro del modo de ser de lo originario, lo primario o lo secundario con la realidad del mundo simbólico, o el pasaje de un estrato a otro, siempre se produce en ese estado de encuentro, en una modalidad tanto de pasajes internos como de pasajes entre la realidad y la psique.

Así, el mundo (adultos, pares, medios, etc.) podrá significar como positivo el esfuerzo del sujeto por mejorar su condición económica a cualquier precio (con esto vamos ingresando en la temática que nos ocupa en este texto) lo cual podrá resonar en los distintos estratos de la psique de manera diversa: sea en lo originario (con un pictograma de una sensación agradable), en lo primario (activando un fantasma edípico), en lo secundario: justificación o rechazo de dicho ideal social. Las instancias psíquicas del superyó y los ideales, que funcionan como interfaces con el mundo social, son las encargadas de cumplir con lo que el discurso del conjunto pretende imponer, en un encuentro complejo ya que actúan en ellas tanto las fantasmáticas inconscientes y las tendencias pulsionales como la imaginación radical, que permite al sujeto tomar distancia del discurso del Otro y sus deseos.

Decíamos que los estratos funcionan de modo simultáneo: la escucha de una melodía activa pictogramas  (sensaciones, imágenes olfativas, visuales, cenestésicas, afectos innombrables, etc.), que en su pasaje reactivan o producen una fantasmática inconsciente que a su vez podrá ser traducida a palabras. Eso pictográfico probablemente sea la resonancia de aquel lejano encuentro con la voz y el arrullo materno indiferenciado del aroma de su piel, la leche tibia del pecho, el acunar en sus brazos, o lo percibido en el océano intrauterino… Esos primeros sentidos –perdidos- irrecuperables pero que afectan la fantasmática del siguiente estrato que -haciéndose consciente o no- a su vez en su pasaje imantarán una puesta en palabras. En cada traducción (diacrónica y sincrónica, histórica y simultánea) la imaginación radical actúa produciendo figuras. Al mismo tiempo, cada traducción es afectada y condicionada por el mundo simbólico en el cual el sujeto está inmerso. Éste podrá ser incorporado con mayor o menor adhesión y alteración por el sujeto, quien tendrá la posibilidad de volver sobre dichas incorporaciones a posteriori en distintas etapas de su vida y podrá tomar mayor o menor distancia del mundo instituido.

Entonces: en esos intersticios habitan elementos orientadores de modos de traducir/significar: provistos por el Otro que pueden ser a su vez alterados en el encuentro con la fantasmática del sujeto. Aunque en el caso de lo perverso de lo cual aquí nos ocupamos, dicha alteración lejos está de producirse, ya que -como veremos- deviene del encuentro con un Otro cuyas significaciones potencian el modo de ser del inconsciente, el autoerotismo y el narcisismo. Luego volveremos sobre esto. Esta presencia en las fronteras puede también producir que éstas sean rígidas o excesivamente permeables tanto para el empuje pulsional como para el empuje del mundo exterior: pero también puede dar lugar a fronteras que son como aduanas que están corruptas, que han sido corrompidas por las circunstancias socio-culturales y que pueden así actuar contra el sujeto… o contra los otros.

El infans ve la diferencia sexual anatómica y reniega de su visión: es imposible para él que el otro esté castrado o que él mismo no lo colme. Así lo ve él: ¿pero por qué?, pregunta nada banal. Adelantemos una respuesta: eso depende de cómo sean significadas socialmente las diferencias sexuales anatómicas. Lo ve y no lo ve: se abren dos corrientes psíquicas paralelas, se produce una escisión. Si ese es el mecanismo básico que hace a la perversión (en el origen se pervierte la realidad y eso afecta la relación del sujeto con la misma), no es el único caso en el cual la relación del sujeto psíquico con la percepción de la realidad se puede ver alterada, aunque esto sea algo que altera por completo la inserción del sujeto en el universo social.

La renegación va de la mano con una especial relación a la ley y el desafío en relación a la misma y a lo instituido: tal lo propuesto por Piera Aulagnier. El perverso sabe, conoce, reconoce la ética que rige el mundo, por lo tanto sabe que ha elegido el mal, sabe que pretende desafiar toda ley imperante y que sus actos van en contra de dicha ley, la cual se opone a una ley propia, y es consciente de que en su accionar ultraja le ley de los otros. Tal es su goce. Goza desafiando una ley a la cual antepone una propia y goza imponiéndosela a los otros. Podrá esto desplegarse a nivel de la sexualidad (tal la propuesta freudiana) o ser algo mucho más abarcativo. Lo delincuencial es un ejemplo: también los delitos de “guante blanco”. Claro que, si vamos hacia ese territorio, la propuesta freudiana de ceñir a la perversión como aquello atinente a la renegación de la percepción de las diferencias sexuales anatómicas, ya no nos alcanza. Ahí es donde aparecen esos intersticios psíquicos afectados por un embate pulsional que debe encontrar, necesariamente, en la escena de la realidad algo que les dé validez. Nos acercamos así al objeto de este texto: “¿Ud. quiere triunfar sobre el otro a todo precio, sacar ventaja, ser más “vivo”, obtener de manera non sancta beneficios económicos o de mejora en su jerarquía social? ¿Ud. quiere sacar beneficio de los otros como sea, y gozar del beneficio que les arrebata? Pues bien, este es un mundo de winners y todo vale, mejor estar arriba que abajo, mejor someter que ser sometido… ¿Ud. pretende por lo tanto ganar a toda costa, triunfar sobre los otros no importa de qué manera? ¿Quedarse con lo que es también del otro –su pareja, sus socios, sus amigos, sus vecinos, sus empleados? ¿Quiere aprovechar un negocio perjudicial para los otros y el medio ambiente? ¿Basar su plataforma política en promesas sabiendo que jamás las cumplirá? ¿Dañar -sabiendo que daña- a parte de la población -siempre los que están abajo- hasta excluirlos, tomando medidas económicas que van a su vez a favorecer a una pequeña minoría –los más poderosos-?”  Lo perverso está entre nosotros. También en el bullying, en la trata de personas, el femicidio, el asesinato infantil…

¿Es que acaso un sujeto no perverso puede cometer perversidades? ¿Es que puede entonces estar presente aun en las neurosis? No por nada Freud sostenía que la perversión es el negativo de las neurosis: muestra en acto fantasmas reprimidos del sujeto, muestra aquello que habita en todo sujeto humano y que debe ser dejado de lado en pos de la vida en común. Sobre todo por una adquisición que ubica a la alteridad como principio, algo previo a la visión de las diferencias sexuales anatómicas. Este principio desfallece cuando lo perverso se hace presente. Lo más inquietante: bajo determinadas circunstancias un sujeto, no necesariamente perverso, puede devenir en kapo de campo de concentración, genocida, asesino…

La tercera  serie complementaria es la de lo que desencadena, desata: rompe la cadena de significaciones del sujeto en un momento dado, dando lugar a una alteración inesperada: no solamente una cuestión atinente a la psicopatología, también algo relativo a una psicopatología de la vida cotidiana, o alteraciones que se producen por cambios en la cultura (catástrofes sociales o hechos puntuales de la vida del sujeto). A esta altura vale tal vez la pena aclarar: nuestra clínica no es de estructuras, ya que considera lo mixto, lo momentáneo, lo inesperado, lo acontecimental: hemos dicho que todos somos borderline: ahora decimos que todos podemos cometer perversidades más allá de los diagnósticos. También por efecto de un lazo, una institución, una sociedad, un grupo (Ej.: barras bravas). Lo cruel y su afloramiento atañe a todos los sujetos, nadie está libre: mejor es desconfiar de quienes se dicen “buenos”.  Es una clínica en la cual lo autoerótico y el narcisismo hacen su aparición, de modo permanente o puntual. Las primeras y segundas series complementarias pueden cumplir o no un importante papel. Será la aparición de la culpa en la clínica lo que marque la diferencia entre un acto perverso neurótico o uno llevado a cabo por un perverso.

El punto de partida es ubicar a lo perverso como aquel acto que se realiza sobre otros que no son considerados sujetos: han sido rebajados a la condición de objetos. No objetos sexuales en el sentido psicoanalítico, sino desubjetivados, es decir, en una suerte de movimiento regresivo que lleva al otro a ingresar en la lógica autoerótica. Es como algo indiferenciado del sujeto, o como algo en lo cual se proyecta el odio provocado por la des-completud que genera su presencia. Lo cual no es lo mismo que incompletud: un sujeto psíquico pleno es afectado por algo que cuestiona dicha plenitud, lo cual es arrojado al exterior y odiado hasta el exterminio si fuera posible. A nivel social es la segregación del otro de su lugar en el colectivo, por cuestionar su presencia la identidad del mismo o del poder instituido. Expulsado de su lugar de sujeto del colectivo, la acción puede detenerse en ese punto o llegar hasta su aniquilación.

En lo individual, Ulloa ha sostenido que el fracaso del primer dispositivo de socialización, la ternura, arroja al sujeto a la crueldad. De allí a la destitución o imposibilidad de institución del otro como semejante hay un paso. Se produce una situación de encerrona trágica sin tercero de apelación para quien devenga su víctima. En lo colectivo, la crueldad obviamente sigue otros caminos: el mismo acto perverso es ya un acto de crueldad que deja a los que han sido objeto del mismo sin tercero a quien apelar, o -si cuando éste existe- lo está para reduplicar el acto cruel desoyendo toda apelación. Los excluidos de la sociedad, en sus diversas formas, pertenecen a la población que carece de tercero de apelación y que sufre los efectos de la crueldad de quienes detentan el poder instituido. La crueldad satisface las tendencias sádicas que habitan en todo sujeto y que su socialización -en general- intenta reducir en su expresión. Pero hay sociedades, en distintas épocas y culturas, que las exaltan.

Toda cultura se alimenta de disposiciones de la psique, que no causan directamente hechos en el colectivo pero de las cuales el Poder puede apropiarse y utilizar para producirlos. Habíamos citado ciertos modelos identificatorios que el poder utiliza para instituir una forma determinada de lo social: el triunfo a toda costa, la amenaza de ser excluido; a esto se agrega algo fundamental: la promesa/exigencia de un  placer sin límites… Esto va de la mano de una agitación del registro pulsional mediante el magma de significaciones que hacen a esos modelos y su transmisión a través de medios de comunicación cuya tecnología digital permea la psique que, ante su virulencia, vertiginosidad y seducción,  tiene dificultades en sostener sus fronteras. Una estimulación permanente que barre con fronteras y abre compuertas a lo peor del sujeto: la pulsión desencadenada en lo autoerótico y el narcisismo en acto. Y de la mano de modelos identificatorios (que a la vez son ideales identificatorios bendecidos por el superyó cultural que anida en lo intrapsíquico).

De esta manera nos hallamos, por un lado, con una disposición general del humano, basada en sus tendencias autoeróticas, narcisistas y sádicas, y por el otro, con un modo de ser de la sociedad que se aprovecha de ellas. Por lo tanto, de una perversidad que atañe al humano (perversos polimorfos denominaba Freud a los niños: es hora de incluir en la perversidad polimorfa el sadismo, la aniquilación del otro, su sometimiento, etc.), quien –decíamos- en el trabajo de socialización al que es sometido se ve impulsado de diversos modos a abandonar. Pero el estado actual de la sociedad lo activa, se apropia, lo utiliza.

Una sociedad habitada por lo perverso marcha inexorablemente hacia su autodestrucción.


[*] Recomiendo la lectura de La perversión pedófila, de María C. Oleaga y La perversión en la relaciones de género, de Irene Meler, ya que en ellos –además de la especificidad que les atañe- se encuentran más desarrolladas temáticas que aquí se exponen, siendo los tres textos complementarios.





 
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