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The eyes of Herod, 1894. Aubrey Vincent Beardsley (1872-1898)
Imagen obtenida de: https://uk.pinterest.com/pin/234609461820396903/
La perversión pedófila
Por María Cristina Oleaga
mcoleaga@elpsicoanalitico.com.ar
 
La sexualidad perversa polimorfa

La sexualidad humana no se limita a la genitalidad, tampoco comienza con la madurez de los sujetos. Uno de los grandes descubrimientos del Psicoanálisis es el de la sexualidad infantil y su cualidad perversa polimorfa. ¿Qué implica esta calificación? Se trata de una sexualidad disarmónica, no unificada, independiente de los propósitos de la reproducción. Así, la oralidad, la analidad, el placer de ver y por qué no de oír, así como el erotismo de los genitales, se despliegan en el niño en actividades autoeróticas que van desde el chupeteo a la masturbación genital. El disloque de la sexualidad humana está íntimamente ligado a la prematuración del bebé humano, quien depende de los cuidados, la palabra y el deseo del asistente adulto, la madre en general, quien  erotiza las zonas en las que reina, entonces, el placer de órgano, las pulsiones parciales. La operación de humanización implica el disloque de la sexualidad que tradicionalmente se entendió como al servicio de la reproducción.

Con el atrapamiento del sujeto por la norma, por una legalidad, estas manifestaciones pulsionales van siendo sofocadas. Interviene el surgimiento de lo que Freud llamó diques o barreras: el asco, la vergüenza, la hipermoralidad, la compasión y el dolor. Estos límites refieren a un tiempo que llamamos de latencia de la sexualidad infantil –de operación de la represión en el caso de las neurosis- que será luego permeado por el empuje de la pubertad. La pulsión, sin embargo, permanecerá siempre perversa y parcial, aunque se vista con los ropajes de la ternura y el amor por otro, aunque su destino sublimado se exprese en el arte o el trabajo y florezca en la fantasía que alimenta el sueño. Los rasgos de perversión se encuentran, asimismo, en todos los sujetos, sobre todo en la elección de objeto amoroso -recordemos el “brillo en la nariz” del que habla Freud-  y no sólo recluidos en la fantasía. El ejercicio perverso es muy otra cosa.


La perversión pedófila

En este difícil y sinuoso recorrido se constituye un sujeto y, asimismo,  se plasman los accidentes inevitables que llevan a Freud a ubicar la causación de patología en lo que llamó series complementarias. Se trata de un particular cruce entre los factores congénitos o hereditarios, que podríamos entender también como constitucionales, y las experiencias infantiles, todo lo cual constituye una disposición. Serán los factores desencadenantes los que, a partir de ese cruce original, determinarán o no efectos patógenos. O sea, las series complementarias no designan sucesos concretos y sus supuestos efectos fijos sino que encuadran la compleja causación de la salud y la patología, la que ubicaré -simplificando con fines de facilitar la comprensión- como neurosis, psicosis o perversión. Incluso la así llamada normalidad, por lo tanto, siempre incluye lo sintomático, entendido como el modo en que cada uno ha podido arreglárselas con el disloque inicial.

Esta introducción, quizás extensa, me es necesaria para referirme a un avatar particular  en este recorrido: la perversión pedófila.  La perversión es una de las posibilidades de operar con la incompletud: el modo de tramitar la castración por la renegación. Implica que el sujeto tiene noticia de su existencia pero que ha recurrido a negarla. Freud ubicó el encuentro del sujeto con la castración materna -entendida como la visión de sus genitales- como momento paradigmático en el que se define el tratamiento posible para ese sujeto de esa falta. Podemos dar otro sentido a este agudo hallazgo freudiano.  El deseo de la madre es -para Lacan- el vehículo esencial de transmisión de la castración, deseo que se cuela en su decir/hacer y en las significaciones que de allí surgen. El infans, en ese discurso agujereado, que  dice algo pero que puede significar tantas cosas, en esa hiancia que se produce entre lo dicho y la significación, cuando el Otro primordial ha pasado a su vez por la castración, tiene una constancia fundamental para su destino posterior. No es todo para el Otro, choca con la evidencia de que el Otro desea algo por fuera de él, de que el Otro está incompleto. La renegación, en el caso del perverso, viene a obturar este saber. Colma la hiancia con un saber acerca de cómo hacer gozar al Otro.  

La pedofilia es un modo particular de goce perverso; consiste en la atracción sexual que un sujeto experimenta, con exclusividad o no -y que lo lleva a la acción para él irrefrenable- en relación con los niños. El perverso pedófilo es un esclavo obediente de su propia ley. Es importante ceñir esta calificación de pedófilo al sujeto que, dada su estructura perversa, ejerce su acto u actos sobre niños como ejercicio de un poder que apunta a desubjetivar al niño, a convertirlo en objeto. De este modo, he preferido la definición de abuso sexual infantil (ASI) de Mario Zárate (2000): “(…) comprende las acciones recíprocas entre un niño y un adulto en las que el niño está siendo usado para gratificación sexual del adulto y frente a las cuales no puede dar un consentimiento informado” [1]. Esa posición de objeto es el resultado de la operación perversa sobre la dignidad del sujeto al que denigra y humilla.

El perverso pedófilo es el que erige en Ley su deseo de gozar más allá de los diques ya mencionados, más allá, en ocasiones, de la legalidad incluso más básica: la del incesto [2]. Este sujeto arma una teoría acerca del goce, como dijimos, en este caso acerca de su vínculo supuestamente amoroso con infantes. Indica, en este sentido, la disposición favorable  del niño a las manipulaciones a las que lo somete. A partir de esa teoría -fundada en un saber sobre el goce, saber del que se jacta- forma comunidades de pares, hoy favorecido por la proliferación de redes sociales y por la legítima admisión de la diversidad sexual en la que pretende insertar su perversión. No lo afecta ni la duda ni la culpa; él sabe, no vacila. Así, se convierte en un verdadero teórico y fundamenta con seguridad su propia ley respecto del ejercicio del goce. Estos agrupamientos incluyen asimismo a los abogados que los defienden, sobre todo cuando los casos se judicializan a partir de las denuncias de los niños y del soporte de las madres protectoras. No dudan en recurrir a falsas teorías ya defenestradas, como el SAP (Síndrome de alienación parental) [3] para responsabilizar a esas madres de lo que declaran los niños. Repetidamente, en casos de abuso intrafamiliar, gracias a la ignorancia o a la complicidad de la justicia, consiguen incluso la reversión de la tenencia, con lo cual la víctima es entregada a su victimario.

En su teoría, el perverso pedófilo nada dice, sin embargo, acerca de los modos en que primeramente  seduce al niño -regalos, atenciones, promesas, etc.-, lo encierra en un vínculo secreto y luego -frente a cualquier negativa por parte del mismo-  lo amenaza y extorsiona para que permanezca como cómplice del secreto a mantener. Cualquier medio vale para hacer gozar/sufrir.  El sometimiento y el maltrato, como condición exclusiva de satisfacción es  lo que -dice Freud-  merece el nombre de perversión en sentido estricto.


El arrasamiento de la subjetividad

El niño sufre el arrasamiento de su subjetividad cuando es víctima de abuso sexual [4]. Le es imposible tramitar y elaborar unas acciones -que se ejercen sobre su cuerpo o que él mismo debe ejercer sobre el cuerpo del otro-  que le producen sensaciones ambivalentes dado que no cuenta más que con las significaciones que le ofrece su victimario y éstas no concuerdan con lo que él experimenta. El pedófilo insiste en confirmarle que son cosas que los adultos y los niños hacen, que todo es normal y producto del amor, al tiempo que lo amenaza con matar a alguien significativo si no mantiene el secreto de esos intercambios supuestamente tan adecuados. Esta contradicción es inasimilable para el niño. Es con la palabra que se crea la confianza en el adulto y se funda un pacto simbólico  sostenido por la coherencia entre el decir y el hacer. Este marco genera sensación de amparo y protección en el niño. Su falla lo deja en orfandad duradera al dañarse la confianza en la palabra misma.

Las consecuencias inmediatas son el anonadamiento que refieren los que pueden recordar y develar, la sensación de no estar del todo en la escena -lo que llamamos disociación- al servicio de tolerar ese abuso. Las heridas que recibe el niño son gravísimas, más aún cuando el perpetrador es un adulto significativo del que depende. Lo que sí es necesario destacar es que no por haber sido abusado en la infancia un sujeto está condenado a constituirse como perverso ni a repetir sobre otro este ejercicio desubjetivante. Este argumento sí es utilizado por los pedófilos y por sus defensores que, de este modo, pretenden ubicarlos en el lugar de víctimas no responsables.


Lo social y el rasgo de perversión

Hemos vinculado en otras ocasiones [5], el aumento del número de casos de abuso sexual infantil con condiciones sociales y culturales propiciatorias. La perversión pedófila -como estructura clínica- conserva para nosotros, psicoanalistas, su consistencia psicopatológica singular. Sin embargo, tenemos que destacar que la época promueve  subjetividades empujadas por el imperativo de gozar a cualquier precio y que el perverso se encuentra, por lo tanto, en su salsa. Asimismo, cada vez más, la sociedad toda está teñida por un relajamiento de las normas, por su franco avasallamiento. Así, la naturalización de condiciones de vida infrahumanas para muchos -quienes quedan reducidos a la condición de objeto, deshumanizados- eleva los niveles de tolerancia del resto frente a estos hechos y hace que se abandone la reflexión en torno al tema de la injusticia a favor de exigir que se aumente la represión para prevenir hechos de inseguridad [6]. El contraste de este cuadro con la opulencia de los pocos, con la corrupción de los poderosos -vera inseguridad para todos-, con la destrucción que genera el extractivismo que alimenta arcas lejanas, y toda la vasta vidriera de las vanidades, con la que nos bombardean permanentemente, hace que el rasgo cultural capitalista actual pueda ser calificado de perverso. No quiero quitar a la perversión su especificidad sino tomar del término aquello que creo describe mejor un color actual predominante de lo sociocultural.


La clínica y sus desafíos

En la clínica solemos lidiar con los efectos devastadores de la perversión pedófila cuando atendemos víctimas. No llega a la consulta, al menos es mi experiencia, el perpetrador. Su ley es el goce, no padece el aguijón de la culpa. Percibo, sin embargo, el efecto del rasgo cultural perverso que antes señalaba en la subjetividad de los que consultan. Se impone socialmente un culto del goce, de cuya concreción los neuróticos por estructura suelen apartarse, y sus efectos, entonces, aparecen como dolor de no estar nunca a la altura de esa exigencia cultural. La perversión, como rasgo de la época, mina el lazo social al menospreciar la ternura y el amor. Así, promueve el aislamiento narcisista, el refugio en el autoerotismo, y -con ello- multiplica la distancia entre la expectativa y lo efectivamente logrado, entre el Yo Ideal, tan bien dibujado por los medios, y el Yo así empobrecido. El Ideal del Yo, entre tanto, empalidece como corresponde a los emblemas simbólicos. El sujeto no tiene a qué amarrarse, absorbido por ese mandato superyoico de goce tan sintónico con la voz de la época y del mercado. Es por ello que, como venimos sosteniendo en El Psicoanalítico desde el comienzo, la clínica no puede estar al margen de lo político social. La subversión del Psicoanálisis sólo puede ser preservada si apuntamos a reencontrar al sujeto en su dignidad.


 
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Notas
 
[1] Zárate, Mario, Maltrato infantil
[2] Oleaga, María Cristina, Revista El Psicoanalítico 23: “Escenarios de la violencia”: El crimen innombrable
[3] Bösenberg, Gabriela, Revista El Psicoanalítico 16: “¡¡¡Sé ilimitado!!!”: Sindrome de alienación parental. Terapias de revinculación en el contexto del abuso sexual. “Terapia de la amenaza”
[4] Oleaga, María Cristina, Revista El Psicoanalítico 18: “Narcotizados   Duerman tranquilos: aquí no ha pasado nada
[5] Ibid. (4).
[6] Oleaga, María Cristina, Revista El Psicoanalítico, Sección Ültimo Momento: “¿Bajar la edad de imputabilidad?”
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