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How the Queen Guinevere made her a nun, 1893-94. Aubrey V. Beardsley (1872-1898) Imagen obtenida de: https://es.pinterest.com/pin/484559241129395174/
La perversión en las relaciones de género
Por Irene Meler
Dra. en Psicología, UCES, APBA. Autora de: Género y familia, Varones. Género y subjetividad masculina, Recomenzar. Amor y poder después del divorcio.
iremeler@fibertel.com.ar
 
I) Introducción

El término “perversión” es polisémico y ambiguo. Esta categoría se ha mostrado marcadamente vulnerable a los prejuicios de época y lugar, lo que cuestiona su pertinencia para el discurso del psicoanálisis. En contraposición con las representaciones tradicionales en el campo psicoanalítico, que han tendido a homologar la elección homosexual de objeto con la perversión como estructura psíquica, considero que las relaciones existentes entre los géneros y, en especial, aquellas que se ajustan mejor a los ideales tradicionales de complementariedad –tanto respecto de los roles sociales y familiares, como de las características subjetivas-, se han caracterizado con frecuencia por su índole perversa.

Para comprender esta postura, es necesario establecer un acuerdo previo acerca del concepto de perversión. Se requiere superar una perspectiva descriptiva, que considere como perverso a cualquier deseo o práctica sexual que se aparte de la normalidad estadística y consensual en una población determinada. Ese fue el criterio, pretendidamente progresista, que optó por la denominación de “parafilia” para aludir a las preferencias eróticas inusuales y evitar la connotación moral de maldad que pesa sobre el término “perversión”. Esa opción retórica, aunque es bienintencionada, se limita a un enfoque fenomenológico que prescinde de criterios axiológicos en una búsqueda de corrección política.

Considero conveniente elegir, para comprender el campo social de deseos y prácticas amorosas, un criterio psicodinámico que se sustente en el análisis de los vínculos intersubjetivos que caracterizan no sólo a los intercambios eróticos, sino también a las transacciones laborales, familiares o emocionales en un sentido amplio.

La evolución psicosexual humana fue estudiada desde el desarrollo libidinal y sistematizada por Karl Abraham (1924) en los estadios de evolución del psiquismo conocidos como etapas oral, anal, fálico uretral, etcétera. El enfoque preferencial en esta perspectiva, atestigua el reduccionismo biologista de que quedó presa la teoría en su período inicial y que aún se observa en algunas producciones contemporáneas. Los estudios de Género se inscriben en una perspectiva construccionista social, y los desarrollos psicoanalíticos realizados en relación con esta postura, asignan mayor importancia para la evaluación del desarrollo psicosexual a la cualidad del relacionamiento que el sujeto establece con el semejante. La capacidad de empatía, la conexión con los estados afectivos del otro y la preocupación por el objeto, que fue estudiada por la escuela inglesa de psicoanálisis, son indicadores significativos para evaluar el estado psíquico de cada persona.

Según este criterio, el diagnóstico de perversión no se realiza a partir de la descripción de sus preferencias eróticas potencialmente polimorfas, sino que se toma en cuenta su capacidad o aptitud vincular. Se caracteriza por intentos violentos de reducir al semejante a la condición de objeto, de controlarlo, amedrentarlo y utilizarlo, que se encuentran tanto entre los sujetos homosexuales como entre los heterosexuales.

Si recordamos la definición que realizó Roger Dorey (1986) acerca de la estrategia perversa, veremos que desde el psicoanálisis intersubjetivo  se considera que en la perversión  el dominio se manifiesta en el plano erótico, sobre la pareja sexual, y se obtiene mediante la seducción, la fascinación. El perverso desea establecer un tipo de deseo erótico que le es característico y revelar en el otro un deseo equivalente. Se conecta con deseos reprimidos de su partenaire y ofrece un deseo que no es más que el reflejo del deseo captado en el otro. Por ese motivo Dorey define a la relación como especular, dual. La perversión se caracteriza por su fijeza, es una organización indispensable para que la tendencia sexual se satisfaga y evitar la angustia. La destructividad se dirige hacia la alteridad. El odio puro aparece ante la resistencia  por parte del sujeto dominado.

Una vez aclarados los criterios diagnósticos que encuentro adecuados para definir cuando nos encontramos ante rasgos de personalidad perversos, propongo referir la actual prevalencia de  estas estructuras a las características culturales del tardo capitalismo, trascendiendo la etiología familiarista y maternalista tradicional.


II) La perversión como norma predominante

Existe un amplio consenso entre numerosos autores acerca de que en este período histórico, en el mundo occidental, prevalece el cultivo de un estilo personal caracterizado como psicopático y perverso. Recordemos a Silvia Bleichmar (2005), cuando escribió: “El niño ‘perverso polimorfo’ temido por la sociedad victoriana ha devenido el hombre amoral soportado por el capitalismo tardío”.

A esta opinión se ha sumado Rita Segato (2016), en su libro La guerra contra las mujeres, cuando afirma que la personalidad modal de nuestra época es la psicopática. Considera que hoy se cultiva un estilo subjetivo que reprime la empatía y tolera la crueldad.

Un psicoanalista francés, Dany Robert Dufour (2007) relaciona la ausencia contemporánea de actos de sacrificio ante algún Gran Sujeto, -llámese Dios, la Patria, la dictadura del proletariado o el feminismo-, con una tendencia hacia lo que denomina como una psicotización difusa. Pareciera plantear que la única modalidad adecuada para instalar en el psiquismo una ética y una lógica es la renuncia pulsional.

Desde mi punto de vista, conviene buscar un tercer camino entre el desenfreno dionisíaco y el ascetismo judeo-cristiano. El común denominador de estas posturas que exponen los autores citados, se refiere a una novedosa estrategia de control, característica de la Postmodernidad, que ya no recurre a la censura social ni al cultivo de la represión como defensa psíquica, sino que se apoya en la incitación al placer. Zygmunt Bauman (2016) ha descrito el estado de endeudamiento en el cual vivimos, un recurso de los mercados para incitar al consumo, que presenta como valor agregado, el de constituir una herramienta eficaz para el control social. El estado contemporáneo ha sido expropiado de su antiguo poder de regulación, lo que pone de manifiesto que los verdaderos poderes - que operan en lo que Rita Segato (ob. cit.) denomina como un Segundo Estado, o Estado paralelo - residen en los capitales acumulados en manos de muy pocos sujetos, o de grupos muy pequeños, que detentan en consecuencia, un poder nunca antes conocido, en contraste con la impotencia relativa en que las grandes masas poblacionales se encuentran sumidas.

No es necesario entonces el antiguo recurso a la horca, a las hogueras inquisitoriales, al tormento. Basta con arbitrar los medios económicos de control, en sociedades cuyos amos no son los que conocemos oficialmente. La lógica que nos rige está entonces vinculada con el proyecto de acumulación de recursos, y toda referencia al bien común corre el riesgo de transformarse en una retórica vacía de contenido.

Resulta evidente que los modelos con que hemos contado en el campo psicoanalítico para referirnos a las relaciones de los sujetos con la legalidad vigente,  han quedado obsoletos. No existe hoy ningún drama o tragedia donde el deseo individual desafíe a la ley cultural, ningún empuje pulsional versus el apolíneo Super Yo pacificador y ordenador. La Ley actual es cada vez más, percibida como una impostura, y la perversión no está en el sujeto sino en el sistema.

Bauman (ob. cit.) ha aportado alguna esperanza a este panorama sombrío, mediante su propuesta de una ciudadanía planetaria que restituiría al Estado global el poder de supervisión, hoy enajenado en manos de los grupos económicos. Pero mientras tanto, la transgresión está instituida de modo subrepticio, y la legalidad vigente sólo se aplica a los sectores subordinados.


III) Relaciones de género postmodernas

Mi interés se ha enfocado en las relaciones de poder que atraviesan el campo de las sexualidades. Esta perspectiva busca articular la categoría de deseo, clave del abordaje psicoanalítico, con la de relaciones de poder, propia de los estudios sociales que se inscriben en teorías del conflicto entre los sectores que conviven en el campo social.

Un listado de vínculos que podemos calificar como perversos puede iniciarse en el ámbito de las relaciones más tradicionales y convencionales. Algunos ejemplos son:

Hacer el verso. Es una modalidad normalizada de estafa emocional, que no sólo está admitida sino que es promovida en la construcción subjetiva de los varones. Implica fingir una admiración no sentida, prometer vanamente fidelidad eterna, hacer gala de una aparente devoción, con el propósito de obtener acceso a la sexualidad de la mujer, que en general es joven e inexperta, porque cuando se hace mayor ya ha aprendido a reconocer esas imposturas normalizadas. Este estilo de perversión vincular va quedando obsoleto: la presión grupal en los circuitos adolescentes opera con mayor eficacia para lograr que las chicas se involucren en transacciones eróticas no satisfactorias para ellas, tales como practicar una fellatio sin reciprocidad, como rito de pasaje hacia la adolescencia y triste despedida de la infancia.

Embarazos no consentidos: La figura clásica es la de la jovencita, víctima de la desaprensión masculina, que se encuentra embarazada, o sea, seducida y abandonada. Está lejos de haber desaparecido, sobre todo en los sectores populares, pero hoy coexiste con otra situación, de signo contrario. En los sectores medios hay muchas mujeres jóvenes que enfrentan serias dificultades para formar una pareja estable. El mercado sexual (Illouz, 2012), está manejado por los varones, que disfrutan de la accesibilidad de las mujeres y se rehúsan al compromiso. Sólo en momentos muy avanzados de su ciclo vital, estos varones bien insertos en el mercado laboral, ingresan al mercado matrimonial. Hacen uso de su ventaja reproductiva de origen biológico, y de su privilegio patriarcal, que les permite unirse a mujeres mucho más jóvenes, con las cuales pueden procrear cuando, finalmente, lo deciden.

En algunos casos, las mujeres educadas y bien insertas en el mercado laboral que están en esta situación,  al ver que los años pasan y la pareja no se constituye, optan por la maternidad en solitario. Es en este predicamento cuando pueden surgir rasgos de perversión femenina, al obtener un embarazo sin el consentimiento del partenaire sexual ocasional.

Divorcios malignos: Cuando las asociaciones matrimoniales se disuelven, es frecuente asistir al estallido de conflictos  de elevada intensidad. En estas guerras privadas cada cónyuge lucha con las armas de las que dispone según haya sido su posicionamiento en su género. En los sectores medios altos, es todavía frecuente que el varón haya sido el proveedor económico principal, y que controle los recursos del matrimonio de acuerdo con sus conocimientos sobre el tema. Esta misma experticia le permite ocultar ahorros que no formarán parte de la división de la sociedad conyugal, lo que constituye una estafa realizada al interior de la familia que se está escindiendo. Las esposas, en algunos casos han operado como testaferros de bienes no declarados al fisco, sobre todo si no se trata de uniones legales. Al estar esos recursos a su nombre, pueden optar por no compartirlos, invirtiendo la antigua situación de dominio masculino y cometiendo a su vez, un despojo, tanto más padecido cuanto el hombre se ha sentido como el único y legítimo propietario del patrimonio. Todas estas transacciones que ocurren en “las mejores familias” pueden ser consideradas como indicadores de perversión vincular. Sin embargo, no hay que pasar por alto la disparidad de poder existente entre los cónyuges, en especial cuando el estilo de pareja ha sido tradicional, o sea caracterizado por una estricta división sexual del trabajo (Meler 1994).

Parejas “modélicas”: En su canción “Summertime”, George Gershwin intentó dormir a un niño llorón planteándole que su padre era rico y su madre era hermosa, por lo cual todo estaba bien y ya podía descansar tranquilo. Este reparto de cualidades es el que se observa en las revistas que  exponen imágenes de hombres adinerados, acompañados por bellas y jóvenes actrices o modelos. De este modo se reproduce a través de los medios, un patrón vincular ancestral que ubica a las mujeres como recompensa sexual para los varones socialmente exitosos. Este intercambio de excelencia económica por excelencia estética, es profundamente narcisista y está muy alejado de cualquier modo de relacionamiento comunicativo y empático. Constituye un arreglo cuyo principal dividendo se encuentra en la imagen proyectada frente a terceros, o sea un beneficio narcisista que permite gozar, más que con el amor de la pareja, con la envidia supuesta en los observadores.

En el campo de las relaciones homosexuales masculinas, encontramos también equivalentes de este tipo de asociación amorosa que se establece entre un joven hermoso y seductor y un protector rico y poderoso que encuentra en él una imagen fascinante que tal vez evoque a un Yo anterior. Este tipo de vinculación establece relaciones de género al interior de parejas del mismo sexo, que comparten en algunos casos el carácter utilitario e instrumental de las parejas “modélicas” heterosexuales. Sin embargo, también están atravesados por la imaginería de la masculinidad, por lo cual se producen conflictos específicos. La preferencia por la dependencia, tanto emocional como económica por parte de uno de los miembros de la pareja puede, eventualmente, espantar al otro en tanto evoca con demasiada cercanía la feminidad, una posición rechazada en tanto se homologa de modo imaginario con la castración.

En síntesis, la postmodernidad ha intensificado el proceso de individuación que promueve en ocasiones un individualismo egocéntrico, que a su vez conspira contra el sentimiento de comunidad con los semejantes. La entrega amorosa altruista escasea en nuestro tiempo. Se plantea entonces una tensión entre el amor al Yo y el amor al otro.

En las familias, el sujeto central en los tiempos premodernos fue el padre, en la modernidad pasó a ser el hijo, durante la modernidad tardía se desplazó hacia la pareja y hoy es el individuo, que se considera, de modo paradójico, como gestor de su propio destino mientras habita un universo cultural habitado por fuerzas poderosas que escapan al control personal. Tanto desamparo tal vez promueva un resurgimiento de la sociabilidad, de un modo que supere el control social y sea compatible con la individuación, sin destruir la solidaridad.


 
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Bibliografía
 
Abraham, Karl: (1994 [1924]) “Un breve estudio de la evolución de la libido, considerada a la luz de los trastornos mentales” en Psicoanálisis Clínico, Buenos aires, Lumen-Hormé.
Bauman, Z. y Bordoni, C.: (2016) Estado de crisis, Buenos Aires, Paidós.
Bleichmar, Silvia: (2005) “Del polimorfismo perverso al sujeto de la ética”, Actualidad Psicológica. Año XXX, Nº 335, Buenos Aires, octubre.
Dorey, Roger: “La relación de dominio”. International Review of Psychoanalysis, 1986,13, 323.
Dufour, Dany Robert: (2007) El arte de reducir cabezas, Buenos Aires, Paidós.
Illouz, Eva: (2012) Por qué duele el amor. Una explicación sociológica, Buenos Aires, Katz.
Meler, Irene: (1994) “Parejas de la Transición. Entre la Psicopatología y la Respuesta Creativa” en Actualidad Psicológica Nº 214, “Las relaciones de pareja”, octubre.
Segato, Rita: (2016) La guerra contra las mujeres, Madrid, Traficantes de sueños  
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