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Francisco de Goya, de la serie Pinturas Negras (1819-1823), Una manola: doña Leocadia Zorrilla
Francisco de Goya, de la serie Pinturas Negras (1819-1823), Una manola: doña Leocadia Zorrilla. Imagen obtenida de: https://es.wikipedia.org/wiki/Una_manola:_do%C3%B1a_Leocadia_Zorrilla
Moda y erotismo (*)
Selección Héctor J. Freire
hectorfreire@elpsicoanalitico.com.ar
 

La moda no es sólo el ropaje que un pueblo lleva en una determinada época. Es el conjunto de sus hábitos, los modos que tienen sus miembros de relacionarse, las costumbres sociales y la forma en que está reglamentada la convivencia en ese grupo humano.

Aparentemente, el fenómeno de la moda, con sus vaivenes de pudor y de exhibición, sería exclusivamente femenino. Esta afirmación es ya muy relativa con respecto a la moda actual. Pero el hecho mucho más sorprendente es que fue el hombre y no la mujer, durante siglos, el árbitro de la moda en Occidente.

No es preciso acudir al delicado Petronio (arbiter elegantiarum, en Roma), que tan dulcemente y con tanto hastío, se abre las venas en la bañera. Son los regios varones del medioevo los que usarán una ropa tan ajustada que, como se ha visto, obliga a la introducción de un implemento conocido desde hacía tiempo: el botón.
Son ellos los que introducen el escote en el siglo XV. Y a ellos se dirige con horror un tratadista, en 1430: “Los trajes son tan cortos que ni siquiera tapan lo que debe ir oculto”.

La moda hacía furor en los hombres imponiendo vestimentas delirantes, en nombre de las razones más fútiles. Cuando los admirados guerreros suizos vencen a los borgoñeses, descubren que no les caben bien los trajes de los muertos. Acuchillan las bragas para que les quepan. Esta moda se lleva durante varias generaciones. Por las franjas sueltas surgen metros y metros de comprimida y abullonada tela de algodón. Finalmente termina por fabricarse la tela acuchillada: corte especial que será trasladado también a sombreros y zapatos. Estas coqueterías no excluyeron a los cruzados. Iban a la Guerra Santa rodeados de alegres mujeres y no hacían caso a la reglamentación que prescribía “una sola lavandera por cruzado”. Solo a los Templarios les siguieron 13.000 cortesanas. Ante tal atmósfera sexual, es lógico que estos bravos coquetearan, se exhibieran y cuidaran de su apariencia.

Esta aparente femineidad masculina perdura con los años: “Nada hay, dice Adam de Brema en el siglo XII, que nos haga tan felices como una piel de marmota”. Cosme de Médicis afirmaba: “Un hombre para estar hermoso, necesita dos varas de paño rojo”. Pero el exhibicionismo masculino no se detuvo en los aditamentos de la moda. Como la mujer de nuestros días, el hombre muestra o destaca nítidamente pechos o muslos, y se esmera en subrayar sus partes viriles. Sobre las medias calzas, la bragueta tenía, para espanto de predicadores, el tamaño de un pequeño melón que resaltaba las intimidades. Hay un retrato clásico de Enrique II de Francia que no deja lugar a comentario alguno. En todos los casos la exhibición era evidente, y además se utilizaban presillas y nudos corredizos para sujetar. La exposición era clara. Pero los estilos eróticos masculinos cambiaron con las inclinaciones de la clase dirigente y más aún de los primeros reyes absolutistas. Enrique III, hijo de Enrique II, suprime definitivamente la bragueta como elemento de la vestimenta masculina. Era un hombre de sexo más que dudoso, acostumbrado a dar bailes en los que los hombres debían ir vestidos de mujer y las mujeres vestidas de hombres. Creó una corte de “mignons” que usaban zarcillos y aros en las orejas. Llegó a mezclar doce colores en su ropa e impuso el maquillaje masculino.

Podría objetarse que un rey tan afeminado, no es demostrativo. Sin embargo, existió siempre una tradición cosmética entre los hombres. De donde Enrique III no hacía más que seguir costumbres compartidas por los faraones egipcios, los reyes de Israel y los guerreros griegos y romanos (antecedentes de la cultura occidental). Y no sólo con el maquillaje.

El erotismo visual, el exhibicionismo, los límites máximos del pudor, todos esos detalles que ahora se consideran femeninos, fueron privilegio del “sexo fuerte”.



[*] Del libro El erotismo en la moda, Juan Carlos Martelli y Beatriz Spinosa. Ed. Nueva Senda. Bs.As. 1973.



 
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