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Eros
El dulce-amargo (*)
Selección de Héctor J. Freire
hectorfreire@elpsicoanalitico.com.ar
 

Safo fue la primera en llamar a Eros “dulce – amargo”. Nadie que haya estado enamorado se lo discute. ¿Qué significa esa expresión?

Eros le pareció a Safo al mismo tiempo una experiencia de placer y dolor. Hay aquí una contradicción y tal vez una paradoja. Percibir este eros puede partir la mente en dos. ¿Por qué? Es posible que los componentes de la contradicción parezcan, a primera vista, obvios. Damos por hecho, tal como lo hizo Safo, la dulzura del deseo erótico; su carácter placentero nos sonríe. Pero la amargura es menos obvia. Puede que haya varias razones por las que lo que es dulce debería también ser amargo. Puede que haya diversas relaciones entre ambos sabores. Los poetas han resuelto el asunto de diferentes maneras. La formulación de la propia Safo es un buen lugar para empezar a rastrear las posibilidades. El fragmento relevante dice:

Eros una vez más afloja mis miembros me lanza a un remolino dulce – amargo, imposible de resistir, criatura sigilosa.

Es difícil de traducir. “Dulce – amargo” suena extraño, pero la versión estándar en inglés bittersweet invierte los términos reales del compuesto de Safo glukupikron. ¿Debería preocuparnos? Si su orden tiene una intención descriptiva, se dice aquí que el eros provoca dulzura y después amargura en secuencia: Safo ordena las posibilidades cronológicamente. Las experiencias de muchos amantes darían validez a esa cronología, especialmente en poesía, donde la mayor parte de los amores terminan mal. Pero es improbable que eso sea lo que dice Safo.

Su poema empieza con una localización dramática de la situación erótica en el tiempo (deute) y fija la acción erótica en el presente del indicativo (donei). No está registrando la historia de una relación amorosa sino el instante del deseo. Un momento se tambalea bajo la presión del eros; se parte un estado mental.

Es la simultaneidad del placer y el dolor. El aspecto placentero se nombra en primer lugar, podríamos suponer, porque es menos sorprendente. El énfasis se pone sobre el otro lado problemático del fenómeno, cuyos atributos avanzan como un granizo de consonantes suaves (segundo verso). Eros se mueve o repta sobre su víctima desde algún lugar fuera de ella: orpeton.

Ninguna batalla sirve para detener ese avance: amachanon. El deseo, entonces, no es habitante ni aliado del deseante. Ajeno a su voluntad, se le impone irresistiblemente desde afuera.

Eros es un enemigo. Su amargura debe ser el gusto de la enemistad. Es decir, algo así como el odio. “Amar a nuestros amigos y odiar a nuestros enemigos” es, ante un dilema moral, una prescripción arcaica convencional.

El amor y el odio construyen entre sí la maquinaria del contacto humano. ¿Tiene sentido situar ambos polos de este afecto dentro del único acontecimiento emocional del eros?



[*] Del libro Eros El dulce – amargo, de Anne Carson. Traducción Mirta Rosenberg y Silvina López Medin. Editorial Fiordo, Bs.As. 2015.



 
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