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El fantasma de la extrema derecha recorre el mundo
Por Juan Manuel Vera
 

“El fruto está ciego. Es el árbol quien ve”
René Char

Los rostros del poder son desagradables, pero en los últimos tiempos se están afeando cada día más. La podredumbre se agranda. Hay cambios políticos amenazantes en muchas zonas del mundo.

El crecimiento global de la nueva extrema derecha debe ser explicado. Se alimenta del miedo, del odio al diferente y de una pulsión extrema hacia el dominio Me gustaría pensar en estas líneas sobre las condiciones que lo hacen posible, desarrollando brevemente algunas intuiciones y reflexiones, esbozando unas explicaciones provisionales.


El vendaval derechista


El capitán retirado Jairo Bolsonaro acaba de asumir la presidencia de Brasil y todos sabemos que es un homófobo y un machista, un partidario de la tortura y de la dictadura militar de su país y alguien contrario a los derechos laborales. Pero ya en noviembre de 2016, el millonario Donald Trump ganó las elecciones presidenciales norteamericanas y todos sabemos que es un racista, cercano al supremacismo blanco, un machista y un enemigo de las políticas sociales y medioambientales. Rodrigo Duterte venció en las elecciones filipinas en mayo de 2016 y todos sabemos que es un homófobo y un machista, un partidario de las ejecuciones extrajudiciales y de políticas fiscales regresivas. Tres personajes siniestros que representan el giro derechista internacional.

En la Unión Europea la mancha de la nueva derecha también se ha extendido de una forma vertiginosa. Sin carácter sistemático, recordamos. Se ha roto cualquier cordón sanitario para que gobiernen. La Hungría de Viktor Orban y la Polonia de Mateusz Morawiecki son ejemplos de gobiernos de extrema derecha en países que forman parte de la Unión Europea. Y sus consecuencias son conocidas. Por ejemplo, Orban ha acometido una ley laboral conocida como ley esclavista por sus efectos sobre los derechos laborales e intenta liquidar la independencia judicial. Pero son más países europeos aquellos en los que la extrema derecha forma parte de gobiernos de coalición. Uno de los ejemplos más ilustrativos es el gobierno Salvini-Di Maio en Italia. Pero también están Bulgaria, Austria y Eslovaquia, con fórmulas variables. Hace dos años Marine Le Pen disputó la presidencia a Emmanuel Macron. En casi toda Europa, partidos de esa naturaleza crecen en fuerza electoral. Incluso en España ha emergido en las elecciones autonómicas de Andalucía de diciembre de 2018 una extrema derecha de signo posfranquista denominada Vox.

No hay que olvidar la presencia del gobierno nacional-oligárquico de Vladimir Putin, consolidado en Rusia, con medidas represivas pero también con un amplio apoyo social. Putin es una fuente de inspiración de la nueva derecha (y, en algunos casos, posiblemente, una fuente de financiación). La nueva derecha europea opera como un aliado estratégico del régimen ruso en su pretensión de favorecer la descomposición de la Unión Europea.

Más allá de las circunstancias nacionales específicas, hay rasgos comunes y tendencias que deben ser analizadas. La propia nueva derecha se ve a sí misma como una corriente internacional. Steve Bannon, el que fuera asesor de Trump, fomenta esas conexiones a través de The Movement.

¿Por qué ganaron Trump, Bolsonaro a Dutarte? ¿Qué es y por qué crece tan rápidamente esta extrema derecha? ¿Por qué se han normalizado con tanta rapidez la presencia de líderes y partidos con rasgos autoritarios y fascistizantes?

Claro está, hay que hacer el análisis concreto de la realidad concreta de cada lugar. Hay muchas especificidades, muchas diferencias, muchas singularidades. Pero cuando se ve una tendencia tan clara, también hay que disponer de un análisis en una perspectiva más amplia. Un ascenso de la extrema derecha en tantos lugares y en un plazo tan corto de tiempo requiere difuminar temporalmente sus matices diferentes para percibir con más claridad sus rasgos comunes.

Estamos en una época de transición que intentamos comprender con el vocabulario de otra época. Y todavía no sabemos cómo llamar a esta nueva realidad que nos invade. ¿Fascismo, nueva derecha, extrema derecha, derecha fascistizante, populismo? A lo nuevo siempre le buscamos nombre viejos.


Caldos de cultivo


La nueva derecha ha conseguido de una forma acelerada forjar una amalgama entre sectores sociales que se sienten amenazados y la parte de las élites más partidaria de un nuevo disciplinamiento social. El resultado es un proyecto de autoridad y orden.

La abstención electoral y el desinterés por la política de amplios sectores populares, y la crisis internacional de la izquierda, son factores que han propiciado los vertiginosos éxitos de esas nuevas derechas.

Su caldo de cultivo es un malestar social difuso que tiene que ver con el desarrollo expansivo de las políticas neoliberales. En particular, las consecuencias de la crisis económica de 2008 y los efectos sobre la sociedad de las medidas de austeridad desarrolladas por gobiernos de distintos signo. El malestar de los perdedores y de quienes se sienten amenazados por los efectos del orden neoliberal provoca, en ausencia de proyectos económicos y sociales alternativos, la fascinación por visiones simplificadoras y unilaterales del mundo, fuertemente apoyadas en la xenofobia y el nacionalismo.

Al mismo tiempo, se ha producido un giro en el pensamiento estratégico de un sector de las élites, preocupado por la creciente deslegitimación de las instituciones políticas. En su visión, el dominio de las oligarquías económicas está amenazado por la disgregación del entramado social que provocan sus mismas políticas y, ante ello, consideran necesario un poder más autoritario.

Ese giro perceptible en las élites solo ha podido desarrollarse porque ha encontrado eco en sectores afectados por la degradación social generada por el neoliberalismo, sobre todo por el miedo de ciertas capas medias a la pérdida de las condiciones de vida que creían asegurados para ellos y sus hijos. Ese miedo es el fertilizante idóneo para la creencia en un enemigo interior (que al mismo tiempo es exterior), llamado inmigrante, llamado terrorista o llamado feminista. Esa construcción de nuevos enemigos, que de alguna forma sustituyen al comunista de otras épocas, es el producto de una intensa renovación de la retorica política de la derecha. Por ejemplo, la islamofobia ocupa el espacio del viejo antisemitismo. El anti-feminismo y la homofobia ocupan más espacio retórico que la defensa tradicionalista de la familia.

Las nuevas derechas enfatizan una reorientación del consenso neoliberal hacia políticas más autoritarias respecto a la sociedad y, al mismo tiempo, más desreguladoras, más radicalmente desprotectoras de los sectores más débiles.

En algunos medios de la izquierda antiglobalizadora se hace una interpretación muy diferente a la esbozada en los párrafos anteriores. Se interpreta el populismo de derechas como una reacción contra la globalización que aspira, deformadamente, a defender el Estado nacional y la clase obrera nacional frente a los peligros de desintegración que supone el capitalismo global. En mi opinión, esa interpretación choca con la realidad y es producto de un desenfoque que ha puesto el acento en un aspecto del neoliberalismo, su inscripción en el ciclo globalizador del capitalismo, olvidando sus características esenciales de desregulador y precarizador sistemático y sistémico.

Las políticas de las nuevas derechas, desde Trump a Bolsonaro, desde Putin a Salvini, son neoliberales aunque se presenten como preocupadas o contrarias a la globalización. Sus señas de identidad son tanto o más neoliberales (normalmente más radicales) que las de la derecha tradicional y se orientan al desmantelamiento de las políticas sociales, las privatizaciones, la eliminación de la progresividad fiscal, la desregulación laboral y medioambiental, la desprotección de los consumidores, etc.

Es cierto que hay una retórica muy diferente a la de la derecha liberal o conservadora. También es cierto que algunos representantes de esta nueva derecha populista plantean ciertas políticas proteccionistas. Pensemos en Trump. Pero identificar el proteccionismo con una defensa de los intereses populares ya era una idea desfasada en los tiempos de Marx, que lo indicó muy certeramente. Entre ciertas izquierdas la pasión por el estado nacional y la ilusión de un proteccionismo popular son un vicio intelectual que parece resistir los envites de la realidad y les lleva a identificar como progresistas aquellas políticas que les parecen contrarias a la globalización o tendentes a recuperar el poder de los estados.

La nueva derecha está plenamente inserta en el pensamiento neoliberal y no se opone a la mundialización capitalista sino a los instrumentos políticos con los que se intentaría controlar y limitar sus peores excesos. La posición de la extrema derecha europea es debilitar las instituciones europeas, del mismo modo que Trump es un enemigo de los principales instrumentos de gobernanza supranacional.

No es tan sorprendente que alguna izquierda llegue a ver componentes de progresismo en el discurso nacionalista de la extrema derecha. También hemos visto a algunos ser proclives a justificar la política interior y exterior de Putin, a considerar al dictador y criminal Bassar al-Àssad un resistente contra el imperialismo o justificar las tropelías de Nicolás Maduro y Daniel Ortega. En fin, cuando se intenta entender el mundo con retales ideológicos de almoneda, carentes de asidero en la realidad, no es extraño acabar careciendo de los mínimos criterios éticos y políticos. En Europa, algunos pudieron identificar el voto contra la Constitución Europea de Francia y Holanda o, más recientemente, el brexit como golpes al proyecto neoliberal. No comprendieron que esos episodios refuerzan el proyecto neoliberal, que busca debilitar cualquier forma eventual de control político sobre los negocios.

Las consecuencias de confundir neoliberalismo y mundialización son políticamente devastadoras y llevan a una creencia en la posibilidad de un retorno al viejo estatus de los estados nacionales con políticas económicas y sociales independientes en cada país Es una utopía no solo inviable sino reaccionaria, que puede enlazar fácilmente con las retóricas de la nueva derecha.

No es lo mismo luchar por globalizar la rebelión que rebelarse para desglobalizar (Luis Miguel Sáenz, Trasversales 45, 2018). En un mundo donde los desafíos ecológicos, económicos sociales y políticos son globales no hay que confundirse en el objetivo, por difícil y complejo que aparezca en las condiciones presentes.

La llegada de las nuevas derechas no va a cambiar nada sustantivo en las políticas neoliberales, salvo su eventual radicalización, ya demostrada en los gobiernos en los que están presentes. Incorporará xenofobia, neomachismo, homofobia y autoritarismo. Incluso, excepcionalmente, algunas medidas sociales paliativas aisladas pero siempre tendentes a enfrentar a unos sectores populares con otros. Nada de ello podrá eliminar el malestar social que las ha alimentado y que con sus políticas sustancialmente desreguladoras y precarizadoras solo puede crecer.


La política en el mundo neoliberal


Me preocupa que a fuerza de hablar de extrema derecha, olvidemos el mundo y el contexto en el que estamos, y del cual surge esta nueva podredumbre. No debemos confundir los síntomas de un mal (las nuevas derechas) con la enfermedad que deteriora nuestras sociedades. Es muy importante entenderla como un producto político de la época neoliberal, cuyas propuestas son plenamente neoliberales aunque tienden a disfrazarlo con retóricas nacionalistas.

En los años que llevamos del siglo XXI, el horizonte de una desaparición del conflicto político ha sido sometido a diversos avatares. Por un momento se popularizó la idea de que el orden neoliberal podía asegurar una estabilidad sistémica en un mundo donde, desaparecido el bloque soviético y desarrollado el capitalismo global, todas las piezas encajarían en una gran era de consumo universal ilimitado. Que la crisis ecológica estaba a las puertas, era sabido, pero eso, como dicen en los cuentos, era otra historia que no empañaba el triunfo universal del capitalismo.

La crisis de 2008 fue una sacudida brutal a las ilusiones en un nuevo mundo armónico donde la mercantilización generalizada produciría riqueza, satisfacción y conformidad política. Una nueva etapa de contestación social se desarrolló en muchas zonas del planeta. Movimientos como el 15M español, Ocuppy Wall Street, las primaveras árabes, el movimiento global de las mujeres, han mostrado la emergencia de nuevos movimientos sociales cada vez más alejados del canon marxista. El modelo político de las democracias electorales entró en una crisis profunda. Fue muy afectado por las políticas de la crisis y, también, por el crecimiento de un sordo y creciente descontento en el conjunto de la sociedad. Pero el consenso neoliberal no dio marcha atrás.

El neoliberalismo debemos entenderlo, siguiendo a Christian Laval y Pierre Dardot, como una creación antropológica que determina modos de pensamiento y comportamientos fundamentados en la traslación a lo social de criterios de competencia y de mando propios de la empresa privada. “El neoliberalismo no es solo destructor de reglas, de instituciones, de derechos, es también productor de cierto tipo de relaciones sociales, de cierta manera de vivir, de ciertas subjetividades. Dicho de otro modo, con el neoliberalismo lo que está en juego, es nada más y nada menos, la forma de nuestra existencia, o sea, el modo en que nos vemos llevados a comportarnos, a relacionarnos con los demás y con nosotros mismos” (La nueva razón del mundo, 2013, págs.13-14). La creación neoliberal se construye sobre la descomposición de algunos valores occidentales, pero eso no le impide ser una novedad histórica, probablemente la creación que materializa los sueños de las élites que dominan el mundo y, en cierto sentido, paradójicamente, la conversión de la propia carencia de sentido en una significación.

Las contradicciones entre ese mundo neoliberal y unos regímenes de democracia electoral producto de los múltiples equilibrios y desequilibrios heredados del siglo XX están en la base de la oleada reaccionaria que ha seguido a los movimientos sociales que afloraron después de 2008.

El deterioro de la ciudadanía social ha facilitado a las élites económicas reforzar su influencia sobre los gobiernos. Esa posición reforzada ha sido utilizada, además, para obstruir el desarrollo de las instituciones supranacionales imprescindibles para someter a control el nuevo impulso tecno-económico. El capitalismo desregulado y desregulador ha podido desplegar algunas de sus peores características empezando por su más directa consecuencia, un crecimiento atroz de la desigualdad social.

La desigualdad mundial es la enfermedad del siglo XXI. Se expresa en la concentración brutal de la riqueza, simbolizada en el hecho de que el 1% más rico de la población mundial posee más que el 99% restante de las personas del planeta, lo que supone que acumula más de la mitad de la riqueza global. La desigualdad afecta a todo el sistema, tanto a los países pobres como a las nuevas potencias económicas, y a los países más ricos, con supuestas estructuras más democratizadas y una mayor cohesión social. Desde el inicio del presente siglo, la mitad más pobre de la población mundial solo ha recibido una mínima porción del incremento total de la riqueza mundial ya que el crecimiento de la desigualdad es cada vez mayor, como expresan los informes de Oxfam y ha reconocido el propio Fondo Monetario Internacional.

En paralelo a ese aumento de la desigualdad, la concentración del poder económico ha alejado cada vez más al capitalismo de la libre competencia, degradando el mercado propiamente dicho, en favor de conglomerados oligopolíticos que utilizan los recursos económicos en beneficio de una minoría a costa del resto de la sociedad. En los países ricos, y en particular en Estados Unidos, en la primera década del siglo XXI se ha llegado a niveles de concentración de la riqueza como los de la década de 1910-1920.

La oligarquización de la política y la influencia creciente de los poderes económicos en ella son la causa fundamental de la crisis profunda de las instituciones occidentales, cada vez más impotentes ante el agravamiento de los problemas de la sociedad. Esta oligarquización es, también, un elemento identificativo de los regímenes políticos construidos a su imagen, desde las nuevas democracias electorales de los países del este de Europa, a los regímenes de fachada democrática en otras zonas del mundo.

Son las condiciones para que aparezcan los diversos Trump. La oligarquización neoliberal ha fomentado la aparición de todas estas fuerzas ultrarreaccionarias.


¿Fascismo? ¿Populismo?


El abuso de términos como fascismo o populismo poco contribuye a la comprensión. Es verdad que necesitamos conceptos, pero hay que intentar evitar quedar presos en significados cerrados, vinculados a otra época histórica, que dificulten entender los auténticos y nuevos peligros.

El miedo a la nueva extrema derecha es comprensible. Es un fenómeno global de gran peligrosidad. Sin embargo, no estamos en una crisis como la de los años veinte/treinta del pasado siglo. Hablar de fascismo solo es útil si lo hacemos para trazar las similitudes pero, también, las diferencias entre los nuevos políticos autoritarios y el viejo fascismo europeo. Enzo Traverso ha hablado en ocasiones de posfascismo para referirse al fenómeno, en un intento de aprehender lo que está pasando en esta década.

No hay que confundir las retóricas políticas con la significación sustantiva de los procesos.

El hecho de que la nueva derecha utilice un discurso contra las élites y la corrupción del sistema democrático-electoral no puede ocultar que ellos son parte de esas propias élites, y muchas veces, vinculados a sus segmentos más oscuros y corrompidos.

Situemos las cuestiones. Europa no se está llenando de regímenes fascistas. No hay un movimiento fascista de masas. La llegada de Trump no supone la fascistización de Estados Unidos.

Precisemos. La nueva derecha generará medidas autoritarias, contra los derechos individuales y sociales, pero se inscribe en el marco de las democracias electorales degradadas y no aspira, inicialmente, a sustituirlas por otro orden político. Su consolidación y el grado de ataque a las libertades, a los derechos de las mujeres, a los derechos sociales, va a depender de los conflictos y las luchas que sus políticas van a desencadenar y de la capacidad de construir auténticas alternativas políticas y sociales. No hay peor error que dar por perdidas las batallas antes de darlas y por vencedores a quienes empiezan a desplegar su ofensiva.

Las nuevas derechas (posfascistas, a falta de otro calificativo mejor) tienen en común con sus abuelos políticos fascistas, un carácter reaccionario. Pero los objetos de su reacción son sustancialmente distintos.

El fascismo clásico era una reacción frente al crecimiento de los movimientos obreros organizados y al miedo que alimentó la revolución rusa y, en general, a la oleada revolucionaria de las primeras décadas del siglo veinte, que recorrió el mundo de México a Rusia, pasando por Alemania o por China. Esa alerta roja entre las clases dominantes, el miedo al comunismo, fue trascendental en el fascismo clásico. También lo fue otro miedo, el de las clases medias a la depauperación tras la crisis del orden capitalista global decimonónico, y la aparición de capas desesperadas de clases populares empobrecidas.

La reacción que representan las nuevas derechas actuales posee signos muy diferentes. No hay una élite intelectual detrás de los movimientos posfascistas tan poderosa como la que tenían el nacionalsocialismo o el fascismo italiano. Es, fundamentalmente, una reacción frente a algunos de los cambios sociales más importantes de las dos últimas décadas. En primer lugar, debe destacarse el papel de la reacción frente al feminismo, frente al creciente lugar conquistado por las mujeres y a sus derechos. Es también una reacción xenófoba al mestizaje de las sociedades globalizadas y a los movimientos de población generados por la mundialización. Es, también, una reacción al ecologismo y pretende articular los intereses contrarios a los cambios imprescindibles para luchar contra el cambio climático.

No es lo mismo un liderazgo xenófobo, machista y reaccionario y una versión reaccionaria del americanismo o de cualquier nacionalismo, que un régimen o un movimiento fascista. El fascismo no es el producto de una personalidad, aunque ésta contenga esos componentes. Tampoco olvidemos que los dirigentes protagonistas de la nueva derecha son, si se me permite la expresión, antropológicamente neoliberales.

Bolsonaro o Trump son personalidades de signo fascista, pero sus gobiernos no lo son. Ni las características fascistizantes de un líder ni las predisposiciones psicológicas de sus votantes son constitutivas de un fascismo. Siempre que cuando hablemos de fascismo estemos haciendo referencia a una categoría política que se correspondió con una etapa histórica. El problema no es la personalidad de estos jefes, sino las razones por las que han sido elegidos y lo que una parte de la sociedad ha buscado y encontrado en ellos.

Hay, al menos, cuatro diferencias sustantivas entre esta nueva derecha y el fascismo. Uno: el fascismo fue in movimiento estatalista. Las nuevas derechas son neoliberales. Dos: el fascismo era un movimiento radical que aspiraba a destruir el orden político liberal-parlamentario y establecer un sistema totalitario. Las nuevas derechas son funcionales al régimen de democracia electoral. Tres: el fascismo era un movimiento de masas y se apoyaba en la movilización social. Las nuevas derechas son productos políticos débilmente estructurados. Cuatro: el discurso nacionalista e imperialista del fascismo era auténtico. La retórica nacionalista de las nuevas derechas encubre su profundo compromiso con el consenso neoliberal.

Tampoco la etiqueta populista ayuda mucho. El populismo es, ante todo, un estilo político, citando nuevamente a Enzo Traverso. Una retórica sobre el pueblo, la patria, la nación, que tiene características muy diferentes a lo largo de las épocas y los países. Perón o Chavez eran populistas, Trump y Bolsonaro también. Pero de poco nos sirve una etiqueta común para realidades tan diversas y contradictorias que se refieren tanto a extremas derechas, como a movimientos y gobiernos latinoamericanos, o a izquierdas vinculadas a movimientos sociales como el caso español de Podemos. Hablar de populismo sirve tanto para etiquetar cualquier rechazo a las élites, como una reacción xenófoba o una política social en favor de la mayoría de la población. Es una etiqueta para estigmatizar al adversario, no para comprender la sustancia que hay más allá de la retórica.

Una concepción monolítica de la nación es elemento constitutivo de la extrema derecha tradicional y de la nueva derecha. Ni la izquierda, ni los inmigrantes, ni las mujeres con derechos son, en su concepción, parte natural de la nación.

El misticismo nacional propio de las derechas reaccionarias fomenta el desplazamiento de la cuestión social hacia la cuestión identitaria. Y, en ocasiones, una cierta articulación entre lo social y lo identitario (lemas como América first, los franceses primero, los españoles primero...). La idea nacional de la nueva derecha se orienta hacia un mayor control social contra los diferentes, especialmente todos aquellos que han conquistado derechos en reconocimiento a su identidad en las últimas décadas.

La aspiración autoritaria es un elemento consustancial a las nuevas derechas posfascistas. El regreso de figuras dominantes, propensas a la justificación de la violencia y a la exaltación de la jerarquía es evidente. No en vano Putin, y el régimen ruso que ha modelado a su imagen y semejanza, es una importante referencia de las nuevas derechas. El autoritarismo se conecta con la tendencia al estado de excepción permanente y la obsesión por la seguridad que se han extendido en algunos países tras los atentados yihadistas.

En resumen, la nueva derecha combina la defensa y radicalización del discurso y las prácticas neoliberales con una fuerte orientación a recuperar y potenciar los prejuicios reaccionarios, machistas, xenófobos, anti-ecológicos, arraigados en algunos sectores de la población. Ello es lo que facilita su expansión ya que esas pulsiones son socialmente trasversales.

Hoy, la amenaza no es un totalitarismo inmediato. En realidad, es la destrucción de la política el auténtico germen de un futuro nuevo totalitarismo, donde las relaciones mercantiles y la comunicación virtual sustituyen la formación de proyectos colectivos a partir de la deliberación. En ese sentido, las nuevas derechas se inscriben en ese proceso, son una manifestación del mismo, pero no su última representación.

En definitiva, el fantasma de la extrema derecha que recorre el mundo es un fenómeno nuevo, con raíces indudables en las tradiciones autoritarias y fascistas del pasado, pero también, con los rasgos inequívocos de una creación propia y funcional al mundo neoliberal en que vivimos.


Madrid, 8 de enero de 2019


 
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