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Mujeres postmodernas: entre la tradición y el cambio
Por la Lic. Irene Meler
Psicóloga
Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA) www.psicologos.org.ar y Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) www.uces.edu.ar
Co-Autora de: Psicoanálisis y Género; Varones, Género y Subjetividad masculina, y Precariedad laboral y crisis de la masculinidad.
iremeler@fibertel.com.ar
 

I) Mujeres de hoy

Mi práctica cotidiana como psicoanalista, me permite comparar las consultas que hoy recibo por parte de las mujeres con las solicitudes de asistencia características de décadas anteriores. Las mujeres que conozco han sido siempre sensibles a las cuestiones amorosas, y los avatares de las relaciones de pareja, o de su ausencia, han tenido un protagonismo innegable en sus demandas terapéuticas. Sin embargo, las condiciones de vida de la Modernidad tardía imprimen a estas consultas ciertas características peculiares.

Los estudios sociales nos informan acerca de la postergación de la edad del matrimonio o de la convivencia en pareja, así como la consiguiente demora, si se compara con generaciones anteriores, del inicio de la maternidad. Esto ocurre en sectores femeninos educados e integrados, que afrontan elevados requerimientos para su formación educativa y su desarrollo de carrera. Disfrutan de la posibilidad de desplegar deseos de conocer el mundo y de conocerse a sí mismas, lo que ha favorecido que el ideal maternal admita algunas postergaciones y comparta, con el estudio y el trabajo, su posición central en el sistema de ideales propuestos para el Yo.

Esta tendencia coexiste, de modo incompatible, con un auge de los embarazos precoces, que si bien son la norma entre los sectores populares, están creciendo entre las capas medias de la población. La sexualización cultural, promovida como una mercancía, y la consiguiente experimentación erótica, casi obligada, puede explicar, al menos en parte, esta tendencia contradictoria con la anteriormente descrita.

El río está, sin duda, revuelto y en sus remolinos coexisten fragmentos de la Modernidad más tradicional con otros, postmodernos e innovadores. No es extraño, entonces, que una joven atraviese su temprana adolescencia cumpliendo con los actuales ritos de iniciación en los reservados de las discos para, unos años más tarde, habiendo creado una carrera, ingresar en una unión conyugal donde reaparecen, de modo sorprendente, las clásicas actitudes que ya describiera Von Kraft Ebbing y retomara Freud (1918) como “servidumbre erótica”. Si en los inicios del siglo XX la dependencia de las mujeres con respecto del amor y del criterio del compañero amoroso se refería al hecho de que éste había sido su iniciador y su único partenaire erótico, esta condición no se sostiene hoy, cuando las jóvenes han accedido ampliamente a la experimentación sexual. La pregunta es entonces: ¿Por qué motivos una joven educada, que dispone de recursos propios y que tiene experiencia sexual, establece un vínculo amoroso caracterizado por la dependencia, la idealización del compañero y la auto postergación al punto de la melancolía? ¿Por qué, cuando se ha roto un vínculo, buscan con profunda ansiedad un relevo, sin el cual sienten de modo literal que su vida está en suspenso, que sin un compañero no están viviendo y que nada les causa satisfacción más allá del amor y de la compañía que anhelan? ¿Por qué invisten tan escasamente los logros laborales, que tanto les han costado y descuidan su vocación por priorizar la relación amorosa?

De más está decir que no encuentro nada de intensidad semejante en las consultas masculinas, que muestran más preocupación por los logros educativos y laborales; en fin, más enfocadas en el deseo de ser que en el deseo de ser amados. Entre ellos, el amor se supone que llegará como recompensa por el logro, y la consagración narcisista no se obtiene por la vía de suscitar el deseo femenino, sino por las realizaciones sociales alcanzadas y reconocidas por sus pares.

¿Estaremos ante una inercia transhistórica de la condición ancestral de las mujeres? Una postura alternativa puede consistir en revalorizar esta empecinada vocación vincular que persiste hoy en día. Después de todo, tal vez ellas comprendan que sólo los afectos otorgan sentido y coloratura emocional a la existencia. Algo de eso hay, sin duda, ya que su subjetivación como mujeres no les ha requerido una feroz escisión de la dependencia infantil, tal como se cultiva entre los varones una vez que abandonan la infancia. Por ese motivo desarrollan mejor sus capacidades empáticas, de tanta utilidad para la crianza de los hijos y para las relaciones amorosas, amistosas y laborales.

La ambición competitiva que se estimula para los varones no es la única vía posible para la creatividad y la productividad cultural. Tareas tales como educar, gobernar y analizar, tres propósitos imposibles, tal como expresó Freud (1937), requieren el desarrollo de una capacidad intersubjetiva de conexión emocional con el semejante, para lo cual es necesario limitar las propias tendencias afirmativas y dar espacio a la alteridad (Benjamin, 1998).

Todo esto puede explicar la importancia que asignan muchas mujeres a la relación de pareja en su proyecto vital, pero no da cuenta de modo total de la intensidad de la tendencia observada.

Otro factor, la mirada de los terceros, tiene todavía un peso ominoso sobre las mujeres. He advertido que varias de las jóvenes analizadas anhelan un compañero que opere más bien al modo de un acompañante para enfrentar su fobia social. No es que este deseo de ostentar una supuesta completitud esté ausente entre los hombres, quienes también encuentran un reaseguro para su estima de sí en la compañía de una mujer atractiva. Pero mostrarse en soledad no tiene el mismo sentido para una mujer joven que para un varón de edad semejante. Él puede ser percibido como un ser autónomo, mientras que ella exhibe una lastimosa carencia, un fracaso en la obtención de una compañía masculina que, en ese contexto, funciona como un fetiche. Esta es una curiosa pervivencia del control social característico de la pre-modernidad, en el corazón del desierto postmoderno.

Los primeros años de la juventud fueron destinados a estudiar, trabajar y experimentar: en un estudio en curso sobre género, jóvenes y trabajo [1], he podido advertir que, entre mujeres jóvenes universitarias que están entre los 25 y los 29 años, la relación de pareja no se concibe como una asociación para toda la vida. Por el contrario, se evalúa a sus actuales compañeros para determinar si serán adecuados como esposos y padres, y, aunque la relación actual resulte satisfactoria, admiten la posibilidad de buscar más adelante varones que ellas consideren más aptos para la convivencia. Esta es una actitud de autonomía personal y de planificación del proyecto de vida que resulta alentadora, y que evalúo como un progreso de las relaciones de género en el sentido de una mayor equidad. Pero también he observado que el paso del tiempo, antes desmentido, retorna mediante el ominoso tic tac del “reloj biológico”, que anuncia que el período reproductivo puede llegar a su fin sin que se haya logrado constituir una relación estable. Es en este contexto que el sistema médico ha creado la técnica de conservación de óvulos, que varias pacientes ya proyectan ensayar, para prolongar sus posibilidades de ser madres.

Respecto de este tema, es necesario advertir que la alusión al reloj biológico es irónica, ya que se trata también de un efecto cultural. Los varones no experimentan angustias relacionadas con su fertilidad eventual, no sólo porque se han subjetivado para ser más sexuales y hostiles que paternales, sino porque pueden hacer pareja con mujeres más jóvenes, como efectivamente ocurre en muchos casos (Meler, 2000). Este arreglo ancestral, que sustenta el dominio masculino en la pareja a través de establecer que el hombre tenga algunos años más que su compañera, -distancia que en la actualidad no ha disminuido sino que, por el contrario, aumenta al compás de los divorcios-, contribuye a la crisis actual de algunas mujeres de treinta y pico, atrapadas en las contradicciones contemporáneas.

II) Hambre de vínculo

Esta demanda de amor masculino se observa también entre mujeres mayores, ya sean divorciadas o viudas, que, pese a participar de una amplia red vincular y haber logrado inserciones laborales satisfactorias, cifran de modo exclusivo su satisfacción vital, en obtener nuevamente una pareja. Ante esta situación, he indagado acerca de qué es lo que se anhela que el vínculo proporcione. Si bien la sexualidad y la comunicación emocional son aspectos obviamente importantes, mi impresión es que la confirmación narcisista constituye una motivación que adquiere prioridad por sobre las demás. Los logros personales constituyen una fuente de autoestima, pero se relacionan con el reaseguro de su condición de adultas. La feminidad en sí misma parece requerir, todavía, la presencia de un reconocedor privilegiado: el compañero amoroso. En su ausencia, la sensación es de vacío, sinsentido y tristeza. Esta profunda dependencia emocional presenta, como riesgo, tornar a las mujeres vulnerables ante situaciones de explotación, manipulación o abandono.

La dificultad para obtener confort psíquico mediante los recursos internos de la propia mente o a través de otros vínculos, de los que las mujeres suelen disponer en abundancia, tales como amistades, parientes o compañeros de trabajo o estudio, representa un desafío importante para las psicoterapias con pacientes mujeres. Resulta llamativo el contraste entre los notorios avances en la condición social femenina y esta pervivencia subjetiva de arraigadas actitudes de dependencia afectiva.

A modo de hipótesis planteo que, en esta época, coexisten de modo inarmónico algunas características culturales tradicionales junto con tendencias específicas de la post-modernidad y que ambas corrientes confluyen en esta dificultad que experimentan muchas mujeres en la actualidad. La impronta de haber sido intercambiadas durante siglos como prenda de alianza entre familias es honda y no desaparece con facilidad. El ser de las mujeres está tan íntimamente asociado con ser la mujer de un hombre que la falta de un vínculo conyugal no sólo genera soledad sino que despersonaliza. Ser es, para muchas mujeres, sinónimo de ser-con-otro. Para comprender esta situación bastará recordar que la posesión de un nombre propio es un logro femenino reciente; en muchos tiempos y lugares las mujeres fueron nombradas por sus maridos, como parte de la identidad de ellos. Otros aspectos se vinculan con el estatuto social que se aspira a lograr. Aunque cada vez más mujeres trabajan, todavía la posición social de muchas familias depende, de modo prioritario, de los logros del varón. De modo que ser “alguien”, o sea gozar de bienes materiales y reconocimiento social, depende a veces de modo real y otras de forma imaginaria, de estar con un compañero adecuado para ese propósito.

A estos relictos del pasado se une la velocidad del presente, que genera como expectativa disponer de una satisfacción inmediata y continua. La soledad de pareja es percibida, en ese contexto, como una carencia intolerable para el anhelo de completitud. Pero el mercado no protege de los avatares existenciales y sólo un avance genuino, en el proceso de individuación de las mujeres, permitirá que transiten con mayor serenidad por períodos donde disfruten del amor de un hombre, alternándolos con otros donde puedan estar con los demás, más allá de una compañía amorosa, y sentirse confortables consigo mismas.



 
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Bibliografía
 

Benjamín, Jessica: (1998) Shadow of the other. Intersubjectivity and gender in psychoanalisis, New York, Routledge.
Freud, Sigmund: (1918) El tabú de la virginidad
------: (1937) Análisis terminable e interminable
En OC, Buenos Aires, Amorrortu, 1980.
Meler, Irene (2000), “La sexualidad masculina. Un estudio psicoanalítico de género”, en Varones. Género y subjetividad masculina, de Burin, M. y Meler, I., Buenos Aires, Librería de las Mujeres, 2ª edición, 2009.

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