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Mundial de Brasil: palabras en juego
Por Yago Franco
yagofranco@elpsicoanalitico.com.ar
 

De las muchas cuestiones que podrían analizarse y decirse sobre el desempeño de la selección argentina de fútbol en el Mundial de Brasil, nos interesa detenernos en un punto específico: cierta lógica presente en el funcionamiento del colectivo –más allá de lo estrictamente deportivo- en términos del tipo de lazo establecido en el equipo, y, sobre todo, entre los jugadores y su técnico.

Ha habido en la palabra de los jugadores y también de Sabella un elogio de lo grupal. Si bien el equipo no obtuvo lo que fue a buscar –el título de campeón- en el camino encontró otra cosa: que se conformó un grupo. Un grupo que además pudo hacer valer sus opiniones, que fueran tomadas por quien –hasta donde sabemos, por declaraciones y apariciones públicas- supo encarnar un liderazgo democrático: su entrenador. Coexistieron dos liderazgos: dentro de la cancha –Mascherano- y en los bordes de la misma: Sabella. Y se produjo una alianza entre ellos, un reconocimiento mutuo, como pudo observarse por ejemplo en el episodio en el cual Lavezzi le arroja agua a su entrenador. Gesto de humor que sólo puede darse cuando la alianza está firmemente establecida. Tal vez ese gesto podríamos decir que expresa una suerte de bautismo del equipo hacia su técnico sellando una nueva alianza.

Tal vez sea lo más interesante de esta experiencia la interiorización del otro como cemento que mantiene la unidad grupal.  Podemos decir –con Freud- que el otro siempre está integrado a la vida psíquica individual, y en este caso como ayudante, como aliado en su contienda con el rival.
Justamente, el entrenador sostuvo que el otro es el equipo, o sea,  que reconoce en la presencia del otro en cada jugador, la posibilidad del juego colectivo. Y tal vez este sea el mayor logro de esta selección, el equilibrio entre lo colectivo y lo individual, la indisociabilidad de ambos. Prueba palmaria de esto es que muchos jugadores mejoraron en su juego cuando se conformó la identidad grupal. El grupo mejoró a sus integrantes.

Este podría ser lo mejor de este acontecimiento: para los jugadores y el técnico, pero también para el público. Un público –el del fútbol- que es heterogéneo en edades y géneros, tal como se ha podido observar durante este mes, en las calles, en la vida social y familiar en general. Imposible ocuparse en este espacio de qué pone en juego esta situación, ya que son múltiples los registros. Pero lo cierto es que, desde el punto de vista de un modelo para la identificación, no está nada mal festejar un segundo puesto: es correrse del exitismo de la mano del triunfo de un hecho producido por un colectivo, por el esfuerzo y la alianza de este. Tal vez sea más valiente y valioso festejar un segundo puesto.

Un hecho que es estrictamente deportivo y que puede dejar marcas para el devenir de este deporte, también se ofrece como posibilidad de reflexión para el colectivo social. ¿Por qué tendría esto que resultar de importancia para la sociedad? Sabemos que estamos en una cultura que exalta el individualismo, la competencia, el triunfalismo, y que señala al otro como potencial peligro u obstáculo. Esto es un ejemplo de lo contrario, y va así a contramano de esa enorme corriente que se hace presente en nuestra cultura. Que además exalta la desmesura: y este equipo, incluyendo a su entrenador, han sido un ejemplo de mesura. Sin dejar de apenarse por no haber obtenido el primer puesto, manifestando su tristeza, han resaltado la ganancia que les dejó la experiencia: la consolidación grupal, el haber comprobado que la solidaridad, el esfuerzo compartido, la participación colectiva sin temer confrontar a su líder, la coexistencia de dos liderazgos que pudieron dialogar entre sí.

Mientras todo esto transcurrió, para el público se produjo un tiempo de moratoria. Un tiempo dentro del tiempo. Se produjo la suspensión de parte de lo cotidiano. La atención estuvo puesta sobre ese real que se desplazaba sobre las pantallas, inasible, inalcanzable, y que sin embargo parecía estar al alcance de la mano. Se impuso otra temporalidad, el  tiempo se hizo lleno.
Ahora llega el otro tiempo, vaciado de esa presencia: el juego terminó, se corre el velo y deja aparecer a la realidad cotidiana. Lo que puede quedar ahora, en este tiempo post Mundial, es un modelo de funcionamiento colectivo creador, saber que sin el otro no hay equipo. ¿Pero -avancemos un poco más- de qué otro se trata? Porque otros hay diversos (ayudante, rival, objeto, modelo decía Freud, en una serie que puede extenderse). Se trata del otro como aliado en pos de una producción colectiva igual para todos, de la cual todos puedan apropiarse, sin temor a la confrontación con quien asume el lugar de autoridad “externa”, autoorganizándose dentro del campo de juego, pero sin romper la alianza con esa autoridad, que se debe ganar el lugar de quienes están adentro, para así hacer lugar a su mirada ordenadora al servicio de la creación colectiva. El tándem Mascherano-Sabella al servicio del funcionamiento del colectivo, obligados por el mismo. Un colectivo que no oculta la presencia de las individualidades. “Hablamos en  plural en lugar de en singular, privilegiamos el dar en lugar del recibir”, decía Sabella al llegar a su hogar en La Plata. Construir un nosotros de la mano del dar. ¿Qué agregar ante tamaña claridad?


 

 
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