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Pensar con el cuerpo
Por Lic. Rosa Gremes
Psicóloga, psicodramatista,
Miembro del Grupo Psicodramático Buenos Aires
rosagremes@fibertel.com.ar
 

¿Qué es el cuerpo para el psicodrama?
¿Qué es el cuerpo para el psicodramatista?
En primer término, podríamos decir que es una totalidad psicosomática expresiva, posee un lenguaje propio, una gestualidad, una historia, una edad, (tiene) un modo de estar (hablar) en el mundo, es único, posee un estilo propio de estar presente, de hacerse presente (entre otros). Afecta y es afectado por otros. También es afectado por la cultura.
También es lugar de síntoma.
Para un psicodramatista, el cuerpo propio y el ajeno son lugares donde habitan múltiples escenas. Sucesivos modos de pensar en escenas y múltiples personajes, aun aquellos desconocidos.
Los cuerpos en escena objetivan lo subjetivo convocando a los personajes necesarios para interpretar el texto del drama en cuestión.
Las escenas en actos, sin palabras o con ellas, poseen múltiples canales de comunicación, miradas, sonidos, gestos que convocan a la mirada, a la emoción, a la evocación, todo ello encarnado en cuerpos.
Como psicodramatistas, nos vemos convocados e implicados en la acción de comunicar y exponer nuestro cuerpo a la mirada de los demás.
¿Con qué trabajamos los psicodramatistas?
Alguien dijo: “abrirse a la escucha es dejarse incomodar”.
Escuchamos un relato, aparentemente con el oído, la modulación de la voz, podemos sentir alguna vibración interna, determinadas palabras en ese relato, observamos la gestualidad, que es otro modo de escucha y de mirada. Percibimos.
Sentimos en nuestro cuerpo la necesidad de desplegar la escena. Aun no sabemos hacia dónde vamos, entramos y operamos incluidos, salimos, estamos no-incluidos: pensamos.
Entramos y salimos de la escena. Escena I: aproximación máxima a la expresión de esa escena, nos con-fundirnos en esa escena. Escena II: salimos de la escena, nos diferenciarnos para pensar y seguir operando. Varios cuerpos en acción: el cuerpo del protagonista, los cuerpos de los yoes auxiliares, el cuerpo del director-coordinador, los cuerpos de los que no están en escena, el público. Todos están expresándose, aun con el silencio.
Cuanto más abiertos a la espontaneidad estemos, más cerca de la comprensión del conflicto y de develar lo velado que produce sufrimiento.
Dar curso a la novedad. Dirigir la escena sin un saber predeterminado, es lo mismo que decir que la coordinación no está en posesión de ninguna verdad. Está en permanente búsqueda.
La técnica de cambio de rol es una de las técnicas más potentes del psicodrama. ¿No es también ponernos (y además) en el cuerpo del otro? ¿Ser el otro en toda su gestualidad expresiva? ¿Poseer la palabra, diría, o la lengua del otro? ¿Acercarnos a su temperatura interna?
Hay una frase de José Saramago, en su obra El Evangelio según Jesucristo, que dice así “…no es querer decir amor y que la lengua no llegue, es tener lengua y no llegar al amor”. Magnífica poesía donde psique y soma trabajan juntos.
¿Y las manos? ¿Cuántas veces un puño cerrado o una mano abierta expresan una contradicción con lo que se está diciendo?
Cuando maximizamos un gesto. Cuando hacemos que hable alguna parte del cuerpo. ¿Estamos operando sobre el cuerpo?
¿A qué llamamos resonancia en psicodrama?
¿A un sentir igual al otro? ¿A la identificación? ¿Al reconocimiento de la escena del protagonista como algo vivido o a una parte de la escena que sentimos como propia?
¿Dónde juega la resonancia? ¿En la emocionalidad, en el pensamiento, en lo corporal, en lo representacional?
Sabemos que el dramatizar genera condiciones para elaborar. Necesita de un cuerpo. Las escenas producen novedad, necesitan de un cuerpo grupal.
Esa novedad es producto del descentramiento que reconoce la producción del nuevo saber encarnado en cuerpos como labor colectiva.
¿Y el rostro? ¿Y la mirada, ese espejo del alma de los poetas?
Leamos lo que dice Levinas en “Ética e Infinito” acerca del rostro:
“No sé si se puede hablar de fenomenología del rostro, pues la fenomenología describe lo que aparece.
Cuando usted ve una nariz, unos ojos, una frente, un mentón y puede describirlos, entonces usted se vuelve hacia el otro como hacia un objeto. ¡La mejor manera de encontrar al otro es la de ni siquiera darse cuenta del color de sus ojos! Cuando observamos el color de los ojos, no estamos en relación social con el otro.
Cierto es que la relación con el otro puede estar dominada por la percepción, pero lo que es específicamente rostro, resulta ser aquello que no se reduce a ella.
Ante todo hay una derechura misma del rostro, su exposición derecha, sin defensa. La piel del rostro es la que se mantiene más desnuda, más desprotegida,… hay en el rostro una pobreza esencial. Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses, conteniéndonos. El rostro está expuesto, amenazado, como invitándonos a un acto de violencia. Al mismo tiempo, el rostro es lo que nos prohíbe matar”.
“…esta tentación de asesinar y esta imposibilidad de asesinar constituyen la visión misma del rostro, imposibilidad no real, sino moral. El rostro, de este modo, es una extraña autoridad desarmada”.
El filósofo también da cuenta de la unidad psique-soma. Existencia humana.
El “cuerpo social”, otro cuerpo, rememora en la Argentina la figura de “desaparecido”: no está vivo, no está muerto,…no está. Lógica de una ontología inhumana.
No hay cuerpo.
El propósito fue “Borrar las categorías del ser humano en las dos vertientes de su existencia: la de la vida, la de la muerte, indisolubles”. (Gilou García Reinoso, 1984).

 

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