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El periodismo en la era de la
vociferación (III)
Por Hernán López Echagüe    
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“Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte”.  

Esto es de Huidobro. Esto es Huidobro: el punto cardinal que nos falta.
Me acordé de este verso cuando le puse punto final, o no, a esta cosa que estoy escribiendo cada semana, o cada tanto, o cada vez que debo liberarme de mi estupidez. Seguro que Huidobro me mandaría al carajo, pero creo que los puntos cardinales, si no fuera por el periodismo que nos atonta y se empecina en borrar muchas geografías, muchos rincones, muchas historias, muchas muertes, muchas deslealtades, digo, los puntos cardinales serían al menos cuatro, o, con suerte, quizá decenas. 
Hle

*          *          *

Los diarios y las revistas son artefactos literarios escritos a cien manos. Tienen que sujetarse, como todo buen cuento o novela, a la verosimilitud de lo que refieren. Mejor dicho: al lector le debe resultar verosímil lo que lee en un diario o en una revista. Porque, de lo contrario, es papel destinado al fracaso comercial. Ni para envolver los huevos de ayer sirve. Un papel que tanto puede envolver como desenvolver. Si acordamos que la noticia se ha convertido en una mercancía, y ese fenómeno no es de ahora, sino de un par de décadas atrás, cabe preguntarse qué tipo de mercancía es y quién, quiénes la fabrican. ¿La noticia es un supositorio? ¿Es una reflexión de Stamateas? ¿Es un plato de guiso de lentejas? ¿Tal vez un lazo que nos echan al cuello y cada día, a toda hora, a cada minuto y segundo se ponen a estrechar?
Se me hace que es un supositorio de guiso de lentejas que te mete Stamateas mientras te enlazan.
En este tiempo de palabras que truenan y nada dicen, salvo las que la voz del amo quiere que digan (amo oficial, amo opositor), el grito vende. Y, asunto más triste, empalaga, subordina, doblega, supedita. Adormece.
A nadie le aconsejo probar suerte con la palabra insubordinada. Es un fracaso. No vende. Entonces todos debemos gritar en amarillo para que nos lean y escuchen. La insubordinación a las reglas del mercado periodístico/político/paparrucha que han impuesto los unos y los otros, los oficialistas de ahora y siempre, y los opositores de ahora y siempre, es tomada como estupidez, como cosa fuera de razón y tiempo. Porque están los unos y los otros, pero ellos deberían tener en cuenta que también estamos los nosotros. Quizá no tenemos peso, el peso de la cosa que pesa, que no es otro que el furioso peso de los insubordinados a este sistema y modelo de morondanga. Por ahora. Pero crecimos y militamos en una época de militancia libre, y, después, de periodismo libre. Actuábamos y escribíamos con mucha libertad. Así nos fue. Pero estamos.
Orlando Barone dijo que llegó tarde a los derechos humanos. No pongo las comillas porque a veces molestan. Pero él lo dijo. Debemos convenir que Barone no es un pibe. ¿Qué lo demoró tantos años en el camino? ¿Un semáforo de luces azules, blancas y negras? ¿Un piquete? ¿Un sueldo? Apuesto al piquete, porque nunca jamás habré de dudar de su inteligencia.
Hace años empecé a escuchar el programa de Víctor Hugo Morales. Dejé de hacerlo en el 2008, cuando de manera rabiosa se puso a defender a los dueños de la tierra y se la pasaba entrevistando a Biolcati, De Angeli, Llambías y otros más. Decía, lo recuerdo, que la 125 era un atropello contra los productores. Y en su programa había publicidades de sojitas felices que les aconsejaban a las sojitas enfermas que se dieran un buen baño de glifosato para poder sambar como ellas y procrear y procrear.
Regresé al programa en un momento que no recuerdo. Amable, el hombre. Daba la impresión de que le causaba un poco de cosa la suerte que corrían otras personas. Víctor Hugo es la voz del hombre que hace de cuenta que lleva sobre sus espaldas toda la pesadez de la humanidad. Me recuerda a Sábato. ¿Cómo llegó a eso? ¿Por qué tan tarde? ¿Lo demoró el mismo semáforo de luces azules, blancas y negras que le cortó el paso a Barone hacia una Atlántida donde habían secuestrado y asesinado a 30 mil personas?
Ahora Víctor Hugo se ha convertido en el Lanata del oficialismo, y Lanata, cosa de locos, en el Neustadt del progresismo afásico. A propósito, ¿qué es el progresismo? Una tibieza, un caldo sin sal, el agua de los fideos, una rana sin charco, un pétalo sin flor, una estudiantina. Una entrega sin conflicto. Una puesta en escena. Vida fácil. Sí: una entrega sin conflicto.

Así las cosas, nada tienen que reprocharle a Mariano Grondona y Morales Solá. Digo, su coherencia. Porque tanto se habla en estos días de coherencia. Digo, mejor dicho, por decir, la pertinacia con que Grondona y Morales Solá sostienen y sirven al modelo de la dictadura, es irreprochable. Eso es ser coherente, pertinaz, corajudo. Aman a los amos del campo y con ellos están a rajatabla; reivindican la lucha patriótica de los comandantes de la dictadura y de allí no se mueven ni un milímetro. Son los cuadros de una exposición de la muerte, de una opresión, de un oscurantismo y de una discriminación que todavía viven.
Son, ellos dos, y tantos otros más, la solidificación de la resbaladiza idiosincrasia argentina. Deposiciones. No trae suerte pisarlas.
Y Beatriz Sarlo, que de un socialismo de estofa y bar saltó a la mediocridad del acomodamiento, del gozo por la nada, del gozo por ese tipo de silencio maquillado con palabras al parecer cultas, al parecer perspicaces, cosa que está tan de moda, es su virgen del sentido común.  
Diarios y revistas que están escritos por tipos que no están más que siendo los comunicadores del aquelarre político e ideológico de sus patrones. El Estado o los grupos del poder privado. Antes, el periodismo no era así. Era periodismo. O, quizá, los periodistas no eran así. Las palabras tenían algún sentido. No había periodistas con casa propia. No había periodistas que vendieran tan barata su voz. Es que el grito del dueño de la voz vende.
Pero no publican o hablan de los gritos que cada día, en un rincón y otro del país, suenan. Son gritos que no venden. Vendió un poco el asesinato del pibe del Movimiento Campesino de Santiago del Estero. Y ya.
En algo están de acuerdo los unos y los otros del nuevo periodismo: hay voces que no tienen sonido; hay voces que perturban; hay historias que subyacen y que no merecen ni una porción mínima de atención. De ningunearlas, de condenarlas al susurro, se encargan los unos y los otros. En ese estadio sutil de la censura (¿sutil?) coinciden.

No profeso mucho aprecio por la obra de Octavio Paz. Al contrario, me gustaron las palabras que sobre él dijo Ernesto Cardenal en Rosario, años atrás, durante el Congreso de la Lengua. “¿Cuál es el rol de la poesía en la búsqueda de la libertad de los pueblos latinoamericanos?”, le preguntó una periodista. Cardenal puso cara de buitre y contestó: “Depende. Si es una poesía de Octavio Paz, ninguno”.

Pero (tantos peros), me voy con Paz:

“El ninguneo es una operación que consiste en hacer de Alguien,
Ninguno (...)  los demás simplemente disimulan su existencia, obran
como si no existiera. Lo nulifican, lo anulan, lo ningunean. Es inútil que
Ninguno hable, publique libros, pinte cuadros, se ponga de cabeza. Ninguno
es la ausencia de nuestras miradas, la pausa de nuestra conversación, la
reticencia de nuestro silencio. Es el nombre que olvidamos siempre por una
extraña fatalidad, el eterno ausente, el invitado que no invitamos, el hueco
que no llenamos. Es una omisión. Y sin embargo, Ninguno está siempre
presente. Es nuestro secreto, nuestro crimen y nuestro remordimiento. Por
eso el Ninguneador también se ningunea; él es la omisión de Alguien”.


 
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