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Meditación y autoritarismo
Por María Cristina Oleaga
mcoleaga@elpsicoanalitico.com.ar
 

“El ser humano puede modificar la realidad física sin actuar brutalmente en ella, le basta con concentrar su atención en un objetivo claro y loable.”
Meditación Masiva Argentina [1]

“Meditación es una mente que está en el ahora.
Meditación es una mente que está en calma, sin vacilación ni anticipación.
Meditación es una mente que se ha convertido en no-mente, y que ha vuelto a su fuente.
(…)
Deja ir - la ira y los acontecimientos del pasado
Deja ir - los deseos y la planificación para el futuro” [2]


Meditar, para el Diccionario de la Real Academia Española, es “Aplicar con profunda atención el pensamiento a la consideración de algo, o discurrir sobre los medios de conocerlo o conseguirlo.” Los grupos New Age, los gurúes posmodernos, los autotitulados ‘Maestros de yoga’, los ‘Maestros del buen vivir’ actuales, las sectas de todo tipo, nos proponen otra definición, la que conduce al borramiento del sujeto, al acallamiento de todo pensamiento, de toda crítica, de todo deseo. Asimismo, la que bloquea el camino para obtener ese ‘algo’.

Hemos escrito bastante, en esta publicación, acerca de las características de la sociedad actual: de la ‘licuefacción’ de todo lo sólido, siguiendo a Bauman, de la vulnerabilidad de los sujetos frente a la caída del valor de la palabra y de las ‘verdades’ que lo amparaban en la Modernidad. Hoy, sabemos, lo comprobamos con sólo encender el televisor, que cualquier ‘teoría’ dice saber acerca del logro de la felicidad, que muchos se autorizan a divulgar las mayores pavadas disfrazándolas con un barniz científico. Así, podemos encontrar incluso que algunos, desde la Neurología, hacen alianza con los que predican las bondades de la Meditación. El fluir de las ‘ondas alfa’ sería la meta de esta técnica, para lograr múltiples ventajas: que el sujeto se relaje, que se mantenga saludable, que amplíe la superficie de materia gris en su cerebro, que se prevenga contra el cáncer, que produzca su ‘unión con el Todo’, que mejore los padecimientos de las personas, que colabore con la paz y el progreso del mundo,… etc. Las promesas son múltiples.

Lo que sí podemos apreciar los que trabajamos cerca de víctimas de sectas es que la Meditación es una herramienta privilegiada para inducir estados cuasi hipnóticos en los que el sujeto permanece vulnerable y en excelentes condiciones para ser sometido a maniobras de manipulación mental por parte de quien se proponga, para él, en el lugar del Ideal. O sea, decimos que la Meditación puede ser un instrumento del autoritarismo. Así sucede, en efecto, en los grupos de riesgo. En ellos, así como en clases ‘inofensivas’ de yoga, se combina la práctica de la Meditación con el recitado repetitivo de Mantras, la escucha de músicas devocionales, cuyos ritmos y volúmenes se manejan buscando determinados efectos/afectos sobre los cuerpos en juego, el sonido de tambores, cuencos y otros dispositivos. Estos y otros estímulos están al servicio de alejar al sujeto de sus referencias identificatorias y de introducirlo en una atmósfera mística que lo torne proclive a una entrega transferencial anonadante.

Podría formularse, a esta altura, una pregunta clave: ¿Por qué criticamos así estas prácticas si, después de todo, un psicoanálisis no podría llevarse a cabo sin convocar y estimular el surgimiento de la transferencia? La respuesta, y es definitoria en cuanto a separar las aguas, es que lo único que está proscripto para el analista es que se ofrezca como Ideal al sujeto que lo viene a ver; que tome ese lugar propuesto y crea que puede operar desde allí.

Otra posible objeción apuntaría a señalar que el Psicoanálisis también busca, para tener efectos, que las identificaciones del sujeto sean puestas en cuestión. Ellas, en tanto referencias significantes, son un precipitado de la relación primordial entre el sujeto y el Otro. La gran diferencia reside en que no se trata, en el caso del Psicoanálisis, de ‘implantar’ ninguna identificación. Se trata de acompañar la caída de las identificaciones para que el sujeto pueda confrontarse a lo que de sí no sólo tiene que ver con el significante y con el Otro. En todo caso, se trata de abordar la identificación a lo más propio del sujeto.

Una tercera crítica podría señalar que, al solicitar la asociación libre, el análisis también favorece, como lo hace la técnica de la Meditación, el renunciar a la crítica, el dejar ‘flotar’ los pensamientos. Someterse a la asociación libre lleva a comunicar, es lo esperado, sin censura todo aquello que pasa por la mente. Se busca, así, que aflore lo singular, que el Inconsciente se abra. La Meditación, tal como es utilizada en los grupos de riesgo, conduce al anonadamiento y posibilita que un Otro avance con sus demandas sobre el sujeto.

No es casual que la mayoría de las sectas proponga un ‘retorno a la niñez’- a su ‘inocencia’-, a un ‘renacimiento’, incluso con ceremonias de bautizo en las que se abandona el nombre propio, aquel que nos determina con la mayor precisión significante y que vehiculiza algo del deseo del Otro que nos precedió. Estas maniobras apuntan a favorecer la dependencia de un sujeto que ha perdido la baliza de sus identificaciones, que se encuentra infantilizado y ávido de pertenencia.

La Meditación, esta droga posmoderna, viene bien –indudablemente- a sujetos que buscan un goce que la promesa actual sugiere infinito. Entre tanto, ya que la castración existe a pesar de la New Age, obtienen un goce finito, repetitivo, en suma fálico, con la cadencia propia del significante. Recordemos las recomendaciones de turno que aconsejan practicar la Meditación diariamente, a la misma hora -de ser posible- y durante períodos regulares de tiempo. Y, sobre todo, no dejar de meditar pues peligros varios se cernirán sobre quien intente dejarla. Es un goce adictivo, para mantener el ‘encantamiento’, que -como tal- pide más. Todo es poco frente a las irrupciones angustiosas que nos depara el ‘silencio’ del lazo social, el descrédito del deseo -que es leído como ‘ego a destituir’ por las sectas- y la búsqueda de soluciones instantáneas que forcluyan la castración.

Este fenómeno, que apunta a la despersonalización, es promovido también por las terapias cognitivas. No debe sorprendernos que utilicen la Meditación ya que las terapias cognitivas, verdaderas técnicas de ‘reprogramación’, apuntan a obtener conductas aceptables para que ‘las cosas anden bien’; o sea, a obliterar aquello más íntimo del sujeto, su síntoma, para convertirlo en un trastorno que hay que suprimir. La Meditación es buen instrumento para el ejercicio de cualquier forma de autoritarismo.

Ni que hablar, entonces, de las propuestas que incluyen a esta nueva ‘droga’ como medio para operar sobre el malestar en la cultura. Según se lee en el acápite: No es necesario el acto, basta la intención. ¿Acaso hace falta alguna prueba más para comprobar que se apunta a la infantilización? Son los niños los que sólo con dificultad aceptan la diferencia entre sus deseos y lo que pueden obtener en realidad. Se trata de una nueva forma de represión, de guante blanco, que tiende a desresponsabilizar al sujeto para que ya no se pregunte qué puede tener que ver él en lo que sucede a su alrededor, y renuncie, así, a su auténtica capacidad creadora/transformadora.

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