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El oeste rosarino (*)
Por Carlos del Frade
 

El cielo parece a punto de explotar. Las nubes vienen cargadas. Hace mucho calor en uno de los costados del oeste rosarino, cerca de la vía, en barrio Ludueña. Las sillas están afuera. Adentro del centro comunitario no es sencillo. Va llegando la gente. Pibas y pibes militantes de distintas organizaciones sociales que le ponen el cuerpo a una realidad hecha a imagen y semejanza de la concentración de riquezas en pocas manos. Más allá de los números de ficción, el trabajo estable y en blanco sigue siendo una quimera en los arrabales de la ex ciudad obrera. Allí, en esas calles de tierra, la informalidad es la regla y también, como desde hace años, los espacios callejeros están en disputas por bandas de pibes que, hasta no hace mucho, compartían la primaria, alguna copa de leche y platos de comida.

El sistema gana dinero con las armas y el narcotráfico. Y el estado se encuentra presente de manera corrupta a través de la comisaría 12. Juega a favor de la banda “del Gustavo”, el que ordena los transas, el que marca el límite de ellos o nosotros. Mujeres y hombres, también militantes de toda la vida, escuchan y apoyan desde el profundo amor para con el otro, en la convicción de que el ser humano es mucho más que un consumidor de sobras del privilegio de unos pocos.

El cielo ya no espera más. Llueve sobre el costado oeste rosarino pero hay tristeza, bronca, desesperación pero también ganas de resolver la cuestión de manera colectiva. Hace poquito tiempo lo mataron a Kevin por la espalda y en ese lugar que debe servir para multiplicar lo mejor de la vida, lo velaron, como lo hicieron, recuerdan, por lo menos con otros diez muy parecidos a Kevin.

Un papá dice que ya decidió armarse. Que va a vender la heladera para comprar un fierro y que no quiere estar regalado por esas calles de tierra. Pide que se lleven a la pibada entre los 16 y los 22 años de campamento para sacarlos de circulación por lo menos por un mes hasta que baje la bronca. Porque si no, habrá nuevas muertes. Una mujer le dice que ese no es el camino porque es necesario que haya un pronunciamiento político por todo lo que está pasando en Ludueña.

Por los grandes medios de comunicación, los ministros dicen que bajaron la corrupción policial y el número de homicidios en el Gran Rosario y Gran Santa Fe. En los barrios, la gente busca ocultar a las pibas y los pibes de una venganza que se respira y palpa a cada instante, entre las calles de tierras, las vías por donde ya no circulan los tres que antes llevaban a la gente con sus sueños de progresar en la Argentina del pleno empleo. En esos tiernos y rebeldes sitios de la geografía íntima rosarina, saben que la policía está del lado de los transas. Que el estado siempre está presente pero de manera corrupta.

Hay pibas y pibes que deben esconderse. Porque vieron algo que no conviene para la banda que se ufana de su poder de fuego, de sus complicidades con la 12.

Hace treinta años atrás, esa zona era un barrio de trabajadores metalúrgicos, portuarios y de la construcción. Hoy es otra cosa. Difícil de definir.

Hay una leyenda barrial que vincula a uno de los represores de la noche carnívora del terrorismo de estado con el origen del negocio narco en barrio Ludueña. Gambetas a la justicia a pura impunidad.

Muy cerca de allí, sin embargo, la escuelita fundada por el padre Montaldo continúa multiplicando esperanzas.

En el mosaico roto de la realidad rosarina, los negocios mafiosos siguen cobrándose la vida de las pibas y los pibes. Y, al mismo tiempo, decenas y decenas de personas, chicas y chicos, medianas y grandes, insisten en poner amor, compromiso y construcción colectiva, a pesar de las densas complicidades que intentan vampirizar el último aliento de esperanza.

 

Fuentes: Entrevistas propias del autor de la nota.

[*] Publicado el 20 de febrero de 2017 en Agencia Pelota de Trapo




 
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