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“No les puedo dar más drogas” Una manifestación de la insignificancia
Por Yago Franco
yagofranco@elpsicoanalitico.com.ar
 

El pasado lunes 11 de noviembre, en horas del mediodía, cuando un periodista le preguntó por más datos sobre el operativo en el que se incautaron 500 kgr de marihuana que estaban ocultos en cajones de manzana, el Secretario de Seguridad de La Nación Argentina, Sergio Berni respondió "no les puedo dar más drogas". Si yo no hubiera estado acompañado, y si quien estaba conmigo no hubiera escuchado lo mismo que yo, habría pensado que yo había cometido una suerte de lapsus de escucha. Pero no, se trató de nuestro viejo conocido lapsus linguae. Como el zócalo de la noticia emitida por TV decía una cifra y el secretario Berni mencionaba otra un poco menor, y además anteponiendo un "alrededor de...", el lapsus resaltaba aún más, abriendo un abanico de suspicacias.

Pero antes de avanzar en este caso, recordemos que sabemos a partir de Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana que los lapsus linguae forman parte de los llamados actos fallidos. Claro que lo de fallido es relativo: lo es para el yo, pero no para el inconsciente. Cuando el sujeto dice una palabra por otra (o la lee o la escribe), o cuando comete un acto torpe en su vida cotidiana, olvida un objeto, una cita, un llamado, un nombre, una fecha, etc., algo del inconsciente se impone a su yo en la mayoría de los casos. También desde Freud sabemos otras cuestiones además: primero, que solamente por la vía asociativa el sujeto podrá llegar a saber qué es lo que se puso en juego, por qué aquello que hubiera debido permanecer reprimido se impuso en su discurso o en sus actos.

Quien escucha debe tener cuidado de sobreimponer una rápida interpretación. Volvamos a nuestro caso: solamente el secretario Berni, asociando a partir de su frase, podría aportarnos la significación oculta. Digo oculta porque un lapsus es además una formación del inconsciente - tanto como los sueños -  y por lo tanto, no debemos dejarnos llevar por su apariencia, aunque bien puede la misma - tanto como en La carta robada, de Poe, relato en el cual lo robado está a la vista - mostrar sin tapujos lo que quería ser reprimido, ocultado. Los lapsus son vías de aparición del deseo inconsciente, o tienen como finalidad la búsqueda de un castigo, o complicar una situación que podría ser favorable para el sujeto, también de agredir al interlocutor – agresión que estaba solapada hasta ese momento - y, otras veces, permitir que aparezca algo que hasta puede mejorar una situación, pero que el sujeto, tironeado por el superyó y sus ideales, se veía compelido a ocultar. Así es como muchas veces un acto fallido ejerce sobre quien lo experimenta un efecto de revelación. En el análisis, tal como el sueño, es una vía regia al inconsciente.

Sabemos que son frecuentes los fallidos en los políticos (Freud mismo cita algunos ejemplos), ya que están acostumbrados a decir lo que no piensan en su fuero interno, o a mentir, desfigurar, minimizar o maximizar el tema en cuestión para sostener su lugar de poder. Solamente el secretario Berni podrá saber qué ocurrió, a qué remite su frase. Pero podríamos ayudarlo con algunas preguntas: ¿a quién no le puede dar más? ¿Más qué? ¿Alguna relación con la cifra que aparecía en el zócalo de la TV y la que él dio? ¿Será verdadero ese no? Porque sabemos que el no muchas veces puede equivaler a un sí ¿Estaría defendiéndose de algún tipo de pedido?, etc. Recurso el de las preguntas al cual acudimos los analistas en ese trabajo entre el discurso del paciente y nuestra escucha (y también y sobre todo, la de él o ella).

Pero esto es solamente una parte de lo que me sucedió luego de escuchar el lapsus del Secretario de Seguridad Berni, por otra parte un sujeto bastante mediático, que suele hacer espectaculares apariciones. Lo que me ha llamado poderosamente la atención es que no fuera recogido por ningún medio, ni apareciera en Twitter ni en Facebook (yo sí lo hice y se produjeron algunos comentarios, pero la repercusión fue prácticamente nula, y ya han pasado varios días - escribo esto en el fin de semana del 16/17-11).
En ese mismo momento algún periodista, por lo menos al comunicarse con su canal o radio, podría haber transmitido al mismo lo que escuchó... pero nada de eso ocurrió. Esto me resultó más extraño aún. ¿Ningún periodista lo escuchó? ¿Nadie - salvo quien esto escribe - lo escuchó y lo subió a las redes?

La otra posibilidad, mucho más grave, por lo que luego señalaré, es que haya sido escuchado y desechado. Tomado como una simple equivocación. Como si se pensara "Y bueno, dijo una palabra por otra - datos por drogas - , qué tiene de extraño?, todo el mundo puede equivocarse". Pero los psicoanalistas - y no solamente ellos, ya que forma parte del impacto que el psicoanálisis ha tenido en la cultura - sabemos que no es así. Y sabemos además, todos y por experiencia, que un lapsus cometido por un personaje público bien debe llamar nuestra atención. Y éste, sobre todo, porque durante esta pasada semana la cuestión del narcotráfico ha acaparado los titulares de noticias, y en la mayoría de los casos, lo ha tenido al Secretario como protagonista.

Mi preocupación aumentó al observar, entonces, que no había tomado estado público este lapsus. Porque ya no se trata del sujeto en cuestión - a quien, insisto, no podemos juzgar por un lapsus, aunque sí podemos preguntarnos y preguntarle sobre el mismo, más por la función que ocupa: no pasó en una charla de café y hablando de fútbol - . Lo que esto puso sobre el tapete es cómo se escucha. Ni más ni menos. Qué status tiene la palabra en nuestra sociedad. He tratado en diversos textos la cuestión introducida por Castoriadis del avance de la insignificancia, y he desarrollado sobre todo la llamada destrucción del lenguaje, una de sus consecuencias junto con la del afecto. Esto me permite darle un giro más a esa cuestión, que será extremadamente breve en esta ocasión, y que en su momento será tratada con detalle.

Voy a parafrasearlo a W. Borroughs, quien sostuvo que el lenguaje es un virus llegado del espacio exterior, y que ignoramos que estamos alienados al mismo. Diré entonces que la insignificancia es un virus, pero en este caso, es un virus creado por los hombres, escapado de un laboratorio: el de la vida cotidiana, en el cual se fusionan día a día la aceleración de la temporalidad, la tecnología que la acompaña y ayuda a su incremento, junto con la sed de la novedad por la novedad misma y la sed de consumo y acumulación, algo que no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Un virus que nos infecta, y que produce alienación, y sin conocimiento de la misma. Como corresponde: la alienación es un estado psíquico que ocurre en ignorancia del sujeto. Este virus destruye tanto el afecto como el lenguaje, la palabra que se dice y escribe, y puede destruir la escucha. Haciendo que los sujetos sean objeto de una novedosa forma de sordomudez y ceguera, de consecuencias individuales y sociales imprevisibles.


 

 
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