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¿El amor no duele?
Por María Cristina Oleaga
mcoleaga@elpsicoanalitico.com.ar
 

Leemos que, ante la ola de femicidios, el gobierno lanzará una  "campaña destinada a concientizar a la población joven para actuar frente a comportamientos cotidianos que pueden conducir a relaciones violentas.

La iniciativa forma parte del primer Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres, que presentó el presidente Mauricio Macri en julio de 2016.

Bajo la premisa "El amor no duele", la campaña "Noviazgos sin violencia", que impulsa el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, busca que los jóvenes sean capaces de prevenir el maltrato de género a través de la identificación de determinadas actitudes de la pareja, según consignó un comunicado oficial. Menciona el control sobre el otro, el enojo cuando no se hace lo que la pareja desea, el pedido de contraseñas para acceder a información personal, los llamados permanentes, la falta de escucha sobre pedidos o deseos y las amenazas de abandono como forma de manipulación, entre los principales comportamientos (…)” [1]

Esta campaña, como muchas de las iniciativas que toma el gobierno actual, es una copia de la que se hace en Sevilla, en un intento por “desmontar los mitos del amor romántico en los jóvenes”. Si no fuera que este tema alude a hechos gravísimos, a desenlaces fatales que incluyen el aumento de la tasa de suicidios en jóvenes además de los múltiples femicidios, la meta provocaría risa, tanto como la que suscita el título mismo de la campaña: “El amor no duele”.

Los que diseñan campañas quizás sean expertos en Marketing, no lo sabemos, pero seguramente conocen poco acerca de la subjetividad humana, Es una pena que tampoco hayan tenido contacto, según parece, con las obras maestras de la literatura universal donde hubieran podido acceder a los lazos entre el amor y el dolor. Son lazos que justifican que “¡Ojalá te enamores!” pueda tener carácter de maldición. Les vendría bien darse una vuelta por el último número de la Revista El Psicoanalítico y leer allí los temas que tratan con tanta liviandad.

Esta introducción no impide que admitamos la importancia de abordar estos asuntos, de hacer difusión y -sobre todo- de abrir conversaciones y debates. Es sólo que, si partimos de equivocar tan groseramente el nombre, es muy probable que la campaña misma pierda peso o, lo que es peor, se desvirtúe por desconocer la materia que pretende abordar y errar, así, incluso  su objetivo.
No quiero detenerme en lo que implica el amor en su relación con el dolor pues no es el objetivo de esta breve nota. Me interesa señalar, entonces, que lo importante no es “vender” un amor aséptico, incoloro, inodoro e insípido, sino abrir debates acerca de cómo lidiar con el demonio del Eros. La religión ha pretendido hacerlo poniendo por encima de todo el Amor a Dios. Sin embargo, las experiencias de los místicos dejan ver la infiltración de las pasiones también en ese terreno de lo sagrado. La espiritualidad actual, New Age, nos quiere curar del amor y sus miserias con otro Amor, al que nos hemos referido ya extensamente. [2]

En esta época, asistimos a una manera cada vez más violenta de lidiar con el amor. Entonces, se trata de afinar la puntería, de preguntarnos y de abrir esta pregunta a los jóvenes, los  padres y los educadores: ¿Por qué crece la violencia en el lazo con el otro? Parece que esa violencia también la encontramos en muchas familias, en la calle, en  los sitios en los que se dirime la relación entre sujetos. Como psicoanalistas, nos encontramos también con la resolución violenta de conflictos a través de relatos, en la clínica.  Para atenernos a la violencia en el amor, podemos apelar a explicaciones acerca del machismo y del patriarcado, pero es un aspecto del problema que deja en la sombra la pregunta por el aumento de este modo de resolución de conflictos, amorosos y de los otros.

Entendemos que la posibilidad de tramitar conflictos, de resolver cuestiones vinculares, requiere de recursos simbólicos que nos faltan hoy. Se trata de redes que se establecen muy tempranamente, que se instalan en la relación con el Otro primordial, y que prosiguen su entrelazado a lo largo de la vida. [3]. La fragilización de esos recursos, según lo impone la época  -la que privilegia las imágenes y el aislamiento autoerótico [4]. por sobre la palabra y el lazo- promueve angustia y escape de la misma a través de la acción. La patología que florece en ese caldo es la del acto, consumo, adicciones varias, y está teñida de violencia. Es la subjetividad carente que promueve el capitalismo y sus miserias.

No se trata, entonces, de infiltrar en los jóvenes versiones lavadas del deber ser de los amores. Creemos que aquellos que diseñan campañas deberían informarse primero acerca del material con el que tratan. En este caso, la apuesta es recuperar la palabra, promoverla y fomentarla, modo de estimular espíritus críticos, desprendidos de los mandatos del mercado. No hay otro camino para  lidiar con los demonios que nos habitan.  

 


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