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Financiarización, ¿y más allá qué?
Por Alberto Marani
marani@fibertel.com.ar
 
"El Apocalipsis lo causará el capitalismo y la avaricia humana".
Stephen Hawking

 

Muchas veces necesitamos préstamos bancarios y créditos hipotecarios, utilizamos tarjetas de crédito. Este es un modo de funcionamiento convencional de los bancos que nos permite satisfacer necesidades, deseos; es decir, obtener placer.

Pero el placer es complicado. Cuando Freud explicó su naturaleza postuló la existencia de un Principio del placer, y posteriormente descubrió excepciones.

Creo que es necesario responder a las siguientes preguntas: ¿es patológico dejarnos llevar por el deseo más allá del placer tranquilo?  ¿Quiénes, aparte de los caracteres fóbico y especialmente obsesivos regulan sus vidas por ese principio?; ¿es posible y deseable limitase a las actividades moderadamente placenteras? Creo que no.

Sin duda, en el extremo del más allá del placer tranquilo se llega a la autodestrucción de sí mismo y eventualmente de otros.

Esto plantea un problema ético. Si bien frecuentemente nos vemos llevados gustosos más allá de los estrechos márgenes de ese principio, debemos reconocer un límite al avance sobre otros  sin su consentimiento, y en última instancia las leyes deben impedir la transgresión que implica actuar sobre otros: cuerpos, grupos, instituciones.

La actividad financiera de la que hablaba al comienzo, sigue existiendo,  pero se fue transformando radicalmente desde los '70 y especialmente desde los '80, cuando se produce la financiarización de la economía. Los actores de la financiarización, especialmente desde que ésta se autorregula, maximizan el placer de incrementar sus ganancias, impulsados subjetivamente más allá de las formas tradicionales. Porque  sin los límites que las normas del Estado establecían para cuidar los intereses del resto de la sociedad, se amplía su campo de operaciones.

A. Appadurai [1] define la financiarización como "el proceso que permite que el dinero sea utilizado para obtener más dinero mediante el uso de instrumentos que explotan las funciones de éste en créditos, especulaciones e inversiones […] la actividad económica tiene un ethos especial, [...] su transformación institucional suele provenir de fuerzas que no pueden ser explicadas sólo por factores o intereses económicos" [2]. Yo agregaría: no en el sentido habitual de económico, pero quizás sí en el metapsicológico.

La especulación financiera desregulada es un terreno en el que prosperan peligrosamente las mociones de sus agentes que son pulsionales. La codicia los impulsa más allá de los límites del placer regulado. Las instituciones poderosas no son pulsionales pero están integradas por hombres y mujeres.

¿Cómo se llega a tal desregulación? Sumariamente, en 1999 se revocó  la ley que prohibía la fusión de los bancos comerciales (los de los créditos hipotecarios) con los grandes bancos de inversión y otros servicios financieros [3]. Esta etapa histórica, que tuvo su crisis en 2008,  se reinventa y  continúa hasta el día de hoy afectando el conjunto de la economía, la producción y el trabajo, con consecuencias catastróficas para todo el planeta, sobre las que volveremos al final.

Al infringirse los límites que regulaban la actividad de las instituciones financieras para cuidar a sus potenciales víctimas [4], se multiplicaron desmesuradamente las posibilidades de obtener ganancias. ¿Hay una encarnación contemporánea más plena de la hybris de los griegos?

En Más allá del principio de placer Freud postula la existencia de dos barreras necesarias para el funcionamiento del aparato psíquico y del organismo: la protección anti-estímulos y la que marca los límites del régimen del placer. Además de estas dos creo que existe una tercera, impuesta desde afuera por la cultura: las normas del Estado de Derecho.

La desregulación es  como permitir que los amantes de las "picadas" establezcan ellos mismos las leyes viales. Inexorablemente habría víctimas, incluyendo algunos de ellos.

Repasemos esta historia. En la década de los '70 aparecieron capitales que compraban empresas de manera hostil (contra la voluntad de los propietarios) y las "reestructuraban" para venderlas y ganar con la operación. Su objetivo era  -y es- la extracción rápida de beneficios que se reflejan en las cotizaciones de Bolsa para beneficio de accionistas movidos más allá del Principio de placer por la avidez de ganancias extraordinarias y rápidas. La avidez del capital financiero es insaciable.  Para ellos, “la codicia es buena" [“Greed is good”], como dice Gordon Gekko, el protagonista de Wall Street (Oliver Stone, 1987). 
 
Esas ganancias se obtienen, naturalmente, a expensas de la disminución del empleo y la inversión para valorizar las empresas y revenderlas. Es así como la concentración económica creciente alcanza niveles extraordinarios y la economía real quedó subordinada a la financiera desde ese momento.

En pocas palabras, una medida de este proceso la describe el hecho de que por cada cuatro dólares destinados a la producción hay diez destinados a la especulación. Suele decirse que el capital financiero es dinero que produce dinero; se habla inclusive de "industria financiera". En realidad, no. La especulación financiera no genera valor, solamente lo desplaza.
 
Hoy el capital financiero gobierna el mundo. La política convencional trata a veces de mediar pero en lo fundamental es complaciente o impotente. Son esos capitales los que imponen las condiciones y eventualmente se hacen "rescatar", como en 2007, por el Estado.

Ahora bien, el capital financiero tiene agentes concretos de la estirpe de  Gordon Gekko, Bobby Axelrod (Billions), Jordan Belfort (El lobo de Wall St.)  e instituciones gobernadas por personas sedientas de ganancia. La subjetividad de estos agentes está eficazmente descripta por un multimillonario financista: "Sólo una cosa pido: más".

La búsqueda de la ganancia financiera es desaforada, más pulsionante  que la de los actores de la economía real porque esta tiene límites poco elásticos: los salarios, la producción y el consumo. Y además está regulada

Ya la correlación de fuerzas entre la economía real y el poder financiero es asimétrica. Este último tiene en rehenes a la primera; exige resultados e impone condiciones. En todo caso las industrias integran sus actividades de modo que les permita jugar en ese terreno (mediante la valorización de acciones y la producción de dividendos en una feroz competencia).

Quiero ofrecer un ejemplo de lo que podríamos llamar “la astucia de la razón financiera”, y al mismo tiempo la ceguera que produce la voracidad más allá de todo principio regulador, el de las hipotecas subprime en Estados Unidos y los llamados derivados que las tomaron como referencia, porque es un caso paradigmático.

Los derivados son instrumentos financieros así llamados porque dependen del comportamiento de otros valores. Constituyen contratos entre partes respecto del comportamiento de activos tomados como referencia, en términos de variaciones de sus valores dentro de un marco temporal [5]. Los activos de referencia pueden ser commodities, acciones, bonos, tasas de interés. Dentro de ellos vamos a hablar de los que tomaron como sustrato los bonos sobre las hipotecas sub-prime en el mercado norteamericano en la primera década de este siglo. 
 
La venta de propiedades mediante hipotecas se multiplicó, con la desmesura que vengo describiendo, inclusive hasta incluir prestatarios insolventes mediante créditos llamados "basura" con el propósito de expandir los contratos hipotecarios y obtener ganancia inmensas. Es así como se produjo una verdadera y esperable epidemia de incumplimiento en los pagos. Pero los propios agentes, lejos de ver el peligro, se dedicaron a extender los créditos y refinanciar las deudas, inclusive las de las tarjetas de crédito.
 
Michael Burry, un brillante financista, se tomó el trabajo analizar el comportamiento de una masa enorme de créditos en 2004 y llegó a la conclusión -evidente para cualquiera que no estuviera poseído por el demonio de las subprime- que la tasa de incumplimientos era predominante y creciente [6]. La originalidad de Burry fue valerse de los ya existentes para otro tipo de operaciones, los  CDS [7] (una especie de seguro  en caso de incumplimiento de pago), y emplearlos respecto de  esos bonos hipotecarios titularizados (o “empaquetados”). El resultado de sus análisis lo decidió a apostar por el incumplimiento o default mediante los CDS. (Debe considerarse que el conjunto del mercado financiero no pensaba en esto, aunque ahora resulte increíble, sino en extender sus ventas.)

La operación consistió en adelantarse  al momento en que para muchos se hiciera evidente que  las hipotecas no iban a poder pagarse, y poder así establecer esos contratos por el incumplimiento.

El resto es historia conocida. Los impagos llevaron a la bancarrota a varios bancos, entre ellos, Lehman Brothers. Estamos hablando de cientos de miles de millones de dólares de pérdidas para unos y de miles de millones para ganancias para  otros, como el propio Michael Burry. Las consecuencias de esa crisis llegan hasta el día de hoy.
 
Después de estos acontecimientos de 2007-2008 uno pensaría, con buen sentido, que se terminaron definitivamente ese tipo de especulaciones.

No. Si bien fueron prohibidos en algunos países como Suiza y Alemania, esa operatoria está funcionando en mercados financieros de Francia, Brasil, Sudáfrica y Japón con gran rapidez, "a medida que las entidades financieras, como polillas que vuelan hacia el fuego [¡parece una cita de Freud!]), sacrifican la prudencia en aras de aprovechar estos nuevos dispositivos de generación de lucro" [8].

Llegados a este punto, levantemos la vista y ampliemos la mirada. Consideremos ahora cuáles son las amenazas fundamentales, resultado de las actividades humanas. Inmediatamente pensaremos en la militar, la ambiental y la financiera. 
 
Ahora bien, ¿cuál es más destructiva, la industria armamentista y las guerras, la catástrofe ecológica que puede terminar con el planeta tal como lo conocemos o la especulación financiera?; ¿qué produce más desastres en términos de vidas humanas, costos sociales y daños ya probablemente irreversibles en el ecosistema?
 
No hay dudas sobre la ruidosa destrucción producida por las armas. Es menos perceptible la que producen lenta, continua, silenciosa pero implacablemente el capital financiero en su vertiente ilimitadamente especulativa.
 
Pero además, en la relación entre el poder militar y el poder financiero, ¿quién domina a quién?

Como dice Leonardo Boff: “La estrategia de los poderosos consiste en salvar el sistema financiero, no en salvar nuestra civilización y garantizar la vitalidad de la Tierra”. [9]

Aun si discrepamos con Freud respecto de la función de las pulsiones de llevarnos a la muerte, nos reencontramos al cabo con su reaparición en la figura de la financiarización sobre este inmenso campo de batalla de la historia humana.




 
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Notas
 
[1] A. Appadurai,  Hacer negocios con palabras. Ed. Siglo XXI, Bs. As., 2017.
[2] A. Appadurai, ídem.
[3] Ley Glass-Steagall, de 1933, fue la respuesta del gobierno norteamericano a las consecuencias del Crack de 1929.
[4] La autoregulación se estableció desde 2007, aunque se fue forjando desde la década de 1980 con los consensos de Basilea I, Basilea II, luego Basilea III, que no fueron aceptados por los bancos. Y si los bancos no lo aceptan, no lo aceptan, porque ¿dónde está el poder?
[5] Los más comunes son los contratos a término, los contratos de permuta (swaps), canje de incumplimiento crediticio o CDS (credit default swap)  y fondos de cobertura (hedge funds).
[6] Michael Lewis, The big short. W.W. Norton, 2011.
[7] Los CDS, Credit default swap (permuta de incumplimiento crediticio) son un acuerdo entre dos partes; una de ellas apuesta con otro que un tercero no cumplirá con el pago.
[8] Appadurai, ídem.
[9] Sustentabilidad, Editorial Santa María, Bs. As., 2017
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