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Una nueva lectura
de El Antiedipo
en la época del
deseo-pánico *
Por Franco Berardi
franberardi@gmail.com

 

Cuarenta años después de su aparición, que se produjo en 1972, tal vez deberíamos releer El Antiedipo (Capitalismo y esquizofrenia) [1] con la intención de descubrir una nueva perspectiva desde la cual observar en qué se ha convertido, tras este tiempo transcurrido, el capitalismo y en qué se ha convertido la esquizofrenia.

La multiplicación de las fuentes de enunciación en la época de las redes, la globalización comunicativa imaginaria y económica, son condiciones que los autores de El Antiedipo han previsto y de alguna manera pre-conceptualizado, pero de las cuales obviamente no podían predefinir los efectos sobre el Inconsciente y sobre las dinámicas del deseo. Hoy debemos desplazar la mirada del pensamiento deseante al interior de la esfera del Semiocapitalismo.
En los años ’70 leíamos aquel libro ante todo como una crítica a la reducción lingüística del síntoma, una crítica a la reducción freudiana del Inconsciente en representación, y a la reducción lacaniana del Inconsciente en lenguaje.

“Quelque chose se produit: des effets de machine, et non des metaphores” [2] está escrito en la primera página de El Antiedipo. De ahí hemos partido. Hemos leído el Antiedipo como una crítica al logocentrismo implícito en el culto freudiano y lacaniano a la interpretación. Fue y sigue siendo legítimo. Pero hoy, cuarenta años después, debemos saber leer más allá, debemos leer antes que nada la distancia que se acumuló entre aquel texto, entre sus no agotadas potencialidades, y aquello que ha cambiado tras este tiempo transcurrido en el imaginario y en el psiquismo colectivo.

Debemos saber leer aquel libro como una prefiguración de la nueva fenomenología y de la nueva clínica del sufrimiento psíquico.
Deleuze dijo que “escribir significa cartografiar distritos por venir” ¿Cuáles son, entonces, los caminos que El Antiedipo ha pre-cartografiado y que en estos cuarenta años se han desplegado?
En la década siguiente a su publicación El Antiedipo encontró, inspiró, alimentó a un movimiento que fue la directa continuación del mayo francés y que proliferó por todas partes. Por ejemplo, en la ciudad italiana de Bologna, donde en las manifestaciones estudiantiles se gritaban slogans alusivos a Deleuze y Guattari en mayor medida que al Che Guevara o Mao Zedong. En Bologna leímos a El Antiedipo de un modo unilateral, y aquella lectura de masas se convirtió en la única autorizada, ante todo por los propios autores. Llamémosla lectura autónoma deseante. Aquella lectura nuestra identificaba en el deseo una fuerza y en el rizoma un modelo revolucionario.

Se trataba entonces de desplegar plenamente la liberación de la vida colectiva de las redes represivas del capitalismo industrial y, contemporáneamente, del modelo centralizado y autoritario del estado disciplinario.
Aquella lectura era legítima políticamente, pero parcial y reductiva desde el punto de vista filosófico. Hoy, cuarenta años después, se impone, según mi punto de vista, el abandono del triunfalismo y la exaltación de la potencia liberadora del deseo y de su expresividad esquizoide, para encontrar otras dimensiones de aquel texto.
Expresividad deseante y proliferación rizomática -los dos procesos que El Antiedipo promueve o más bien conceptualiza- han desestructurado la forma represiva y neurótica del dominio del capitalismo y del dominio estatal en su forma industrial. Pero en este tiempo se crearon las condiciones de un nuevo modelo de dominio que tiene características prolíficas y rizomáticas, y que se basa sobre el investimiento económico del deseo en función psicopatógena.

La primera salvedad teórica que deberíamos hacer tiene que ver con el conocimiento de que el deseo no es en sí mismo una fuerza unívocamente positiva (progresiva, liberadora, feliz). No es tampoco una fuerza; el deseo es más bien un campo: el campo en el que se desarrolla la dinámica más importante de la comunicación social, del movimiento colectivo, de la lucha entre el trabajo y el capital.
Los procesos desintegrativos e integrativos fundamentales para la composición social y para la transformación del poder, se desarrollan en el campo deseante. Este es el gran descubrimiento de El Antiedipo. Pero este descubrimiento ha sido objeto de un malentendido.
Terminamos creyendo que el deseo era en sí mismo una fuerza de liberación, y esto nos condujo a no entender la potencia patógena del proceso de desterritorialización en su forma semiocapitalista y, particularmente, sus efectos patógenos de la aceleración de la Infosfera, de la intensificación ilimitada de la experiencia que el semiocapitalismo ha estimulado. Cierto triunfalismo multitudinario, que se manifiesta por ejemplo en el pensamiento de Toni Negri y Michael Hardt, parece a veces continuar este malentendido o esta infravaloración.

Para reconstruir este malentendido y resituar el problema de la autonomía en la época de la desterritorialización semiocapitalista, es oportuno referirse a la relación –que El Antiedipo propone- entre fenomenología de la neurosis y política de la psicosis. Es oportuno hacerlo para vislumbrar su fuerza prefigurativa, pero también para redefinirla desde el punto de vista psicoanalítico y político.

Para analizar la nueva relación entre neurosis y psicosis que se manifiesta en la época actual, me remito a L’uomo senza inconscio, un libro de Massimo Recalcati [3] que, partiendo de algunos textos lacanianos, trata de abordar la problemática planteada por las formas contemporáneas del malestar psíquico, que yo definiría como patologías de la generación de conectividad precaria.
Recalcati se ocupa del malestar de la hipermodernidad, focalizando su atención clínica en patologías como el pánico, la anorexia, la dependecia de sustancias tóxicas, es decir, patologías que difícilmente se puedan pensar desde la tipología neurótica del análisis freudiano y que requieren un marco interpretativo y contextual nuevo, en el sentido de tener en cuenta el efecto de desterritorialización post-fordista, postindustrial, precarizante o, como yo prefiero decir: semiocapitalista.

Con la expresión Semiocapitalismo me refiero a un estadio de la producción capitalista en el cual el producto general no es más el bien material físico individualmente consumible, sino el bien inmaterial de origen semiótico, informático, informativo, estético, afectivo.
Este tipo de bien, aun siendo infinitamente reproducible, no es de consumo individual sino que puede ser consumido por innumerables usuarios sin por esto agotarse. Este tipo de bien, producto de la actividad cognitiva, encuentra su mercado en la atención; es decir, invade esencialmente el espacio mental y produce sus efectos en la dimensión afectiva y psíquica además de hacerlo en la cognitiva o intelectual.

En el espacio que yo defino como Semiocapitalismo, la producción de mercancías semióticas provoca una expansión y una aceleración de la Infosfera, y ésta produce de manera directa sus efectos en la Psicósfera, o sea en la dimensión afectiva, sexual, imaginaria.
La relación entre proceso de producción e Inconsciente se convierte así en mucho más inmediata y compleja de lo que era en la época industrial, cuando la producción y el consumo investían solo indirectamente la esfera psíquica colectiva.
La aceleración infosférica pone, por así decir, el Inconsciente en la superficie de la relación social contemporánea. El Psicoanálisis en la época de Freud se propuso llevar la peste a la ciudad bien ordenada de la sociedad burguesa; es decir, se propuso llevar la visión del abismo a una comunidad que pretendía remover y limpiar cada aspecto inquietante de la corporeidad de la sexualidad y de la imaginación.

Ahora debemos partir de una premisa totalmente distinta, de la explosión de la dimensión imaginaria, de la “liquefazione[4] del lazo social. La psicosis, la perversión, no son más contenido encubierto, oculto, comprimido, sino que estallan en la dimensión cotidiana como factor de constante desterritorialización de la actividad imaginativa, del deseo.

Esta nueva situación expone un problema teórico difícil de resolver con los instrumentos de los que el psicoanálisis freudiano disponía, pero también con los instrumentos de los que dispone el esquizoanálisis guattariano.

¿Se trata, tal vez, de reivindicar una vuelta al orden moral, a la lenta gobernable dimensión familiar jerárquica y territorializada de la burguesía protestante y de la ciudad industrial y trabajadora?
Evidentemente no, pero no se puede tampoco insistir en la pura y simple exhibición de la peste, en la exaltación de la potencia infinita del deseo. Es ese carácter pánico del deseo la gran novedad de la época Semiocapitalista, el carácter infinitamente huidizo y prolífico de un deseo que moviliza de modo constante energías en la promesa de la inmediatez del placer.

Buscando identificar las innovaciones que la hipermodernidad trae aparejada a nivel clínico, Recalcati escribe:
“Por un lado tenemos una clínica que se ocupa de la “liquefazione” del lazo con el Otro a partir de una incandescencia de la dimensión del placer pulsional que aparece como no regulado por la castración y privado del marco del fantasma inconsciente; por otro lado tenemos una clínica que se ocupa de las patologías de la identificación, de las identificaciones sólidas, compactas, privadas de flexibilidad, rígidas, que tienden a ofrecer un dominio ilusorio al sujeto a costa de la cancelación de su misma singularidad deseante” (Recalcati: L’uomo senza inconscio, Cortina, Milano, 2010, pag. XV).

Aquello que Recalcati define como “liquefazione” del lazo con el Otro podría leerse como la consecuencia esencial de la desterritorialización en la época de la globalización y de la aceleración infinita. La precariedad es uno de los aspectos de esta desterritorialización. Y aquello que Recalcati define con la expresión “identificaciones sólidas, compactas, privadas de flexibilidad” es el efecto de los procesos de re-territorialización que empujan la subjetividad contemporánea a los rincones ciegos del identitarismo, del populismo, del razismo y del fascismo.

La aceleración tendencialmente infinita de las trayectorias de atracción semio-psíquica ha producido una explosión del lazo de solidaridad social, que encuentra su plena manifestación en la forma de la precariedad. El mercado del trabajo ha estado devastado por la precarización de la relación productiva, pero también el mercado de los signos adquiere una potencia de sobreexcitación y de movilización de las energías deseantes. El pánico es el efecto más inmediatamente leíble de esta nueva condición que inviste la comunicación, la producción, el lenguaje. La multiplicación de las líneas de desterritorialización sin centro pone al organismo deseante en condiciones de pánico, y acelera el estímulo más allá del punto en el que es posible el goce orgásmico singularizante.

Si en el discurso freudiano la neurosis regía como represión de la instancia del deseo y como acumulación reprimida de energía no investida, sino sublimada, en la realidad presente aquello que el Semiocapitalismo suscita y moviliza es la hiper-expresividad que produce efectos de tipo psicótico.
En la neurosis el deseo es removido para dejar espacio a la potencia (fantasmática, fantasmatizada, interiorizada) de la realidad; en la psicosis, es la realidad misma la que es removida, en nombre de la potencia ilimitada del deseo.

Pero la potencia del deseo no es ilimitada, puesto que soporta los limites pulsionales, orgánicos, pero también culturales y económicos de los organismos deseantes.
Por eso hoy nosotros asistimos a un fenómeno nuevo, no previsto por el Psicoanálisis ni por la autonomía deseante en los años ’70: en la época de las redes se ponen en movimiento circuitos de la aceleración del deseo que desembocan en las patologías del pánico. Dominada por la intensidad del flujo semiótico -estimulación neuro-eléctrica ininterrumpida- la subjetividad contemporánea, o mejor, el organismo consciente y sensible que subjetiviza en la época presente, reacciona con el pánico. La vibración del ritmo deseante se ha hecho demasiado intensa para poderse reencontrar en un estribillo singularizante, en una sintonía del cuerpo y la mente. De aquí debe volver a partir un esquizoanálisis del Semiocapitalismo.

Sería tonto exaltar la potencia del inconsciente o la potencia del deseo como si fueran infinitas. El sufrimiento, la enfermedad, la muerte, la descomposición de la materia orgánica y cerebral, el aprovechamiento económico, son el límite material, físico, temporal, a la potencia del deseo.

Esta es la lección de la cual debemos partir para una nueva lectura de El Antiedipo, cuarenta años después de su publicación.

 


 
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Notas y Bibliografía
 

[*] Traducción realizada por María Cipriano
[1] Deleuze, Gilles y Guattari, Felix: El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia. Barral Editores, Barcelona, 1974 (nota de los editores).
[2] “Algo se produce: efectos de máquina, pero no metáforas” (nota de los editores).
[3] Sin edición en español (nota de los editores).
[4] En el original, no tiene equivalente en español, es relativo a la transformación o pasaje al estado líquido; “del transformarse/pasar/ al estado líquido del lazo social”.

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