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A partir de, con y más allá de Silvia Bleichmar: Significaciones, subjetividades: encerrona política y del pensamiento (*)
Por Yago Franco
yagofranco@elpsicoanalitico.com.ar
 

Días atrás, pensando en este encuentro, recordé lo que Silvia se preguntaba en el homenaje que se le hizo a Castoriadis en 2005. Se preguntaba entonces quién había sido él para ella. En su intervención dijo también que ese encuentro tenía tal vez como sentido establecer un conjunto de reflexiones con las cuales el pensamiento crítico pudiera enfrentar los impases a los cuales los modos dominantes de pensamiento pretendían en ese entonces condenarnos.

También recordé lo que Castoriadis había sostenido en 1981 en el homenaje a Hanna Arendt, cuando decía que honrar a un autor no consiste en alabarlo o interpretar su obra, sino que se lo hace discutiéndolo, un modo de mantenerlo vivo y de demostrar en acto que su obra desafía el tiempo y conserva su vigencia.

Personalmente, y tomando ambas intervenciones –las de Silvia y las de Castoriadis- entiendo que saber quién ha sido un autor para cada uno implica reconocer resonancias de su obra al interior del propio pensamiento, y desarrollar ideas a partir de la misma; esto no solo es un reconocimiento a la vigencia, sino, y sobre todo en este caso –una muestra de la fecundidad de la obra de Silvia Bleichmar. Finalmente es hacer propia una herencia.

Silvia reconocía la importancia que para ella había tenido el contacto con la obra de Castoriadis, sobre todo en lo referido a sus conceptos de imaginación radical y de desfuncionalización del psiquismo humano. Y en mi caso, esas ideas que ella recoge de Castoriadis, y el trabajo de Silvia sobre la subjetividad y la neogénesis, son los lugares de apoyo que encontré para mi trabajo sobre la creación en análisis –de ahí mi propuesta de sumar la creación al recuerdo, la repetición y la elaboración- y también para mi trabajo sobre la creación en el dominio de lo histórico social. La creación es solo posible a partir de cierto grado de indeterminación en el psiquismo y en la sociedad. Lo cual cuestiona toda idea de determinación plena del ser. Y abre así la posibilidad de la libertad como proyecto. Es decir, de la autonomía, sea individual como colectiva.

Particularmente voy a referirme a dos modos de la subjetividad que hoy se hacen presentes en nuestra sociedad, y a las determinaciones históricosociales que les dan lugar, a partir de dos significaciones imaginarias sociales.

Entonces, mi homenaje –mi humilde homenaje- mi modo de honrar el pensamiento de Silvia, es pensar a partir del mismo en su entrecruzamiento con la obra de Castoriadis. Con esto digo que ya no serán estrictamente hablando sus ideas, sus conceptualizaciones, sino más bien cómo ellas han ingresado al magma de mi pensamiento para ser retomadas, transformadas, metabolizadas dando lugar a una elucidación tanto sobre la cura psicoanalítica –sobre la cual hoy  no voy a referirme- como sobre lo histórico social y modos de ser de la subjetividad. Esto último a su vez implica dilucidar modos de sufrimiento psíquico que son consecuencia de portar una subjetividad que responde a un momento de lo histórico social –el actual- habitado por significaciones imaginarias sociales que son psicopatologizantes, lo cual nos ubica en lo que he denominado como aquello que se encuentra más allá del malestar en la cultura. Idea que está en línea con lo expresado por Freud en La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna y en El Malestar en la Cultura; también con lo tratado por Silvia en lo que denominó malestar sobrante, y con lo sostenido por  Castoriadis a partir de su concepto de avance de la insignificancia.

Dos significaciones que animan nuestra vida social. Una es la significación relativa a lo ilimitado, otra –más local- la significación relativa a lo que se ha denominado como “grieta”. Cuando decimos significaciones imaginarias sociales, pueden ser estas pensadas como ideas, no en el sentido platónico –para nada- sino como aquello que determina modos instituidos de representar, hacer y sentir sociales. Es decir, que afectan varios registros del psiquismo, en definitiva, el modo de figurar el registro pulsional. Recuerdo un claro ejemplo que aparece en la película Gladiator, de Ridley Scott: cuando a uno de los protagonistas se le pregunta qué es Roma, éste responde: “Roma es una idea”. Digo: no es la palabra Roma; esa representación-palabra ya es parte de una significación que hace a modos de pensar, hacer y sentir sociales.

Desde hace cinco siglos, los humanos estamos habitados -animados diría-, por la significación imaginaria del capitalismo. Esta es la idea del desarrollo y el consumo ilimitados, del siempre más, y tiene lugar bajo el dominio que una pequeña parte de la sociedad hace sobre el conjunto de la misma.

Actualmente se ha reducido sobre todo a la significación de lo ilimitado, e implica graves consecuencias para el modo de funcionamiento psíquico. La segunda –la de la grieta- implica sobre todo una afectación de la elucidación política y de la vida en común. Ambas son impuestas por el poder político dominante, en nuestra actualidad sobre todo apelando a múltiples medios masivos de comunicación. Hablar de medios de comunicación ha devenido en la práctica un oxímoron.

Lo ilimitado se hace presente en diversas formas  Lo vemos expresado en publicidades: como planes para telefonía celular; o esas en las que se habla de disfrutar sin límites y en muchas imágenes propagadas por todos los medios. Las imágenes hablan más que mil palabras. Esta significación agita la vida social y el mundo pulsional de los sujetos. Y crea una subjetividad en actividad constante, sin descanso, acelerada, agotada, sometida a mandatos del Otro que demanda más y mejor placer, más consumo, más juventud, salud, viajes, diversión, felicidad. Un Otro que en su demanda no hace más que producir sujetos frustrados, exigidos ilimitadamente al tener que ser empresarios de sí mismos (como sostiene Byung-Chul Han), engañosa promesa de libertad que no ha hecho más que perfeccionar el dominio. Que empuja a un movimiento constante que propone además como condición para pertenecer al colectivo social. Condición que de no cumplirse implica la exclusión, personificada en una masa de excluidos cada vez mayor.

Si encuentra tanto eco dicha significación es porque resuena en el deseo de lo sin límites que anida en el inconsciente, que desconoce la castración. Justamente hay una afectación de la castración como dispositivo colectivo de socialización que impone barreras para el mundo pulsional y deseante. La interdicción está en crisis: lo observamos entre otras cosas en la barrera del incesto, que vemos tan fragilizada en nuestros días con la sobreabundancia de casos de abuso sexual infantil; también en la agresividad cotidiana, o la que se expresa en crímenes como el del femicidio.

Así, lo ilimitado afecta la alteridad como principio indispensable para la vida en común. Lo ilimitado como significación hace entrar en crisis los bordes de la tópica. Así, he considerado a lo borderline –más que como a  cuadro clínico- como aquello que muestra la fragilización de las barreras intrapsíquicas y de la psique con la realidad, con cantidades que irrumpen hacia el mundo exterior o desde este hacia el psiquismo, sin poder ser metabolizadas, dada la fragilización de los bordes de la tópica. El ataque de pánico es una muestra del fading del Yo a manos de cantidades que rompen toda barrera antiestímulo. En una sociedad hiperestimulada, en la cual lo tecnocomunicacional agita lo pulsional con estímulos constantes a toda hora y en todo lugar, la insignificancia, es decir la pérdida de sentido por imposibilidad de simbolización, hace a un mundo en el cual el pánico está a la vuelta de la esquina. Así, considero a lo borderline como un paradigma para la clínica, y también como a un modo de la subjetividad.

Una subjetividad borderline coexiste con la perversidad como modelo de subjetividad –cuestión a la cual Silvia se refirió oportunamente-. El perverso es quien reniega y desafía a la ley, sabiendo que lo hace, y haciendo de ello causa del goce, y enarbolando un saber sobre el mismo. La significación de lo ilimitado y el elogio de la misma, hace el juego al derrumbe de toda ley y la justificación de ello. Una cultura que bendice el triunfo a toda costa bajo amenaza de exclusión, que promueve el derrumbe de la intimidad, el elogio del placer por el placer mismo… esa sociedad –el poder que la gobierna en realidad- que además promete a través del consumo sin límites la felicidad constante –ya vimos el engaño que esto implica por el estado de frustración y agotamiento constantes que provoca- esa sociedad –nuestra sociedad- como dije previamente, está afectada por una crisis de la interdicción. Esto me ha llevado a proponer que se ha pasado de una política para la pulsión (tarea que toda sociedad realiza) a la pulsión como política del poder. Es decir, al empuje a una descarga y agitación constantes que impiden una actividad reflexiva de los sujetos: se ha dado el pasaje de la reflexión al reflejo. Es una estrategia de dominación. Estrategia que entre sus daños colaterales ha traído a la superficie una notable presencia de la crueldad, expresada en un arco que va desde mínimos actos cotidianos hasta crímenes de diverso orden, muestra todos ellos de la desintegración del otro de la vida psíquica. Silvia se ocupó notoriamente de denunciar este estado de cosas.

Más localmente, observamos la presencia de otra significación: la que habla de la grieta. Insisto, no es la palabra, sino la significación que esta transmite Quiero detenerme unos momentos en ella, sobre todo por los efectos para el pensar y el registro afectivo, que aparecen solapados de un modo notable. Sin que haya sido del todo advertido, esta significación ha sido impuesta por los medios masivos de comunicación y ha infestado campos heterogéneos del pensamiento político. No estoy hablando de ella como algo que separa a la sociedad, o que habría que deponer para una supuesta reconciliación, quiero ser claro en este punto. Si me refiero a esta significación es porque forma parte de un magma de significaciones que hacen a la subjetividad de época, nuestra subjetividad.

El mundo histórico social está habitado por significaciones imaginarias sociales que son incorporadas a través del proceso identificatorio. Castoriadis –y Silvia coincidía plenamente en este punto-  sostenía que lo importante es qué relación puede sostener el sujeto con el discurso del Otro. Será de alienación o de relativa autonomía. Desde esta perspectiva, la Historia es la historia de la institución y destitución de significaciones sociales. Creación y destrucción.

Todo indica que estamos en una época en la cual la distancia con el discurso del Otro ha disminuido en relación a décadas atrás, por lo cual las significaciones se apoderan de la psique humana sin hallar mucha resistencia. La imaginación radical del psiquismo –que permite la neogénesis- ve dificultada su expresión. Esto habla de una absorción notable de la psique a manos de lo instituido y de la pérdida de capacidad instituyente. En la actualidad parecería que nos acercáramos a un estado de alienación casi absoluta en el discurso del Otro, del que proviene ese magma de significaciones.

Pero volvamos a lo nuestro: la significación que habla de la grieta está al servicio de dicho cierre de la imaginación, tanto como –a nivel generalizado- lo es la significación de lo ilimitado, central en la sociedad de consumo. La significación imaginaria de la grieta produce una encerrona del pensamiento al reducir a una lógica binaria la elucidación del campo histórico social. Esa significación tiene una función performativa: una vez pronunciada solo queda ubicarse de un lado o del otro, habiéndose reducido el campo del pensamiento sobre lo político casi a dos únicas posibilidades. Este es el intento de eludir lo que es propio del dominio histórico-social: su heterogeneidad.

En realidad lo propio de dicho dominio es una fragmentación, que hace que se sostenga mediante las significaciones que hacen de cemento. Es decir, lo histórico social está fragmentado, el mundo está fragmentado –decía Castoriadis- y las significaciones imaginarias son puentes que nos permiten caminar sobre el abismo del sinsentido, de lo real. Toda reducción lo que intenta es ocultar que no hay sentido garantizado. Esta encerrona del pensamiento no es original de este país: atraviesa actualmente a todo el mundo occidental por lo menos. Y genera la creencia de que hay solamente una forma de vida –la capitalista-, con ciertas variaciones –a veces considerables, es cierto, como lo fue el Estado de Bienestar, del cual suele perderse el sentido que tuvo, que fue el de hacer sobrevivir al capitalismo haciéndole ceder un tanto en sus pretensiones. Una vez terminado el ciclo mostró su verdadero rostro, en nuestro país mediante el terrorismo estatal. Este instauró el neoliberalismo, que llegó para quedarse.

Hacer trastabillar –mediante el imaginario radical instituyente- lo instituido es el primer paso para una nueva creación en el campo histórico social. La Antigua Grecia, la revolución francesa, la revolución de los soviets, entre otros, han sido algunos ejemplos de sociedades dispuestas a cuestionar todo lo instituido. La ola de cuestionamiento generalizado que surgió en las décadas del 60 y 70 del siglo pasado fue la última expresión conocida de este movimiento. Luego de lo cual hemos asistido hasta el día de hoy a un largo eclipse del mismo, aunque hemos podido apreciar entre nosotros en los años 2001 y 2002 un renacimiento que se agotó rápidamente, no sin dejar sus marcas.

Silvia sostenía en aquel encuentro de 2005 que en Castoriadis encontraba a partir de sus desarrollos sobre la creación humana tanto a nivel individual como colectivo –y esto la ilusionaba y entusiasmaba- que “no todo aquello que está como potencialidad necesariamente se tiene que plasmar en la historia, pero a la vez no necesariamente todo lo que aparece estuvo determinado desde el fondo inmortal de la historia”. Así que esas sociedades y movimientos que he mencionado son ejemplos de la indeterminación en la historia. Por eso es que personalmente entiendo que toda encerrona del pensamiento y que toda significación que dañe la psique produciendo un malestar sobrante, puede ser destituida y dar lugar a una nueva significación. Claro que lo nuevo no necesariamente es sinónimo de lo bueno. Ahí están el lager y los centros de desaparición de personas  e Hiroshima por ejemplo para recordárnoslo. Todo dependerá de lo que oriente a la creación, de las significaciones que emerjan y la orienten.

¿Qué hacer ante esta encerrona –me refiero a la que producen estas dos significaciones a las que me he referido, las cuales son, finalmente, solidarias? Porque si bien hay movimientos que cuestionan el modo de ser de la sociedad actual, es observable que no hay en estos momentos un movimiento generalizado de cuestionamiento. Vuelvo a lo sostenido por Silvia que mencioné al principio de estas palabras: la necesidad y la apuesta al pensamiento crítico que pueda enfrentar los impases a los cuales los modos dominantes de pensamiento pretenden hoy condenarnos.
Es decir, es urgente desmarcarnos del pensamiento obligado por medio del cual el poder pretende dominar a la sociedad, naturalizando significaciones como la del capitalismo –que sería la única manera posible de forma de vida- o la significación de la grieta, que restringe el pensamiento y la acción políticas. Ambos en un entrecruzamiento que oficia de muralla que impide ver que es posible crear otras formas de vida. Es necesario destotemizar esas significaciones que se han sacralizado y todas las que las acompañan. A los modos de la subjetividad que he descripto, debe oponérsele una subjetividad reflexiva: capaz de cuestionar lo instituido, nunca dándolo por natural, en un movimiento sin fin: algo que diferencia al proyecto de la autonomía de la idea de utopía, teleología o fin de la historia. Historia, justamente, que es la sucesión de creaciones y destrucciones de formas de vida. La cuestión es, cito a Silvia, si “necesariamente estamos destinados a ser aquello que nos han propuesto ser o que nos han hecho sentir que debemos ser”.

Los reiterados anuncios sobre la crisis terminal del capitalismo han sido evidentemente un tanto exagerados. Más allá de lo cual asistimos a un momento en el cual esta significación tiene el poder real de poder destruir la vida sobre el planeta. Podrá o no hacerlo. No lo sabemos. Al mismo tiempo, los signos de su descomposición son muy evidentes, y podrán ser o no terminales.

Y mientras eso ocurre tienen lugar confrontaciones al modelo de vida, diversas, bajo distintas formas, que cuestionan, que intentan impugnar a la significación dominante como la única posible. Por ahora esto se da de modo fragmentario y episódico muchas veces. Pero son formas que se autoproducen constantemente. Los diversos movimientos sociales, que trascienden y algunas veces acompañan las formas político-partidarias con dispar destino, brotan aquí y allá, no solo en Argentina, en la cual hemos visto la potencia de los movimientos de DDHH, con las Madres de Plaza de Mayo a la cabeza, las actuales y tan silenciadas asambleas socioambientales contra la minería a cielo abierto, el movimiento de Ni una menos, las fábricas recuperadas, y hemos apreciado últimamente la insurrección obrera en Pepsico, etc.  todos ellos son una muestra del la presencia y potencia del imaginario social instituyente produciendo una neogénesis social.

En ese sentido, Castoriadis sostenía: “No intentamos postular que esta flor, como las otras, se marchitará, se marchita o se marchitó. Intentamos comprender qué es lo que muere en este mundo histórico-social, cómo muere y, de ser posible, por qué. También intentamos encontrar qué es lo que, quizás, está naciendo”.  Y, por supuesto, abogaba por acompañar y alimentar ese florecimiento.

Silvia a su vez decía que el psicoanálisis no estaba destinado para un tipo específico de subjetividad que ya no estaría presente (de allí su profundo trabajo diferenciando constitución del psiquismo de constitución de subjetividad), “confundiendo la perspectiva subjetiva de una generación que ve morir sus ilusiones con el destino general de la humanidad que siempre reconstruye sus esperanzas”. Esto que Silvia lleva a pensar en un trabajo sin fin, una elucidación siempre inacabada sobre la subjetividad y la sociedad y la Historia. También sobre el psicoanálisis y el trabajo sobre sus fronteras que deben ampliarse y demarcarse permanentemente. Para estas tareas es necesario aquello que Silvia retomó de Gramsci: avanzar con el escepticismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad.


[*] Texto leído en el Panel Psicoanálisis, memoria y construcción política, con Débora Tajer, Mario Pecheny y la coordinación de Daniela Iglesia, en el Coloquio Silvia Bleichmar: “Poniendo a trabajar Silvia Bleichmar”. Una puesta en común


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