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Cordobazo, 1969.
Celebración de los 70 y su legado
Por Yago Franco
Editor de El Psicoanalítico
yagofranco@elpsicoanalitico.com.ar
 

Marzo 24, 1976. Fecha que inicia un período de retroceso para todo proyecto de una sociedad ligada al proyecto de la autonomía colectiva e individual. Un retroceso que -salvo períodos y momentos puntuales y de modo fragmentario- continúa. La destrucción del sentido de lo que es la revolución fue de la mano de la destrucción del sentido de lo que es el capitalismo. No se habla de ninguna de las dos cuestiones.

Lo que es indispensable recordar -no de modo nostálgico, así como no se recuerdan de modo nostálgico las gestas independentistas latinoamericanas, las sublevaciones de esclavos o la revolución de los soviets-; lo que es indispensable recordar, decimos, y más que recordar, celebrar y retomar críticamente, es la idea de que existió un movimiento generalizado, más o menos organizado, de cambio, impulsado por un deseo de deshacerse del dominio capitalista y por otra parte, por el deseo de vivir de otra manera. Lo que festejamos es que existe la posibilidad real de cambiar la realidad -que haya habido un fracaso no nos hace olvidar los éxitos mencionados, siempre parciales, siempre provisorios y frágiles. Y en esta última frase se encuentra parte del legado dejado por esa época: si se trata de fracasar cada vez mejor, lo que sabemos por lo tanto es que no hay modo de dirigir el imaginario social instituyente, es decir, dirigir el deseo de los sujetos de ir hacia otra sociedad y crear las formas para hacerlo. Pero sí podemos manifestar y realizar actos que muestren la realidad de la sociedad en la que vivimos, y cómo hay otros modos posibles de la vida social. Modos no depredatorios de la subjetividad, de la economía, del medio ambiente, de la cultura.

¿Por dónde pasan hoy las posibilidades de ir hacia otra sociedad? Primero y principal, es necesario abandonar la idea de que esa otra sociedad -sin explotados, sin dominadores, sin una organización en jerarquías, una sociedad en la cual el consumo sea un elemento más y no el central, en la cual los sujetos puedan tener un acceso mayor a la libertad de decidir qué quieren ser y hacer, y en la cual la libertad de cada sujeto se inicie donde se inicia la del semejante- dependa para existir de un partido o de un programa, aunque no pueda prescindir plenamente de ellos. ¿Pero, además, cuál sería un programa de izquierda hoy? El proyecto de otra sociedad necesita de movimientos a distancia del Estado pero también en su seno. Necesita de mecanismos de democracia directa, los cuales pueden ejercerse ya mismo, como las consultas populares y las iniciativas populares. Por ejemplo, ¿qué pasaría si hoy se convocara a una consulta respecto del pago a los fondos buitres? Tan sencillo con la tecnología que hoy  tenemos. ¿Por qué no se han aplicado nunca esos mecanismos que están en la Constitución de 1994? Es fácil saber la respuesta. Sólo el mecanismo de consulta, aplicado un par de veces al año, con tantos temas que hay pendientes de discusión, instalaría un clima de debate y deliberación como no ha existido nunca. Participación popular: esa es la clave. Volver la responsabilidad sobre el ejercicio del poder al pueblo. Solamente un ejemplo.

Otro de los legados de las luchas y derrotas de los 70 (último episodio hasta la fecha del iniciado por la revolución de los soviets) es que no hay un estado final de la sociedad: si pretendemos otra sociedad fundada en las significaciones de autonomía -más libertad, igualdad, fin de las jerarquías, incluyendo las partidarias, sujetas a mecanismos de democracia directa- debemos aceptar su imposibilidad, es decir, que no es posible llegar a una sociedad con un estado final de la misma: estado y cambio se contraponen. Freud alertaba sobre lo imposible de educar, psicoanalizar, gobernar, lo que quiere decir que son actividades inagotables, sin fin, abiertas. Su fin, sus resultados, no están asegurado de antemano, por más comité central ni burocracia controladora y policíaca: ahí están China, Rusia y en breve Cuba para señalarnos esa enseñanza. La democracia –revolucionaria, no burguesa- es el régimen de los límites, un régimen trágico, pero se trata de correr el riesgo de vivirlo o de quedarse durmiendo la siesta de una derrota anticipada “tumbados entre las flores mirando el cielo”.

Así festejamos el legado de los 70. Así lo recordamos, así nos apropiamos, haciendo el duelo por lo que no pudo ser, pero aceptando aquello que impidió que fuera, y más allá de la dictadura y su terrorismo aniquilatorio, mirando los errores propios de esa generación: la última que se atrevió a recorrer la selva de lo real.

 
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