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Soliloquio de un terapeuta
Por Leonel Sicardi
leonelsicardi@elpsicoanalitico.com.ar
 

¿Para qué viene a consulta este paciente? fue lo primero que me pregunté.
Lo había atendido un tiempo breve hace más de quince años, quedando presente en mi memoria el hecho de que es el menor de varios hermanos y que formaban un sistema cerrado, él y sus padres.
A raíz de un encuentro casual en la calle, hace unos días me pidió una entrevista para “hablar algunas cosas”.
Viene puntual a la primera entrevista, entró hablando apenas le abro la puerta del consultorio, como si el tiempo no hubiese transcurrido desde 1993, última vez que lo atendí, como si no fuera necesario hablar acerca de porque venía y cómo íbamos a trabajar juntos.
Acto seguido empieza su relato, trae por escrito fechas de sucesos históricos personales y familiares, fechas de inicio y de finalización de sus trabajos, características de los jefes al detalle, diferentes problemas de salud de parientes y allegados que capturaron su atención y dedicación los últimos quince años de su vida, siendo su discurso un relato sin fisuras, cerrado, que no permite mi ingreso ni para aclarar que espera de su consulta conmigo.
¿Para qué viene este paciente? me sigo preguntando, a pesar de haber quedado en tener, en principio, sólo cuatro o cinco entrevistas.
En su monólogo, es muy difícil intervenir, es una ilación constante de datos y fechas, enlazados unos con otros, las más de las veces son hechos dolorosos,
de amigos y familiares cercanos y otras veces de personas que siente cercanas en su vida sin que la relación sea realmente estrecha.
Datos, datos y más datos, fechas, fechas y más fechas, se van acumulando en el espacio del consultorio y son como ladrillos que van formando una prolija y ordenada pared entre él y yo.
Mis cavilaciones son acompañadas por una gran tensión corporal, dolor de cuello, de hombros, creo que por el esfuerzo de tratar de encontrar sentido a esta consulta.
Convoqué a los grandes maestros, Freud, Green, Piera Aulagnier, Moreno, y nada.. .todo sigue igual.
Las pocas intervenciones que pude hacer fueron realizadas con mucho cuidado, pidiéndole permiso para una interrupción, puesto que si cortaba su discurso, se irritaba, mostrando en los datos anotados todo lo que le faltaba por transmitir.
Y más ladrillos y más datos, la arcilla, el cemento, son la ansiedad que los agrupa y mezcla, sin dejar resquicio entre ellos para que se pueda acceder a su mundo de alguna manera.
Promedia la segunda entrevista y me sigo preguntando cual es el motivo profundo de su consulta y por qué conmigo luego de más de quince años.
Tercera entrevista, ya no me pregunto tanto para que viene, viene para ser escuchado, (catarsis me dice el artículo de mi colega Velázquez), pero ¿qué le aporto yo? es la nueva pregunta, si no se puede entrar en su mundo sellado.
De pronto surge una palabra como un rayo de luz en mitad del túnel, menciona la palabra soledad, acompañada por un levísimo temblor en la voz y pasando a otro tema inmediatamente.
Tomé esa palabra como una chispa, un semitono, una posible entrada a su mundo afectivo, a la que decidí aferrarme casi con desesperación, pero esa puerta se cerró rápidamente.
Finaliza la tercera sesión, intento seguir haciendo foco en su soledad, preguntándole por sus amigos, mujeres, con qué gente cuenta en estos momentos de su vida.
Siguió un listado mayor que el primero, de relaciones reales y casi imaginarias en sus últimos años, pero todas con desencuentros, rupturas, distancia y otros vínculos anteriores, con los que había querido contactarse nuevamente sin lograrlo, mi sentimiento era que forzaba dichos vínculos.
Su relato me generaba una doble angustia, por no poder conectarme con él y por las frustraciones que coronaban todo intento suyo para recuperar amigos, gente de su pasado, como si todo le confirmara que “perdió el tren”.
Darme cuenta que generar una relación con otro es su mayor dificultad, me permitió entender por qué me resultaba tan difícil establecer un puente, una conexión con él en las sesiones, sintiendo que yo también “perdía el tren” en relación a poder ayudarlo.
Si bien algo había avanzado, yo seguía acosado por mis preguntas: por qué consulta ahora, por qué conmigo, qué le aporto, cómo llego a él.
Tengo dos entradas, me dije, la soledad y su dificultad para establecer un puente con otra persona, obviamente ambas relacionadas entre sí.
Es la cuarta sesión y yo me quedo pensando, de pronto tomo las fechas y los datos y me doy cuenta de algo, me ilumino un momento, “que lento sos a veces”, –me dije-, las fechas en las que tuvo vínculos afectivos más fructíferos y que intentó inútilmente recomponer, coinciden con la época en que tuvo la anterior consulta conmigo, que luego interrumpió abruptamente.
En el momento que hago esta asociación, me llegan mensajes atascados en mi red virtual imaginaria y puedo escuchar a los grandes maestros a los que anteriormente acudí: transferencia y contratransferencia me dice Freud, afecto y sentido agrega Piera Aulagnier, discurso narrativo-recitativo como defensa, me dice Green, Moreno me propone un cambio de roles a fin de intentar un posible encuentro.
Y ahora, por fin, empiezo a tener claro a qué viene, viene a recuperar su conexión con un otro, a “entrar en sintonía” nuevamente, a dejar su monólogo….
Y aquí termina mi soliloquio, me llaman para intentar un postergado diálogo.

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