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Tsunami, Godzilla, Capitalismo
Tsunami, Godzilla, Capitalismo
Por Yago Franco
yagofranco@elpsicoanalitico.com.ar
 
La incertidumbre que vive el pueblo japonés en estas horas, por no saber aún si como consecuencia de haber sufrido un terremoto y un tsunami (catástrofes naturales) se desencadenará a su vez una catástrofe atómica (tecnológica), permite visualizar una especie de fresco del capitalismo y sus mitos de racionalidad y desarrollo. Y aunque no desencadenara en dicha catástrofe (anunciada gozosamente por los medios de comunicación… una noticia que se vende muy bien, seguramente) [1], la ocasión es oportuna para volver la atención sobre una bestia que se halla dormida tal como la leyenda de Godzilla [2], y que cada tanto mueve algunos de sus miembros, como ocurrió en EEUU en los 70, o en Chernobyl en los 80.

Desde que la energía atómica fue descubierta y producida, se alzaron voces contra su producción y utilización. Y con los años no hacen más que seguir sin respuesta, entre otras cosas, cuestiones referidas a la seguridad de las centrales atómicas, y muy insistentemente qué destino darles a los residuos que estas producen.
Este descubrimiento fue rápidamente tomado/absorbido por la ola de una significación central en el capitalismo (y, paradójicamente, en países autodenominados socialistas, con la URSS a la cabeza): la idea/mito de progreso. Esa que alguien sarcásticamente, dijo que se hizo humo en Auschwitz. Bien podría agregarse que también lo hizo en Hiroshima y Nagasaki. Hoy, luego de 65 años de esa tragedia del llamado progreso, retorna en ese mismo escenario …


Tecnología y desarrollo: la significación de un mito.

Recorramos entonces lo siguiente: la cuestión del desarrollo como ideología, ligado a su vez a la significación de progreso. O sea, el progreso a través del desarrollo. ¿Pero el desarrollo de qué? ¿El progreso de dónde a dónde?
Durante el siglo XX el mundo fue dividido/clasificado en países desarrollados, y subdesarrollados (ahora llamados en vías de desarrollo), perteneciendo los primeros al primer mundo. Es obvio que dicha clasificación es debida a quienes se autodenominaban como países desarrollados. Pero la cuestión casi evidente, pero poco analizada, es la de a qué desarrollo se referían. Y el desarrollo al cual se referían (y se siguen refiriendo) es el de la industria y el consumo. La producción y el consumo. Esto ha penetrado tan profundamente en la psique humana, que en los llamados países en vías de desarrollo, se acepta en general sin más dicha clasificación, y se anhela pertenecer al primer mundo: el desarrollado. Nunca se recuerda, ni se tiene en cuenta, que si bien ese mundo ha sido la cuna de buena parte de nuestro pensamiento y arte, lo ha sido también de guerras devastadoras, ha utilizado la energía atómica para destruir dos ciudades japonesas, creó el nazismo y el fascismo, el racismo y la xenofobia, creó industrias que por lo contaminantes intentan ser exportadas fuera de sus fronteras (como en el caso de las pasteras o la explotación de minas a cielo abierto), mundo que a su vez ha conquistado depredando su población y su medio ambiente desde la autodenominada conquista de América hasta hoy, y otro tanto en África y países de Asia y Oceanía. A ese mundo se lo idealiza, se lo idolatra. Ciertamente, ha sido ese mundo también, el que creó el llamado proyecto de autonomía: igualdad, libertad para todos. Que es lo que menos se ha ocupado de transmitir a los que llama países en vías de desarrollo: puertas adentro parece merecer un mayor respeto, pero cuando rigen los grandes negocios (sea en la minería, el petróleo, las hoy llamadas commodities, etc.) dicho proyecto merece ser puesto en suspenso, sobre todo en esos países que no son del primer mundo.

Tenemos, más allá de lo que en estos días difunden profusamente los medios, y más allá de estos, el conocimiento fehaciente de lo que la energía atómica puede producir a nivel de destrucción (aún siendo utilizada para fines pacíficos). Pero, ¿qué gobernante renunciaría a erigir una central atómica de poder realizarla?
Castoriadis en su texto “Reflexiones sobre el “desarrollo” y la “racionalidad” expone ideas que nos parecen imprescindibles y que recorreremos fragmentariamente. El modelo imperante se ocupa del crecimiento – de un determinado tipo de crecimiento además – y solamente de ello. Ya desde la década de 1960 se veía claramente que el precio que costaba el crecimiento promovido implicaría “… el amontonamiento masivo y tal vez irreversible de los daños infligidos a la biosfera terrestre, resultantes de la interacción destructiva y acumulativa de los efectos de la industrialización; efectos que desencadenan acciones del medio ambiente que permanecen, mas allá de cierto punto, desconocidas e imprevisibles. Y que finalmente podrían conducir a una avalancha catastrófica que rebasaría toda posibilidad de “control”” (Pág.186)

Ante lo cual se crearon nuevos organismos burocráticos, un nuevo filón para distribuir dinero (y no cambiar nada) que alimenta ahora numerosas organizaciones no gubernamentales.
Una vez implantada profundamente esta idea de crecimiento ilimitado “No se tuvo en cuenta el hecho de que, en los países “desarrollados”, el crecimiento y los artículos de consumo es todo lo que el sistema puede ofrecer a la gente, y que una detención del crecimiento era inconcebible (o no podría conducir más que a una violenta explosión social) a menos que el conjunto de la organización social, comprendida la organización psíquica de los hombres y las mujeres, sufriera una transformación radical” (Pág. 187, lo resaltado es mío)
Esta última frase nos parece fundamental, y luego volveremos sobre ella. La psique humana debiera alterarse para que se destituyera tamaña significación que da sentido a la vida. Si alguien piensa que esto es ciencia ficción, bastaría recordarle que en la historia hay muchos ejemplos de significaciones que decaen, se pulverizan, desaparecen. Las de la etapa feudal a manos de las significaciones de la burguesía, o las de los pueblos originarios de América ante la imposición de las significaciones europeas. Para citar solamente dos ejemplos.

El desarrollo es algo así como una sub-significación, o una significación segunda de la significación del capitalismo: esta que sostiene como finalidad de la vida humana el crecimiento ilimitado de la producción y de las fuerzas de producción.

¿Cómo se llega a esta idea de lo ilimitado? La economía es algo que puede mensurarse, y conforma con la racionalidad y el cálculo el núcleo significante de las sociedades. Y para, por y en esta significación - para los sujetos que la portan y las sociedades en la que habita - no hay límites para la razón, y la que lo es por excelencia es la matemática. Aparece la idea de infinito, el crecimiento debe ser ilimitado. Se pierde así la idea de límite.
Se habla de que solo la energía atómica puede responder a la creciente, indetenible e ilimitada demanda de energía de las sociedades. Y no hay pregunta alguna acerca de cuánto, por qué, para qué, debe consumirse tanta energía, en qué es razonable gastarla: automóviles, hospitales, artefactos electrónicos, alimentos, educación, vivienda, cultura, arte, perfumes, cruceros….
Lo cierto es que se ha impuesto la siguiente certeza: “Más”, quiere decir “bien”. (Pág. 194).


Godzilla

Más quiere decir bien, y en este caso, es más desarrollo tecnológico, y el desarrollo tecnológico tiene como motor oculto la idea de control-dominio total, inherente al modo de producción capitalista.
Así, más usinas nucleares para generar más electricidad para permitir más consumo y acompañar su crecimiento, su desarrollo y el de la producción. Ilimitados.

Castoriadis señala la siguiente paradoja: a mayor potencia tecnológica, mayor impotencia ante las consecuencias debidas al desmesurado incremento de la misma, no sujeto a reflexión. Lo que ha sido señalado por Paul Virilio, quien anticipa el riesgo de producción del Gran Accidente atómico, debido a una aceleración que impide la reflexión. Lo que se impone es el reflejo del desarrollo por el desarrollo mismo.

“Yo sé que no es la misma situación. Pero, al mismo tiempo, es imposible dejar de ver todo lo que se parecen", dice Hisaya Kan, una mujer de pocas pero precisas palabras que hoy es abuela de tres nietos gracias a que en aquella terrible mañana de agosto de 1945 su vida fue tocada por una varita. Una varita que no alcanzó a sus dos hermanos mayores, ambos muertos en el primer ataque atómico que cambió la historia del hombre.
"No es la misma situación porque aquello fue una bomba fabricada por el hombre, mientras que esta tragedia empezó por la furia de un terremoto", dice Kan.
"Pero los japoneses, esta vez, tenemos una enorme responsabilidad en lo que ha pasado", añade. "Porque fuimos nosotros los que manipulamos la misma energía que por poco nos mata aquella vez", remarca.
Tiene rabia. Rabia de que no se haya aprendido la lección.
"No deberíamos haber usado jamás esa energía. No la dominamos del todo. Nos ha faltado cerebro", coincide Yukuko Kosia, una mujer que lagrimea cuando, en la pantalla del televisor, ve a sus compatriotas morirse de frío.

(http://www.lanacion.com.ar/1358417-hiroshima-otra-vez-de-cara-al-horror)

Finalmente, la idea de desarrollo, de que más es mejor, de que a lo sumo se trata de distribuir equitativamente lo producido (sin que importe qué y para qué), ha penetrado hasta los más profundos estratos de la psique, ya que justamente en ese nivel lo que ésta pide es más, siempre más, ya que es el reino de lo ilimitado. Dicha ideología ha generado así el anthropos capitalista. Por eso, retomando la cita de Castoriadis, no se podrá salir de esta situación “a menos que el conjunto de la organización social, comprendida la organización psíquica de los hombres y las mujeres, sufriera una transformación radical” (187) y agregamos nosotros: que permita pensar en un límite a la producción y el consumo, y que instituya en el centro de la vida humano otra cosa que la economía.

Se podrá decir que ocuparse de estos asuntos es no ser realista, que el mundo camina por una senda imposible de ser desandada, etc. Pero es exactamente lo contrario: es por ser realistas que debe sostenerse esta crítica de una significación instituida a tal punto que parece natural, y que produce de modo irreflexivo una tecnología como la nuclear. Lo decimos ante la realidad de un desarrollo monstruoso al precio de destrucción del hábitat y de sumir a los sujetos en una cotidiana carrera por adquirir objetos, sumiéndose en una frustración garantizada, banalizados por esta banalidad de acumulación, para la cual, además, se ha necesitado el sometimiento de la parte mayoritaria de la sociedad, ya que, no olvidemos, pequeño detalle, el desarrollo, ese mito, se hace posible y sostenible merced a la extracción de plusvalía de la mayoría sometida.

Godzilla está entre nosotros y – sobre todo - en nuestra cabeza, alimentado por la radiación del consumo y producción ilimitados. Monstruo que es una cruza de los deseos ilimitados de la psique - su omnipotencia -, con la promesa de ilimitado y de control omnipotente sobre todo lo existente que realiza la significación capitalista.

 
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Notas
 
[1] Ver El psicoanalítico N° 4: En los medios están los fines
[2] Godzilla es un monstruo que titula un film japonés de la década de 1950 – con sucesivas remakes -, que emergiendo del mar destruye Tokio, y contamina todo a su paso por ser sumamente radiactivo. Su director fue Ishiro Honda, y lo realizó a propósito de la catástrofe atómica sufrida por Japón apenas unos años antes.
Bibliografía recomendada
 
J. Attali, C. Castoriadis; J.M. Domenach, P. Massé, E. Morin y otros: El mito del desarrollo, dirigido por Cándido Mendes. Ed. Kairós, Barcelona, 1980.
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